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El sujeto hambriento de experiencias contra la hiperociosidad contemporánea

Fuente: They Live Fuente: They Live, (John Carpenter, 1988)

“La mayor desgracia de nuestra época, de este tiempo que no permite que nada madure, es que devoramos cada instante al cabo de un instante”

Johann Wolfgang von Goethe.

En el último siglo, el sujeto occidental ha sido partícipe de una suerte de experimento simbólico, indirecto, por parte de las esferas dominantes (o la industria cultural, o los poderes económicos, o el capitalismo tardío, como lo queráis llamar), por el cual, a través de mecanismos de supuesta diferenciación, ha sido homogeneizado, igualado, formando una especie de masa deshumanizada a la que se le puede influenciar, moldear y manipular, estableciendo las pautas y modos de conducta consumistas como los únicos naturales y razonables. El consumo deviene, así, necesidad, deseo por tener aquello que se nos muestra, y esta necesidad se establece como algo dentro del sentido común.

Sin embargo, ¿es el producto, la mercancía en sí, lo que se desea, o es la experiencia que la acompaña? En la actualidad, los contenidos simbólicos e inmateriales que se asocian a los bienes consumidos han conseguido tener más importancia que el producto mismo, esto es, el individuo considera que la vivencia que añade el bien consumido a su identidad supera con creces su consumo, lo que ha dado lugar a un tránsito desde la acumulación de objetos a la acumulación de experiencias. En relación a esto, Ogilvey afirma que el sujeto moderno no se pregunta ya tanto ¿qué quiero tener que no tenga ya?, como ¿qué puedo experimentar que no haya experimentado ya? Esto confirma aquellos postulados que sostienen que, más que un artículo, lo que se está adquiriendo es un estilo de vida, construido por la interconexión de las experiencias conseguidas, de manera que el individuo basará una gran parte de su tiempo libre buscando más y más experiencias que, a modo de pequeños trozos de identidad, van configurando su Yo, su personalidad, logrando –o intentando– mantener, o incluso mejorar, su estilo de vida, que no es otra cosa que un escaparate a través del cual los demás nos ven.

Estamos observando, por tanto, cómo la alienación, cuyo círculo de influencia prácticamente exclusivo era el ambiente laboral, ha dado un paso más, ha colonizado un nuevo territorio: el entretenimiento. Este proceso se ha visto favorecido por una progresiva democratización del tiempo libre. Así, la industria cultural, junto con los medios de comunicación, imposibilitan la génesis de un pensamiento crítico y reflexivo en el individuo consumista que permita plantar resistencia a la cotidianeidad y a las precarias condiciones de vida. El sujeto moderno se ve bombardeado diariamente con una cantidad abrumadora de imágenes e información que no es capaz de asimilar, entre las que se incluye la comercialización de diferentes estilos de vida, influyendo de esta forma directamente en las decisiones del ciudadano. Tal y como decía Bourdieu acerca de la televisión, ésta, cuya hipotética pretensión es ser una herramienta que refleja la realidad, se convierte verdaderamente en un instrumento que crea una realidad, poseyendo una especie de oligopolio sobre la formación de las mentes de los sujetos de la modernidad tardía.

El entretenimiento, por tanto, es un campo de batalla entre el Estado y los poderes fácticos contra el individuo, al que intentan aislar para que sea diferente. Pero la diferenciación no es otra cosa, tal y como sostiene Jean Baudrillard que la afiliación a un modelo, aunque éste sea abstracto, despojándose así de toda distinción real. Este terreno de combate, esta guerra de posiciones, se edificó, tal y como sostiene Carmen Romo, cuando, contra el deseo del individuo de alejarse del ambiente laboral una vez acabada la jornada de trabajo,

«[S]e construyó una red de alicientes que cubren la insatisfacción laboral con réplicas (…) que sirven para solventar cualquier tipo de inconformismo social, viniendo a complementar la alienación del trabajo en la alienación del tiempo libre» (Romo, 2003).

