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¿Filosofía televisada?

Fuente: Merlí (Francesc Orella). TV3.

¿Qué lugar deben ocupar las humanidades en la industria de consumo actual? Es este un debate abierto que, desde luego, confunde a propios y extraños. ¿Cuál debe de ser la distancia hacia el objeto cultural de masas? ¿Más próxima o lejana, crítica o insertada? Si bien, por su mera constitución, la cultura occidental no puede escapar del atravesamiento que suponen los estudios humanísticos, sin duda, hay algo que se está transformando en aquello que durante tanto tiempo ha permanecido inamovible desde la era de la galaxia Gutenberg.

Recuerdo que en una clase de filosofía, ya en la universidad, el profesor reflexionaba en voz alta sobre la falta de eficiencia por parte de un sector de las humanidades a la hora de seducir o atraer a un público mayoritario al pensamiento filosófico, en concreto hacia autores clásicos tan esenciales como Platón o Aristóteles. Nos exponía el ejemplo de si una portada en una revista en cualquier kiosko con la frase “Sócrates enamorado” como portada  podía llegar a ser más útil en una sociedad de consumo que una colección de Gredos, que aunque maravillosamente editada, tenía un grosor que podría espantar a cualquiera con sólo una mirada.

Muchos plantean, precisamente en base a esta teoría, que Merlí (2015), serie que significa ya todo un fenómeno televisivo en Catalunya y que tuvo una buena acogida en España en su primera temporada, puede ser un ejemplo de esta, por así decirlo, filosofía al alcance de todos. La estructura es bien sencilla: Una clase de unos cinco minutos por parte de Merlí Bergeron, protagonista indiscutible de la serie, en la que se plantea las teorías del autor que da nombre al capítulo. Acto seguido, durante los siguientes cincuenta minutos se desarrollan las pautas del filósofo reflejadas en las distintas subtramas de cada alumno, así como del propio Merlí.

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Fuente: Merlí dando clase. TV3.

Hasta aquí la idea es buena. Hablar en una serie dedicada a un público adolescente, con lo que ello conlleva como producto desde su llegada a España en los años 90, en base a conceptos de orden académico como la gestión de la verdad, el pensamiento o la propia filosofía deberían ser vistos, a mi juicio, no como una banalización, sino como una posibilidad de abrir debates, que aunque poco rigurosos, son lanzados a una audiencia a la que en pocas ocasiones van a serle brindados. Sólo a través de la ficción podrán llegar a romperse algunas de las barreras más difíciles de esquivar a la hora de, precisamente, seducir y crear los espacios de reflexión. Espacios donde la herramienta de la crítica filosófica pueda resultar útil para aquellos que muy difícilmente, empujados por el casi perverso sistema educativo actual, llegarán a leer a Kant provistos de códigos necesarios para su comprensión. Como digo, hasta aquí todo va bien. Entonces ¿Cuál es el problema? Pues, aun con el riesgo de ser incoherente, todo.

Hablamos de un producto que sigue los mecanismos de reproducción ideológica más básicos. Desde los inamovibles canones de belleza juvenil (chicos altos, guapos, de sonrisa perfecta y chicas con curvas que se comen la cámara con una mirada) hasta un tratamiento de los roles de género, que a pesar de los brochazos estéticos de algunos capítulos, mantiene todos y cada uno de los prototipos que intenta cubrir a partir del buenrrollismo cínico y ramplón del personaje al que da vida Francesc Orella, a todas luces un ensalzamiento continuo de misoginia y manipulación emocional. Con todo y con eso, entendiendo lo poco interesante por prototípico y repetido del personaje de Merlí Bergeron, por otra parte, expuesto con mayor éxito en narrativas de más altura (El Profesor, El Club de los poetas muertos, entre otros), la perspectiva que se nos da en Merlí en referencia a muchos de los tópicos propios de las series adolescentes no ha de ser recibida sino como síntoma de un maquillaje poco convincente de productos anteriores como Física o Quimica (2008)  o de incluso mayor antigüedad como Compañeros (1998).

