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La violencia de las memorias o Walter Benjamin contra Felipe VI

Fuente: Portada de Manifiesto Incierto de Frédéric Pajak.

“Calle San Ramón, donde vivo; del Carmen, de la Paz, paseo de la Constitución (antes General Mola) y ya estoy -como tantas tardes durante tantos años- en el bar Castañer, el refugio”

Esteban, protagonista de En la orilla, de Rafael Chirbes.

“Nella tua incoscienza è la coscienza

Che in te la storia vuole, questa storia

Il cui Uomo non ha piú che la violenza

Delle memorie, non la libera memoria…”

Pier Paolo Pasolini.

El poeta boloñés lo deja meridianamente claro: la libre memoria no existe, la memoria, como tal, no es natural, es el resultado de un conflicto político y cultural, es el resultado de la disputa de las memorias, de la violencia de las mismas.  En un artículo publicado en El País en las postrimerías de la abdicación de Juan Carlos I, Javier Cercas resumirá muy bien la premisa que ha gobernado la memoria en España en las últimas décadas: sin el rey no habría democracia, con su actuación en la Transición frenó de golpe la naturaleza cainita de los españoles para inaugurar un periodo de paz sin precedentes en la historia de este país. Por su parte, en diciembre de 1988 en Cuenta y Razón, Julián Marías afirmará que «el acierto capital de la nueva España fue la monarquía. En primer lugar, porque era la única forma de superar la Guerra Civil». De la misma forma, en el discurso de nochebuena, Felipe VI hará especial énfasis en “no reabrir viejas heridas”.

Estas afirmaciones, tan generalizadas en la cotidianeidad española, revelarán una constante de la memoria, que ancla sus cimientos en los años sesenta y que se ha desarrollado en los últimos cuarenta años de la vida española: la democracia que tiene en 1978 su punto de arranque y en el consenso su punto de fuga vino a cerrar las heridas abiertas por una cruenta guerra civil consecuencia del sinsentido y la radicalización de los españoles de los años treinta.

Tal y como afirma Ricard Vinyes, la ideología de la reconciliación pretendió crear, o evitar, una realidad intentando eliminar cualquier antagonismo reduciéndolo a “evitable” o “inútil”.

El ejemplo perfecto es el spot de Campofrío de las últimas navidades, que reducirá el conflicto ideológico entre rojos y fascistas a la nada absoluta, a la igualación de responsabilidades: todos fueron culpables por una tontería. De la misma forma, en otro spot publicado hace unos años para la captación de socios del Atlético de Madrid, dos combatientes dejan de lado el conflicto ante la coincidencia de pertenecer a un lugar común, un equipo de fútbol, que resuelve todas sus diferencias. La victoria del partido socialista en los ochenta terminó de aposentar una mediocracia basada en el consumo en la que la política y el conflicto no tenían cabida en la vida pública más allá de la ridiculización y banalización.

En estos parámetros se encuadrarán las utopías de los años treinta y las de las décadas posteriores, en una tautología constante que quedará invalidada en tanto que el proyecto político del 78 se presentará como sistema de orden, progreso y tranquilidad frente a las aguas turbias del pasado y la radicalización, cuyos proyectos utópicos de profundización democrática quedarán invalidados como posibilidad, no sólo política, sino también cultural, y más bien planteados, siguiendo a Jesús Izquierdo, como una terrible distopía susceptible de romper la estabilidad conseguida.

El nuevo régimen político nacerá huérfano de pretérito, no solo al respecto del pasado traumático, sino también del suyo mismo: la Transición se juzgará por sus consecuencias y no por sus causas ni desarrollo, convalidando pasados turbios en presentes de redención, como si entre 1975 y 1978 no hubiese pasado absolutamente nada, cuando pasó absolutamente de todo. El olvido se constituirá como condición principal para la posibilidad de participar en el nuevo juego político.

Reyes Mate, reflexionando sobre el sujeto benjaminiano (cuya emancipación puede conseguirse a través del conocimiento) y frente al sujeto ilustrado, compara a este último los lotófagos de Ulises, que se alimentaban de la flor de loto que producía amnesia y, consecuencia de esta, la ilusión de felicidad. El escenario que se nos plantea a través de los citados ejemplos es trágico: no solo es necesario el sacrificio de la memoria por la paz, sino que la paz solo puede conseguirse a través de la senda marcada por la Troika (no reabrir viejas heridas que entorpezcan la “recuperación”) y el consumo (en el principio, fue el salchichón). En esta tesitura la lectura de un “avisador del fuego” como Walter Benjamin se antoja como necesaria por lo que nos plantea. El pensador berlinés, en su ímpetu por rescatar a los oprimidos, destacará el papel de la recordación como herramienta de emancipación, leyendo los proyectos frustrados de la historia como injusticias pendientes. La pregunta que surge, pues, es:

¿Y si las utopías de los años treinta o los setenta, que enterramos en lo más profundo, nos revelan posibilidades emancipatorias para un mundo abocado a la injusticia social? ¿Y si “reabriendo viejas heridas” podemos sanar las llagas que plagan nuestro cuerpo?

Fuente: Samuel Aranda, Spanish Historical Memory.

 

Acerca de Jairo Pulpillo López (1 Artículo)
Historiador. Todo en mi carrera profesional se resume en la Tesis VI sobre la historia de Walter Benjamin: articular el pasado consiste en adueñarse de un recuerdo tal y como brilla en el instante de un peligro.

1 Comentario en La violencia de las memorias o Walter Benjamin contra Felipe VI

  1. Muy buen artículo. Me ha gustado mucho el empleo de Benjamin para nuestro ahora, aunque se me ha hecho corto…

    Saludos.

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