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Cosas viejas, gente joven.

Anochece. No sabía qué hora era. No sabía cuándo vendrían a por nosotros. Algún día tenía que pasar, por probabilidad si nos castigaban tantas y tantas veces en la biblioteca, algún día tenían que olvidarse de nosotros, de mí y de Pablo.

Puede que Pablo fuera un desastre pero también es mi mejor amigo; siempre nos castigan juntos, por discutir, por levantar la voz, por darnos de puñetazos; el ímpetu juvenil que lo llama mi padre. Pero aun así éramos grandes amigos.

Terminó por caer el día, y nos aburríamos, bajamos las escaleras pero estaban cerradas, la cafetería estaba al otro lado de esas rejas, cruzando el patio. Tal vez pudiéramos llegar por otro camino. Cruzamos una pasarela que conectaba el edificio donde están las aulas con los despachos de los profesores. Abrimos la puerta, era su sala de reuniones, aquello era casi mágico para alguien como Pablo y yo. Allí es donde decidían nuestro futuro, allí es donde tomaron la decisión de que los dos repitiéramos curso, donde decidieron expulsarnos tres días por saltar el muro y escaparnos a la Feria. Miramos por encima, no había mucho sobre la mesa, había cajones por los laterales, abrimos uno y “¡ta-chan!” una botella de J&B, eso corroboraba ese viejo concepto de maestro-borracho que tan universal era. Cogimos la botella y nos fuimos para la biblioteca.

El whisky era horrible pero a nosotros nos daba igual, era viernes, y pensábamos hacer lo mismo que todos los viernes aunque estuviésemos encerrados en el colegio, aunque el cabrón del Hermano Eusebio se hubiera olvidado de nosotros -hijo de puta senil-. Llegamos a la biblioteca y encendimos un cigarrillo, nos lo fumamos a medias, no nos quedaba mucho tabaco y no sabíamos cuánto estaríamos allí encerrados. Mirábamos a nuestro alrededor y bebíamos y fumábamos, la energía destructiva de un joven tiene que salir por algún lado, mirábamos ocioso lo que nos rodeaba, y caminábamos pateando las cosas que había a nuestro alrededor. Llegamos a la caja donde estaban los discos viejos de vinilo; todo era viejo en aquel sitio, los libros, las mesas, los discos, los cuadros, incluso, la gente que salía en las fotos que estaban colgadas en la pared era gente vieja.

Estábamos frente al tocadiscos, estaba lleno de polvo, nadie lo usaba ya desde hace años, imagino. Elegimos un disco, Brahms, las danzas húngaras, lo pusimos, comenzaba con el chirrío de la aguja sobre el polvo amplificado. Seguimos mirando discos y lo tuvimos claro, todo aquel disco que no nos gustase lo partíamos en cuatro pedazos, y luego lo volvíamos a dejar en su funda. Fue divertido destrozar a Mozart, una tras otras cayeron ocho de sus cuarenta y una sinfonías, así cayeron también dos óperas, la flauta mágica y las bodas de Fígaro. Entonces lo vi, vi a ese hijo de puta feo de Johann Sebastian Bach. Partí todos los disco que pude, tocata y fuga en re menor, la Pasión según San Mateo, los conciertos de Brandemburgo, Misa en si menor. Todos cayeron y eso me hizo feliz por un momento, incluso el whisky me hizo efecto después de este ejercicio. Cuando terminamos con los discos, a Pablo se le ocurrió ir donde los mapas, viejos mapas, mapas de España de antes de Fernando VII, mapas físicos y políticos. Se le ocurrió escribir palabras obscenas junto a los nombre de las ciudades, de los ríos, de las montañas, cordilleras, comunidades; algunas tenían mucha gracia, otras había que echarles imaginación.

Nos reímos mucho, y echamos de menos tener algún que otro porro para amenizar mejor esta fiesta. La estupidez juvenil -que es aquello que dice mi padre para referirse a hacer cosas sin pensar en las consecuencias- y nuestra violencia hormonal nos llevó a los libros. No queríamos hacer algo llamativo, nada de quemar libros como los nazis ni nada de eso solo algo de actitud gamberra. No nos iba bien en ese colegio, era nuestro último año y ya llevábamos allí doce, doce años en el mismo colegio, las mismas caras, los mismos profesores, las mismas horas de descanso, las mismas filas de dos antes de subir a clase, las mismas oraciones, los miércoles a misa, “el día del hambre”, “el día de la paz”, dinero para el domund, recogidas de alimento, apadrinar un niño, el día del fundador, ver todos los años “las sandalias del pescador”, los días, los trimestres, los años. Todo se volvían espesos, aburridos.

Los libros, sí, los libros, que gran cantidad de libros viejos, llenos de polvo, con sus páginas amarillentas. Encendimos otro cigarrillo, y comenzamos el juego. Cada uno elegíamos un libro y entonces uno decía un número y arrancábamos la hoja que le correspondía, hacíamos una bola y lo tirábamos a nuestras mochilas. Becquer, y sus horribles rimas, Cervantes y su sobrevalorado Quijote, Twain, Clarín, Pérez Galdós y su Abuelo, Dickens y su moralista cuento de navidad y los rusos. Cayeron rusos bajo nuestra fuerza destructora, Tolstoi, Dostoievski y por supuesto la obra más grande jamás escrita: la biblia. En la biblia el tratamiento fue más sutil, decíamos un número y entonces escribíamos en mayúscula y a buen tamaño, MENTIRA, DIOS NO EXISTE y DESPIERTA. Página tras página, biblia tras biblia, fueron pasando las horas.

Estábamos borrachos, eso no se podía negar, fumamos por los pasillos y cantábamos, entramos en las aulas y pintamos pollas enormes en las pizarras, meamos en alguna maceta y pusimos chinchetas en las sillas de los profesores. Fuimos a algunas clases y le dimos la vuelta a las sillas y a las mesas; cuando el lunes los alumnos llegaran, se sentarían dándole la espalda al profesor. Ya nos estábamos riendo a carcajadas y ni si quiera lo veríamos.

Con el alcohol nos fuimos apagando y terminamos durmiendo sobre las amplias mesas de la biblioteca. No sé qué hora sería, pero oímos la voz del portero del colegio, “el gran Juanito” -aunque no media más de 1´60- llamándonos a voces. Aún seguíamos borrachos y cuando entraron en la biblioteca, Pablo y yo nos hacíamos los dormidos. El hermano Eusebio estaba de pie junto a Juanito y su cara era todo un poema. Nos suplicó perdón y nos dijo que ya no habría más castigo para nosotros, que era una barbaridad lo que había hecho y que nosotros ya habíamos pagado lo suficiente, que solo intentaba enderezarnos un poco, que es normal nuestra actitud; somos jóvenes.

Preguntamos la hora: tan solo eran las dos de la madrugada. Salimos del colegio y como aún estábamos borrachos decidimos irnos al garaje -un bar donde se reunían nuestros amigos- y ver que se cocía por allí. Tal vez algunas chicas, tal vez alguna fiesta, algo más de alcohol, algún que otro porro, lo que fuese. Dejar que la noche nos recordara para siempre que somos jóvenes y que tenemos suerte. 

Acerca de Rafa Armada (2 Artículos)
¡Puuuuf!

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