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Una humilde propuesta

Fuente: Observatorioviolencia.org Fuente: Observatorioviolencia.org

“También entre los pucheros anda el Señor”, Santa Teresa de Jesús.

    “Para evitar que la gente [inmigrante] de [España] se convierta en una carga para sus padres o para el país y para hacer que sean de provecho público”, Jonathan Swift.

   ¿En cuántas ocasiones, en horas tardías, cuando nuestra mente recrea la última conversación, la última canción que oímos en el último bar, cuando el kebab aún tibio chorrea en nuestra mano, la placidez de nuestro retorno al hogar se ha visto empañada, perturbada por la desoladora visión de un indigente intentando descansar en las escaleras de nuestro portal? ¿Cuán a menudo hemos sentido el deseo de pedir (a falta de criados) a cualquier agente de la autoridad que se lleve a ese hombre, a esa mujer que nos causan tanto pesar? ¿Cuántas veces nuestra natural compasión se ha transformado bruscamente en franca irritación al comprobar en los rasgos faciales del yacente que no se trata de un legítimo fruto de nuestra tierra, rica en maravillas, sino de un turbio producto de conflictos sociales o religiosos allende los mares de los que no tenemos por qué sentirnos en absoluto responsables?

     Y qué decir de la sensación de vergüenza patria que nos invade cuando un enjambre de indigentes advenedizos perturba la paz de esos otros legítimos viajeros que con su atildado desaliño o su innata elegancia adornan las terrazas de nuestros bares de tapas -ellos que vienen a gozar de la sublime visión de la Alhambra, del embrujo del flamenco o de la magia de los toros, y se ven asediados por enjambres de indigentes importados que intentan venderles sus baratijas o implorar su caridad…

     Hartos ya de contemplar con inquietud cómo el número de desheredados foráneos crece en nuestras calles y plazas, y cansados de ver que ni las cuchillas de acero, ni las pelotas de goma, ni los tratados internacionales consiguen detener ese goteo incesante; perdida, en suma, toda esperanza de que propuestas acaso poco realistas (como el respeto a la prohibición de la venta de armas a países en conflicto, o el control de los capitales que se invierten a través de vías opacas en la financiación de guerras; o la reducción de emisiones que contribuyen a la desertización de amplias zonas subtropicales; o cualquier medida orientada a que las poblaciones de los países emisores de emigrantes lleguen alguna vez a controlar las fuentes de riqueza y la economía de sus propios  entornos,…) fracasan una y otra vez, hemos recuperado de los baúles de la Historia esta ‘Humilde propuesta’ del gran Swift que, sometida a un adecuado ‘aggiornamento’, puede servir de modelo para hallar una solución sencilla, práctica y provechosa para que los pobres de ultramar dejen de ser una carga para el erario público, una molestia para los viandantes y una mancha que enturbia la visión de las bellezas patrias.

   Puesto que es el mar quien los trae (y dicho queda que cualquier intento de intervenir en las causas que los llevan a afrontar tamaños peligros excede las ambiciones de esta propuesta), es ahí donde debemos buscar la solución. Y esta es bien sencilla.

 ¿No son acaso nuestros atunes rojos de almadraba una de las pocas joyas que aún conserva nuestro Mediterráneo? ¿No nos alertan los biólogos marinos acerca de la cada vez mayor carencia de nutrientes en las aguas del Mare Nostrum? ¿No es inevitable, dada la precariedad de los medios con que afrontan la aventura de cruzar el mar, que muchos de sus navíos naufraguen sin remedio, y que una buena parte de estos desheredados mueran de hipotermia o ahogados? Prohibamos, pues, cualquier acción de rescate; ilegalicemos a esas organizaciones –bienintencionadas, no lo negamos, pero torpes y cortas de miras, puesto que, como queda explicado, pretenden cargar a nuestras sociedades y nuestras conciencias con un problema que no es nuestro- que se dedican a recogerlos para trasladarlos a centros en los que el Estado debe ocuparse de ellos a costa de nuestros impuestos; centros a los que, además, en el colmo de la desfachatez, se les pide que respeten los Derechos Humanos  -pretensión desorbitada, pues a la vista está que nuestros sistemas no son siquiera capaces de garantizarlos para la población autóctona-. Persigamos la caridad mal entendida de quienes pretenden que esos intrusos prolonguen sus vidas miserables entre nosotros. Convirtamos nuestra costa mediterránea en una almadraba inmensa en la que las proteínas de esos inmigrantes, que de otro modo se desaprovecharían, sirvan al menos para alimentar lustrosos atunes rojos cuyos lomos, deliciosos a la plancha, en sashimi, en tataki…  podremos vender a los más exquisitos gourmets del planeta a precios mucho más competitivos que los actuales.

    Habrá quien nos critique con el argumento insostenible de que quizás esa práctica ahuyente a los turistas que año tras año visitan nuestras costas buscando nuestra luz, nuestra paella y nuestra sangría. A esos les digo: ¿no ha atraído durante siglos el Mar Rojo a multitud de viajeros, precisamente por su color? Les aseguro que, si nuestra propuesta se llevara a la práctica, las olas que bañan nuestras costas adquiriría unos bellísimos matices rojizos que, al atardecer, en ese momento mágico en que la luz del occidente tiñe los mares, harían palidecer los encantos de cualquier otro paisaje y constituirían un marco de sin par belleza para esas tiernas fotos de enamorados que caminan tomados de la mano por las playas.

