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Carnaval

Poco antes de llegar marzo, nos despojamos de nuestro hábito. El disfraz del aguante y la costumbre, los gestos de la comodidad y la avaricia, la comodidad del rito y de los gestos. Venidos de un lejano oriente, acudíamos con prisa a abrir las ventanillas.

Yo he visto cómo mi alma empujaba mis costillas estirando el disfraz de mi piel para escaparse, casi alcanzando el salpicadero, iluminarse en los fragmentos sucios del parabrisas. La vi llegar antes que yo, que mi cuerpo arrastrado inconsciente a lo largo de la bahía, alcanzando con un dedo suavemente a deslizar el cristal de la ventanilla, mientras el aire violento me aterrizaba en la cara. He sentido otra vez los orificios de mis narices empaparse de su cálida humedad.

Su cálida humedad estampada.

Recorrimos la avenida cortada. Recordé el placer de que se nos conceda el asfalto el día de la cabalgata y la libertad de dejar caer mi pequeño cuerpo sobre las montañas de serpentina que los barrenderos apartaban. A la vuelta, en sentido contrario, cuando el Domingo de esos años ya se recogía.

Poco antes de llegar a oír sus voces, de mi garganta a mis clavículas ya resonaba el deseo del inminente murmullo de un coro subido al jaleo de las calles. Con los pies despacio, nuestras rodillas crujieron al tres por cuatro, sobre caparazones de erizos.

Yo también he visto la mano arrojar el voto imprudente. Y la pupila orgullosa y asustada salir del colegio electoral, dos veces en un año. Pero juro haber visto después, en febrero, el miedo esconderse aterrado sobre las escaleras de Capuchinos, tras los baños de plástico entre Tavira y El Palillero, esperando un taxi pasar, sentado a los pies del Árbol del Mora.

He visto la risa a la izquierda. Y he visto la risa a la derecha.

Con la vista custodiada por el barullo en Sargento Daponte, postrados mis labios a mi vasito de moscatel, he escuchado la voz de un romancero desplegar el silencio a lo largo de la madrugada.

El papel de fumar tiembla de ironía ajustado en la caña, entre coplas, cuando duermen las bandurrias.

He visto la diversidad casi absoluta en este lugar, un año y otro año. Y ella me ha cogido con sus brazos cada vez, y me ha pintado la cara de colores, y vestido el cuerpo de estéticas degradadas a lo ancho y a lo largo de los tiempos, y dejado que en mis ojos brillaran las ideas que después defendería.

Las ideas se desnudan, desprendiéndose de la máscara.

Poco antes de acabar febrero nos despedimos bordeando un fragmento de mar por un lado, La Viña y del Pópulo, por el otro. Con el mar sostenido al fondo y a nuestras espaldas bajamos la calle, casi deslizados, sobre la plata líquida y quieta.

Habaneras de mercurio. Baco derramado y Dionisio, ardientes en las pestañas de nuestro sueño, que Momo nos bendijo.

Purificados. Abandonamos lentamente, otra vez, el destino de su exilio.

Acerca de Luna Parodi (2 Artículos)
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