Sólo a través de la ficción podrán llegar a romperse algunas de las barreras más difíciles de esquivar a la hora de, precisamente, seducir y crear los espacios de reflexión.

Es obvio, entonces, que sería ingenuo e incluso un peligro pensar que esta serie catalana vaya a aportar nada a la pedagogía filosófica en lo que a la representación de la realidad se refiere, pero, insisto, volviendo a la tesis anterior, debería ser visto como punto de debate fundamental el hecho de que sólo a través de herramientas propias de la industria cultural como éste sea posible la acumulación de una notable audiencia adolescente que se siente los lunes en el sofá frente al televisor a escuchar disertaciones sobre Judith Butler o el mismo Nietzsche. Merlí no juega el papel de divulgación que dice jugar, pero desde luego que podría jugarlo. Otras series, con una alta audiencia televisiva como El Ministerio del tiempo, juegan con una mayor rigurosidad el campo que pretenden explorar y evitan, aunque con sus fallas, la hipersexualización y el mantenimiento de ciertos personajes que no hacen más que mantener los más dañinos prototipos de género y clase.

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Amelia Folch (Aura Garrido) en El Ministerio del Tiempo de RTVE.

Lo que queda claro, en definitiva es que la comprensión de la filosofía como forma de conocimiento arraigado a la institución, ha resultado, en los últimos tiempos, en una derrota constante en la batalla ideológica por el lugar que deben ocupar las letras en el sistema educativo, este y no otro, sería uno de los motivos de una necesaria diversificación del conocimiento, no por supresión del anterior, sino por la aportación de diferentes caminos hacia el mismo. Es cierto que, la socorrida defensa actual de las humanidades, en concreto de la filosofía, como bien nos recuerda José Luis Pardo, es y ha de ser sólo una cuestión coyuntural al momento político en el que vivimos, donde desde la administración vigente, tanto como desde la cultura hegemónica actual, poco se le ofrece más que un lugar simbólico desde el que repetir un tipo de pedagogía en ocasiones decimonónica y minoritaria que arrincona su conocimiento y lo hace verdaderamente inútil, poco adaptado a los neófitos y propio de grupos reducidos, que en consecuencia, se arraigan con facilidad en la más elitista visión de la gestión de ese conocimiento, dejando barra libre al más agrio desarrollo de la ideología neoliberal y de la sociedad de consumo. Si nos encontramos aquí es porque el propio conocimiento ha calado precisamente como elemento de consumo, incluso en aquellos que desde las torres de marfil defienden las reliquias de la academia,  que si bien no son desde luego la norma, sólo sirven para mantener un espacio de reflexión que muere poco a poco en su estrechez y condescendencia con el mundo exterior. Es en este marco y no otro, donde cabe el posicionamiento, legítimo o no, de esta defensa.

Productos culturales como Merlí, como decimos, no son desde luego la solución de cara a un posible viraje crítico hacia la cultura que la arrincona, pero si nos dan las claves de cuál debe ser el lenguaje para transformarla, señalando un camino que otros autores de gran talla filosófica entendieron hace años, con el filósofo esloveno Slavoj Zizek como ejemplo claro de ello. Si no entendemos que las nuevas formas del lenguaje que nos encierran en la mercantilización de la vida y el consumo como motor principal han de ser correspondidas a través de su mismo lenguaje es que básicamente no hemos entendido nada.

Estamos desde luego en una batalla cultural, y los valores humanistas y de progreso que quieran resistir y superar el envite del neoliberalismo actual deberán entender que las categorías impuestas por la cultura del consumo, la mercantilización y el heteropatriarcado que impera sólo llegará a ser sustituida en el momento en que entendamos que la acción dentro de la industria cultural, a mayor o menor escala, va a ser un elemento, aunque desde luego no central, sí imprescindible, en el manejo y la gestión de los relatos y las ficciones que consigan seducir y cambiar diversas nociones del sentido común actual.

 

 

 

 

 

 

 

 

Acerca de Álvaro Holgado (4 Artículos)
Comparatista peripatético. Mirando la rueda con impaciencia desde que tengo memoria.

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