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Una figura que cuestiona la historiografía hegemónica: Antígona

Fuente: Teatro Sennsa, Antígona., vía La Información. Fuente: Teatro Sennsa, Antígona,vía La Información.

La historia que se nos ha presentado como universal es fruto de la desigualdad marcada por el género, la raza y la clase. Nuestra Historia en mayúsculas es una historia masculina, occidental y burguesa que ha silenciado todas aquellas experiencias marcadas por la desigualdad y, por tanto, condenadas a la marginalidad. De hecho, el propio concepto que hoy usamos para hablar de la experiencia femenina en el pasado es historia de las mujeres, como si toda aquella historia que no hablase del poder político del hombre blanco necesitara de un calificativo que la especifique. Y así es. Son muchos los estudios de género que entienden que la finalidad de una historia feminista es completar esa Historia Universal añadiendo epígrafes sobre la mujer. ¿Acaso hay epígrafes sobre la historia del varón? Parece ridículo plantearlo, puesto que el género masculino es el único capaz de abstraerse en universal: el hombre es la medida de la historia.

Como vemos, es difícil salirse de la lógica patriarcal incluso para denunciar el patriarcado a lo largo de la historia. Por ello, considero que el objetivo de la historiografía feminista no es tanto conocer la historia de las mujeres en términos positivos, sino intentar averiguar cuáles han sido los mecanismos por los que se ha rechazado y silenciado la experiencia femenina.

Pero para historiar la exclusión de las mujeres es necesario ampliar los márgenes de lo historiable. Representadas por los varones desde la alteridad y por su condición de complemento del varón, el estudio de la iconografía femenina resulta provechoso para el análisis de la diferencia sexual. Asimismo, otras fuentes desdeñadas por la historiografía tradicional ahora se tornan fundamentales. Éstas son los textos literarios, las normas legales o incluso los propios mitos, como discursos que legitiman el orden patriarcal, y donde las mujeres aparecen estereotipadas en función de unos pocos modelos femeninos. Estos modelos actúan como símbolos culturalmente disponibles que evocan representaciones que participan en los procesos de construcción de identidad. Lo interesante es averiguar cuáles son estas representaciones y cómo inciden sobre los sujetos. Es decir, la intención es historiar el modelo normativo de mujer como una construcción cultural que actúa sobre los sujetos a quienes se les presupone una capacidad de actuación suficiente como para socavar la pretendida estabilidad y a-historicidad del género.

Como breve ejemplo de lo anterior, traigo aquí una tragedia griega del siglo V a. n. e., convertida hoy en un universal de la literatura occidental: la Antígona de Sófocles.

Fuente: Sennsa Teatro, Antígona.

Fuente: Sennsa Teatro, Antígona.

Tras la muerte de Edipo, sus hijos Eteocles y Polinices acuerdan alternarse en el trono de Tebas. Llegado el momento, Eteocles se niega a ceder el poder a su hermano, forzando un combate singular entre ambos para resolver el conflicto. Los dos hermanos mueren en el acto. Su tío Creonte pasa a ocupar el trono. Su primera medida es promulgar un edicto para impedir que el cuerpo inerte de Polinices reciba sepultura. Pese a ello y a la disuasión de su hermana Ismene, Antígona incumple la prohibición y honra a su hermano con los rituales fúnebres. Antígona es condenada a muerte, a la que le sigue el suicidio de Hemón, su amado e hijo de Creonte; y Eurídice, madre de Hemón y esposa del tirano.

En el enfrentamiento entre Creonte y Antígona subyace una relación dialéctica entre las leyes de la ciudad y las leyes de la naturaleza. En esta oposición irreconciliable reside el carácter trágico de la obra. Creonte, como tirano, se ha olvidado de las leyes trascendentes; sólo la nueva ley importa, la ley de los hombres. Sin embargo, como señala María Zambrano en El sueño creador, aun encarnando Antígona la defensa de las leyes trascendentes, ella se sacrifica por la nueva ley. Al morir, Antígona despierta la conciencia de los ciudadanos; las leyes de la naturaleza, hasta entonces olvidadas, son resucitadas.

Más allá de la relación con su antagonista, la figura de Antígona tiene otra antítesis en la obra: su hermana Ismene. Ambas son concebidas como modelos femeninos si no contrarios, profundamente dispares. Ismene es consciente de su subordinación a las leyes de los hombres y las acata: Somos mujeres, no hechas para luchar contra los hombres. Ella representa una feminidad cívica, una manera de estar y de ser mujer propia de la vida de la ciudad. Como mujer, Ismene es un ser emocional pero las leyes de la polis frenan la pasión propia de su género en beneficio de la comunidad. De esta manera, entendemos por qué Ismene se niega a transgredir el edicto de Creonte y a participar en los ritos fúnebres de Polinices: ella antes que hermana es tebana.

Por su parte, Antígona incurre en delito al sepultar a su hermano. Las fuerzas que la mueven a violar la ley de la ciudad son el amor y la pasión que siente por Polinices. En contraste con la reacción de Ismene, las emociones de Antígona no son neutralizadas por el peso normalizador de las leyes de los hombres. Sin embargo, no puede decirse de ella que esté en un estadio menos civilizado que el de su hermana; ella no está enajenada ni afuera de la ley, es sabedora del edicto y a sabiendas lo incumple. Así, la heroína mítica podría ser situada en un espacio intersticial entre lo cívico y lo trascendente. Un espacio sin significación previa que la incapacita para representar un modelo de mujer concreto de la Grecia clásica. Sólo de esta manera, el mito puede valerse de una mujer y de su principal rasgo atribuido, la pasión, para representar la rebeldía contra la polis. Sólo una mujer, aun sin capacidad para representar a ninguna otra, puede ir en contra de la ley que emana de los hombres.

La lectura desde el género de Antígona nos brinda una interesante información de cómo los griegos entendían el papel de la mujer en la polis. Qué importa que sea un mito. Qué importa que sea una ficción. Una historia comprometida necesita ampliar el concepto de fuente más allá de lo estrictamente material y de aquellos textos que decimos que cuentan la verdad. La historiografía feminista, como yo la entiendo, no pretende conocer lo que realmente le ocurrió a las mujeres en el pasado, sino que ambiciona comprender los discursos que crean género en su radical historicidad.

Acerca de paulaeruiz (1 Artículo)
persona, mujer, historiadora...

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