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Mad Max y el fascismo. El acto como revolución.

Una lectura de Mad Max: Fury Road. Dir. George Miller. Warner Bros & Radshow Films, 2015. Película. 

Max hipostasia un tipo de acontecimiento. Prefigura la destrucción de los fascismos. Este sujeto detona los regímenes biopolíticos en su radical envés, aquel donde se burocratiza la vida para hacer muerte, producir muerte. Immortan Joe, caudillo de este régimen fascista, posee un séquito de concubinas cuyos úteros se supeditan a la creación de una raza superior. Han sido minuciosamente seleccionadas por su salud y belleza. Los ideales estéticos lógicamente no son extraños a las dictaduras fascistas; estos sujetos a fecundar deben responder a un ideal de salubridad decisivo, imagen propagandística del propio régimen. Son cuerpos instrumentalizados a los que se les exige un determinado mostrarse y una determinada función jerárquica. El yugo patriarcal de Joe ambiciona la creación de un prototipo de humano genéticamente perfecto, aquel liberado de mutaciones, radiación y tumores cancerígenos. La semilla aquilatada para fecundar estos cuerpos, al igual que el culto a la personalidad, corresponde al propio Immortan Joe.

Parece que un sujeto adulto en esta distopía alcanza una edad equivalente o menor a la que estaban condenados los varones proletarios de nuestro siglo XIX. Aquellos andrajos deshumanizados desfilaban hacia las catacumbas de la tierra, donde arrancaban con su mirada de insecto la materia prima que hacía mover el mundo industrial. Su propia dignidad era a su vez expoliada para servir a los medios de producción burgueses. La esperanza de vida era un lujo diametralmente opuesto al valor de su fuerza de trabajo. Esta funesta imagen corresponde al capitalismo diagnosticado por Marx (El Capital, 1867); capitalismo como generador de muerte que encubre la explotación de los seres humanos. Se presenta como un aparato vampírico que encubre la desigualdad y cuyo alimento son los exangües cuerpos que él mismo flagela. De igual forma, el fascismo de Immortan Joe parasita vidas. Al esclerotizar la vida, gestiona la muerte, dándole un propósito mítico, una proyección trascendental que canaliza el relato político y que justifica la ideología. Joe funda un imperio justificado por la teología, que da sentido primero y último a la existencia más allá de los tormentos terrenales. Luego, dispone para la muerte, relata sobre muerte. Naturaliza la muerte por explotación y legitima el poder. No en vano su nombre referencia la inmortalidad; codicia el fascismo eterno.

Mientras Joe fecunda a las que atesora como mujeres-laboratorio, muestra asimismo exhaustivos esfuerzos por el cultivo de plantas. Una vida verde en pleno crecimiento que se opone a los arenosos fotogramas de estériles dunas y moribundos famélicos. El ominoso invernadero se instala en sus antecámaras palaciegas, corazón de la ciudadela. En este bioma baldío, Immortan Joe arma un botánico que beneficia, sin metáfora, el florecimiento y regeneración del eterno fascismo. Botánica y esclavas son para él la misma cosa, atenida a una razón instrumental y totalizadora. El sujeto ideal que ansía radica en la supervivencia de su dinastía. No podemos olvidar, como decíamos, que este caudillo dota de sentido al mundo, confecciona un relato de sentido, verosímil en este mythos distópico. Los gestores simbólicos del saber se extinguieron en algún momento indeterminado del pasado mítico. No hay espacios para la construcción crítica. La tradición cultural previa, la de un presunto estado de derecho, se extingue para dar paso a otra tradición autoritaria. El holocausto nuclear muta el propio cuerpo político. Obviamente, la filosofía solo aparece cuando unas condiciones de riqueza material se ven saciadas. La brutal desolación que presenta el filme imposibilita esta o cualquier otra práctica del pensar distante. En semejante páramo solo subsisten los analfabetos, los lumpen, la prole. Aquellos testigos de otro tiempo mejor han sido devorados por la senectud, las enfermedades o la hambruna.

fascismo

El ser humano deviene instrumento. Es tan solo una pieza en la jerárquica maquinaria fascista. Este magnífico encuadre juega con el mostrar los mecanismos y engranajes de la industria fascista, literal y simbólicamente. Fotograma de Imdb.