Fuente: Alejandro Navarro, eldiario.es

Fuente: Alejandro Navarro, eldiario.es

     Habiendo propuesto una solución acorde con las leyes de los mercados y respetuosa con el medio ambiente que permite a nuestras conciencias inquietas dejarnos echar la siesta, queda la cuestión, que requiere de una reflexión más reposada y sesuda, de cómo afrontar el problema y el peligro que suponen para nuestro modo de vida y nuestra identidad nacional esos seres a quienes, a consecuencia de un sentido erróneo de la caridad, se ha permitido el acceso a nuestra tierra o aquellos lo suficientemente fuertes o astutos para conseguir atravesar las purpúreas olas que bañan nuestras costas y hollar el suelo patrio.

   Frente a las extensas colas de ciudadanos desposeídos que se generan ante los comedores sociales de nuestra ilustrada ciudad y, tratando de mantener el singular en ‘propuesta’, quién, sino un bárbaro, estaría en contra de educar a estos indigentes importados el amor por nuestra tan amada España contribuyendo con su esfuerzo a lo que se ha convertido en estandarte de nuestra cultura: la gastronomía. Aprovechando que en su estancia, con el total de gastos cubiertos, han engordado lo suficiente como para poder imaginárnoslos en un suculento estofado o en uno de esos deliciosos guisos o dorados asados que tu abuela te hacía cuando volvías ávido de nutrientes de la escuela.  ¡Hasta podrían llegar a otorgar a las patatas a lo pobre el estatus que se merecen!

   Tratando de ser lo más realistas posibles frente al problema que se nos plantea y habiendo cubierto las preocupaciones más acuciantes del mismo, nos queda atender a cómo generar un mercado lo suficientemente estable como para abastecer a ciudadanos desposeídos propios, a ricos sibaritas y a curiosos turistas. La solución es inevitablemente de género, basta con mirar a nuestro alrededor y preguntarse por el número de mujeres inmigrantes que hay en este país y cuántas de ellas, por cultura, no aceptarían la poligamia.

    Por ello, en justa coherencia con nuestro compromiso social y feminista, proponemos, con la suficiente modestia como para abrir el debate respecto a este asunto (pues, al fin y al cabo, esto es un asunto que concierne a todas y todos los españoles), que la mujer inmigrante pueda residir en pequeños centros de crianza, que, siendo Granada la ciudad para la que escribo, bien podríamos bautizar como “harenes”, o, por un justo dinero -que, por supuesto, deberá ganarse-  arrendada. Así, ella deberá querer concebir, libremente, un hijo cada dos años, pagándosele por cada retoño una cantidad, dependiendo el peso de la criatura, con la prebenda de liberarse de todas las imposiciones básicas que supone mantenerlo. Otorgando a través de esta medida la nacionalidad española a estas gentes por vía de la propiatería dado que, como ya se dijo antes,“un propietario más, un comunista menos”.

   Con todo esto, a la vista quedan las ventajas: otorgar liquidez al mercado y comida al hambriento; ya que al introducir un producto tan novedoso como exótico, los hosteleros, los distribuidores, los pescadores, las cafeterías y las reposterías se verán desbordadas viéndose obligadas a realizar múltiples contratas que, por eliminación, serán desempleados españoles, especialmente, en épocas en las que las almadrabas estén fuera de temporada o cuando la demanda se dispare.  Pues ¿quién podría resistirse al delicioso aroma de una criatura subsahariana recién destetada, tan tierna que podría ser cortada con un plato, a la manera de los legendarios cochinillos de Cándido?

    En conclusión, esto aseguraría a las madres (y a los ejemplares masculinos elegidos para la procreación –en una proporción de un varón por cada cuatro hembras) una vida cómoda y holgada, garantizaría a sus crías dos años de completa satisfacción de sus necesidades vitales (que es mucho más de lo que pueden esperar en las actuales circunstancias) y proporcionaría a las progenitoras el orgullo y la sensación de empoderamiento que genera el saber que están contribuyendo al bien común.

    Por tanto, no nos llenemos la boca de palabras grandilocuentes cuando nos apenamos al ver a un ser humano sin techo, ni comida ni posibilidad de prosperar en su propia vida, cuando pensamos en los horrores que le habrán llevado a cruzar el Meditarráneo en busca de un refugio para sí y su familia. O cuando nos aporreamos el pecho en señal de falsa conmiseración, únicamente por señalar que el origen del problema de estos seres humanos está en nuestra propia casa mientras seguimos aprovechándonos del expolio del que son objeto, o cuando nos acunamos en nuestra acomodada conciencia al conformarnos con plantear propuestas con la tranquilidad que da saber que no se van a poner en práctica.

    Así, pues, hasta que haya una una voluntad sincera y decisiva de atajar esta lacerante situación desde una visión radicalmente humana, abstengámonos de criticar esta modesta proposición, por el momento la más seria y provechosa.

  Esta propuesta, al menos, no comprende de intereses particulares y, a pesar de ser una propuesta local, no cede en la universalidad de su propósito. Prueba inapelable de ello es que hay otros individuos que comparten nuestra visión del problema, aunque, quizá cegados por prejuicios morales, no llegan a ver con claridad que la solución no consiste en privar a los desposeídos foráneos de toda ayuda, sino, bien al contrario, en convertirlos en elementos provechosos para nuestro país. Desde estas páginas, nos atrevemos a invitar a asociaciones concernidas por el problema, como Hogar Social, a que estudien concienzudamente nuestra propuesta y nos ayuden a llevarla a la práctica.

    Así que, señores y señoras de Hogar Social, no despreciéis esta humilde propuesta, pues puede que se ajuste mejor que ninguna otra a vuestros propósitos.

Acerca de Jorge Mtnez. Belda (1 Artículo)
"¡Dios mío, si era para desconsolarse por la naturaleza humana, al pensar que entre ciertos instantes de Brahms y una cloaca hay ocultos y tenebrosos pasajes subterráneos!"

1 Comentario en Una humilde propuesta

  1. Grande Jorge 👍🏻 La sutil diferencia entre el sarcasmo y la realidad

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