Esto coincide con lo establecido por Adorno y Horkheimer en Dialéctica de la Ilustración, quienes consideraron que el sistema imperante tiene la exigencia de no dejar ni un segundo para el pensamiento crítico del consumidor, con el objetivo de que no tenga tiempo para una posible actitud contestataria. ¿Cómo logra esto? Esparciendo la idea de que todo lo ofrecido puede ser potencialmente satisfecho eventualmente, maniobrando a la misma vez para que esto no se consiga, de manera que el individuo busque continuamente la salida al descontento que esta situación le produce.

Mr. Robot, USA Network.png

Fuente: Mr. Robot, USA Network.

Queda claro de esta manera que el ocio consumido es un generador de distinción simbólica entre los individuos. Para Paul Ariès, lo que significa todo este proceso por el que ha pasado el ocio hay que enmarcarlo en un contexto de crisis de la identidad tanto individual como colectiva, generada por el capitalismo, y la solución que le encuentra el individuo es construir, a base de consumir, su propia identidad, su propia máscara, la pantalla a través la cual le ven los demás.

La crisis de la identidad postmoderna se entronca con la crisis de la experiencia que se dio en la Modernidad ya que, para Walter Benjamin, ésta era una época vacía de vivencias, en la que los sujetos perdían su capacidad para experimentar, provocando con ello un “hambre de experiencias” que llevó finalmente a los individuos a buscarlas allá donde pudieran. Esto fue aprovechado por la industria para la creación artificial de experiencias con las que los sujetos podían conformar su identidad, no ya a largo plazo sino de forma diaria.

Este proceso se unió al fenómeno estrictamente postmoderno de la búsqueda de la inmediatez, de quererlo todo deprisa, reivindicándose por tanto unas experiencias que tenían que ser placenteras, inmediatas, cuanto más lejanas mejor, debido a que lo cotidiano se ve como algo a evitar, de lo que se tiene que huir si se quiere ser realmente feliz una vez fuera del ámbito laboral. También en este desarrollo de la sociedad contemporánea tiene que ver la cada vez más sobreabundancia de información, de opciones a elegir, lo que puede llegar a ser abrumador para el individuo que no sabe qué experiencia escoger, teniendo siempre la sensación de que se puede perder algo que, de no habérselo perdido, hubiera sido realmente feliz.

Ante la necesidad de abstraerse de ese proceso de sobreinformación del que es víctima, acude al ocio propugnado por la industria cultural en busca de una sensación de libertad, encontrándose realmente con un simulacro en el sentido de que el objetivo último de la industria nunca va a ser tener completamente satisfechos a sus consumidores, ya que eso supondría su final, sino que lo que intenta es dar una libertad regulada y planificada. De esta forma se da un doble proceso: mientras que el individuo se va desfigurando, diluyendo, frente al aparato al que sirve fielmente, éste le provee mejor que nunca a través de infinitas opciones, de manera que los sujetos devienen objetos manipulables, siendo sus identidades mayoritariamente moldeadas, directa o indirectamente, por las esferas dominantes, convirtiéndose en una suerte de identidades hiperreales, en el sentido de que tienen más apariencia de realidad que aquellas no manipuladas.

Entonces, ¿qué opciones nos quedan? Si cada acto contestatario es absorbido, redirigido y convertido en espectáculo y, a su vez, en mercancía, ¿cómo golpeamos a la industria cultural sin caer en su juego? La más viable –no inmediata, claramente–, es que los individuos desarrollen, a través sobre todo de la educación, un pensamiento crítico, reflexivo, y cuestionen lo que ven y por qué lo están viendo. El espectador debe dar un paso adelante, abandonar la inactividad y la pasividad propia del que mira, y actuar, es decir, ser un sujeto cognoscente de su propio poder emancipador y subversivo. Siguendo los postulados de Rancière, habría que renunciar así pues al estatus de individuos para constituirnos como miembros de un colectivo, cuyo poder contra las élites es mucho mayor, huyendo, eso sí, de posturas naives.

Acerca de Carlos Martínez Toro (2 Artículos)
Preguntadle sobre mí a McNulty.

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