Apresuradamente, la película muestra uno de los indispensables dispositivos de control de Joe: el ejército. Esta furibunda casta es nutrida por una legión de enjalbegados hombres con diversas afecciones y tumores. Son aquellos que logran alcanzar la madurez; soldados que se organizan con un sentido de la estética prodigioso. Walter Benjamin (La obra de arte en su época de la reproductibilidad técnica, 1936) ya anunciaba la estetización de la política por parte del fascismo a través de los nuevos medios de reproductibilidad técnica. En la dictadura de Joe se exhiben coloridas medallas, pinturas para el cuerpo, gruesas botas militares, perforaciones corporales, tatuajes, armaduras y por descontado toda una filia hacia la estetización hiperbólica de los vehículos. Son los cuerpos maquínicos y rugientes que movilizan el fascismo. El régimen debe autorepresentarse y crear hábitos. Pasma con sus imágenes y ritos, idiotiza. Estamos ante subjetividades ya supeditadas por los mecanismos de sujeción inmanentes al propio régimen.

Esta turba militar cree en algo así como un Valhala reapropiado por el gran patriarca Joe. Es una usurpación cultural que puede parecer tan imbécil como efectiva. A través del mythos fascista más simple, la psique colectiva encuentra un programa de vida plausible, por injusto que sea. Un sistema de castas y organización estatal. La represión es necesaria porque hace interpretable este nuevo mundo de calamidad. En el Valhala de Joe, las almas se libran de la mundana radiación. La esencia incorpórea del guerrero trasciende el cuerpo enfermo una vez sacrificado al fragor de la batalla, al poderoso Dios del fascismo.

Pues bien, en todo este régimen de biopoder, de escrupulosa gestión sobre el cuerpo y sobre la vida, aparece Max. Capturado por una cuadrilla de fascistas, es inmediatamente usado como Blood Bag (Saco de Sangre): una bolsa humana que suministra sangre a Nux, uno de los numerosos efectivos de Joe. La transfusión de sangre facilita a los leucémicos vitalizarse en aras de la ofensiva que se desata. En tanto que instrumento, la Blood Bag no tiene otra lógica en el régimen que la de utilidad: usar y tirar. La peripecia narrativa hace que Nux encuentre a Max en las circunstancias oportunas, pero podría perfectamente alimentar a cualquier otro fascista. Al igual que el capitalismo, el fascismo requiere una dieta hematofílica; derrama e ingiere sangre para su propia preservación. Mad Max es 0-, donante universal. La sangre de Max, potencialmente, es la única válida para insuflar a presentes o futuras comunidades una transfusión efectiva e inequívoca. En él se encuentra una extraña condición biológica, acentuada en este árido universo. Max es aquel cuerpo que suministra vida, puede producir vidas posibles en contraposición al producir muerte de la tanatopolítica. Pero todavía más importante, Mad Max está loco, es literalmente Loco Max. Como tal, se le identifica como una res mediante un tatuaje. Entre otros datos que facilitan su mercantilización, se inscribe: isolate psychotic.

tattoo

O-Negative. Universal Donor. Road Warrior. Isolate Psychotic. Fotograma de Imdb.

Max es esquizofrénico. Un desfile de fantasmas del pasado le cortocircuitan el sistema nervioso, produciéndole visiones de muerte. Espectros a los que falló y no pudo salvar. Son las víctimas del fascismo. Estas alucinaciones le imposibilitan la separación estricta entre realidad y ficción. Representan el delirio, lo irracional, lo que se sale de lo sano, lo operativo, lo racionalmente sujetable por el poder, lo normativo. La locura, al no servir para la explotación capital ni para producir bajo unas condiciones preceptivas, es apartada, alejada de la vida: Max es cosificado en Blood Bag para ser succionado por el fascismo. Pues bien, este esquizofrénico es el que logra zafarse del poder totalitario. Escapa de los dispositivos de Joe. Como adelanta su voz en off en el prefacio: «once, I was a cop. A road warrior searching for a righteous cause. As the world fell, each of us, in our own way, was broken. It was hard to know who was more crazy: me or everyone else». Esta definición de sí puede traducirse como: «hace tiempo, fui policía. Un guerrero de la carretera en búsqueda de una causa justa. Mientras el mundo se desmoronaba, cada uno de nosotros fuimos desquebrajándonos a nuestra manera. Era difícil saber quién estaba más loco: yo o el resto.

El decir veraz de sí anticipa la posibilidad de creación de nuevas subjetividades. Las acciones de Max des-sujetan a otros, des-colocan el orden normativo. El esquizofrénico conculca por naturaleza: su acto se escurre ante toda norma. El interés estriba en que Max, en tanto que enfermo mental, supone una amenaza dado su componente no-previsible y no-sujetable. El des-equilibrado es el sujeto in-equilibrable por antonomasia. A Max no se le puede socavar. El que ya no puede ser fijado por unos protocolos que administran la vida es el que puede atentar contra esos mismos mecanismos. Además, es la esquizofrenia la que justamente le hace ser testigo intermitente de los errores del pasado. Una nostalgia patológica que sin embargo logra vencer con testarudez a través de la acción: el hacer, el transitar, el arriesgar. El acto como forma permanente de revolución. Esos fantasmas que le atosigan simbolizan las promesas fallidas, el pasado nunca colmado, el anclaje a un mundo marchito: es la inacción. La inacción ante el fascismo es la sepultura en vida. La frenética conducción y las salomónicas explosiones son solo símbolos de este frenesí del acto. La obsesión con el omnipresente combustible hace hincapié en aquello que puede estallar, prender, hacer saltar por los aires un régimen totalitario engendrador de muerte. La cinética del montaje es la ininterrumpible moción, sugestión de lo dionisíaco y arrollador del acto de Max. 

Es significativo que esta esquizofrenia haga tambalear en Max el pasado y el presente, pero nunca pueda augurar un futuro. Es impensable en él la estabilidad largoplacista, un pronóstico de vida firme que esté por llegar. Max no puede fundar por sí mismo un nuevo y mejor presente. Es más, toda la película es una aplicación formal y cinematográfica de esa fluctuación del devenir. Se puede decir que Max vive sumergido en toda una revolución del acto, en un ineluctable hacerse a cada momento, proyectarse hacia el presente inmediato. Max se arroja hacia dimensiones de infinitud e indeterminación. La indeterminación es óbice en este caso para la plasmación política de un programa reductible.

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Mad Max entre la multitud, regresando al devenir. Fotograma de Imdb.

El lance final es concluyente. Max posibilita la creación de nuevas subjetividades emancipadoras, gracias a la colaboración y el sacrificio de la comunidad, entre los que no pueden menospreciarse espléndidos personajes como Furiosa. No obstante, este es el corolario de Max: sin él no se pueden crear las condiciones de posibilidad para derrocar un régimen totalitario que parasita la existencia. En estos últimos planos aparece Max como un ente incapaz de adherirse al nuevo proyecto político presumiblemente liberador. Max escapa a cualquier institucionalización. Una vez que la comunidad se burocratiza, ya forma parte de los tentáculos del poder, aunque sea de otro poder. A Max le es extraña esta fase de fijación. Asume que cualquier institucionalización de la revolución es aporía, dinamita la revolución del acto. Mad Max abandona el acontecimiento tras haberlo viabilizado. Él pertenece a otro orden de cosas, al devenir del baldío desierto. Retoma su condición de guerrero de la carretera. La carretera como metáfora de la cinemática, de la acción en sí misma, de lo transitable. Max se aleja entre la multitud liberada, dejándola justo donde debe dejarse. El héroe esquizofrénico desaparece entre el extasiado tumulto, como un elemento que destiñe. Está hecho de otras fuerzas ingobernables por el poder. Max se arroja a la mutabilidad incesante de la existencia, al éxodo afirmativo. Mad Max es el heraldo que destruye el fascismo.

Acerca de Romualdo Abellán (3 Artículos)
Cualquier intento de coqueteo con el Absoluto conduce hacia la sepultura en vida. ¿El reto? Intentar llevar una vida un poco mejor en un transitar mundo que nos es tan azarosamente extraño.

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