Noticias

Apariciones de clase obrera

   La anciana Casilda gemía. Una quejumbre mezclada con extraños aspavientos. Era una imagen de terrorífico patetismo.

   — ¡Me duele! —Se lamentaba, orbitando en el centro del dormitorio—. ¡Me duele! ¡¿Cómo habéis podido?!

   — ¿Madre? ¿Qué pasa, qué ocurre? ¿Qué le duele?

   La hija de Casilda se sobresaltó, embutida en un ancho camisón que en otro tiempo luciera su madre. Aturdida por el horror sincero del desconcierto, observaba desde su cama aquella imprevista aparición. Hacía siete años que no veía a su madre. Su marido amortiguaba los sollozos de su suegra con una convulsa respiración ecuestre. Roncaba boca abajo, contra la gelatinosa almohada. Casilda seguía el reproche de ultratumba:

   — ¡Ay, me duelen los intestinos! ¡Me duelen las larvas! ¡Están frías y grandes y me duelen en la carne! ¡Ay, bandidos! ¡Estoy tan hinchada! ¡Ni morir en paz me habéis dejado!

   La voz de Casilda helaba la habitación. O eso le pareció a su hija. Se llevó las sábanas a la boca y le comenzó a subir un siniestro escalofrío, como si esas ramitas que los insectos tienen por patas le treparan por el espinazo. Casilda empezó a detallar como aquel ataúd tan barato y tan feo donde la habían echado se había podrido al mes. El vestido escogido para la transmundanidad era indecente, usado y acre de orines. La humedad del subsuelo había espoleado a los insectos, que, de vientre fácil, se habían dirigido en sincronizada turba hacia sus agridulces carnes.

   — Sus pequeñas bocas me duelen —lloriqueaba Casilda—. Me hacen daño. Están fríos. Están dentro de mí, ¡otra vez dentro de mí! ¡Ay, bandidos!

   No paraba de repetir aquel agravio. Porque para Casilda, recordó entre calambres su horrorizada hija, aquella palabra era un soberano ultraje. “Yo, Casilda”, increpaba en sus últimos tiempos, empecinada en no abandonar el lecho de su casa para vender la hacienda, bilioso proyecto que siempre salía por boca de su hija y su yerno. “Yo que he sido testigo de los obuses y la sangre, de lo que hacen los bandidos con fusiles y banderas de águilas, que me torturéis así; ¡y tú!”, repetía Casilda sobre sábanas de lejía y estampados de flor de tumba, “tú que no eres nadie, que eres hija de todos esos; ¡ay, Señor, llévame! ¡Ay, todavía me duelen esos bandidos!”.

   Cuando todo ese caudal de recuerdos zarandearon la rígida cabeza de la hija, allí paralizada en el dormitorio, de pronto, se le impuso la viva imagen del funeral. El presupuesto había sido excesivo. El viejo Opel se había quedado anticuado para los asuntos de su marido, que se aquejaba de perder clientes por dar una mala imagen. “¿Cómo quieres que trabaje con esa chatarra?”, había defendido a menudo con límpida dignidad, casi siempre delante de su madre moribunda. Naturalmente, hubo que venderlo y comprar otro nuevo. Infortunios del azar, lo cierto es que con el aguijón de la crisis económica tampoco prosperó la clientela. A decir verdad, el tema tampoco se sacaba mucho, ahora que la ayuda del paro tocaba su fin. El caso es que el jardín era el hazmerreír del vecindario, por lo que exigió un arreglo. Con el verano tan cerca —aquel baldío verano de chicharras y calima que había fulminado definitivamente a Casilda—, una piscina era lo mínimo que podían permitirse. Le sacaron buen provecho, con un interés casi regalado, aunque las paredes pronto se agrietaron, aunque bueno, aquello era otra historia. ¡Y la cocina de gas! Eso sí era un tedio, todo el día con la bombona arriba y abajo. Todas las revistas del hogar que compraba religiosamente testificaban que en pleno siglo XXI el gas era todo un peligro. ¡Y estaba tan pasado de moda! Morir con el gas, ¡qué espantoso! Y la niña, por si fuera poco, necesitaba una moto para respetar su independencia. Estuvo más que justificado, caviló la hija entre toda la batería de pensamientos, que el funeral de su madre no fuese muy pomposo. Ni tampoco la misa de aquel codicioso párroco que tan injusta contribución había pedido; ¡y decía practicar el santo oficio! En fin, lo hicieron, se animó ella, como buenos católicos: con humildad, pero con hondo sentimiento. Y es que los muertos, muertos están, recordó decirse a sí misma. Aunque ahora la situación parecía contradecir sus obtusas consideraciones.

   Entre tanto cavilar y precisamente no muy habituada al fangoso rumiar, la hija se durmió de golpe, aturdida por el horror de aquella aparición matriarcal y el plomizo efecto del recuerdo. Sin poder evitarlo, cedió cada gota de energía a un profundo sueño perturbador. Velos de negro y de niebla y de voces de otros años ya borrosos.

   Al día siguiente, la hija de Casilda se levantó como siempre bajo el sol de mediodía. Apuradamente, se arrolló las piernas hasta el salón para preguntarle a su marido sobre el inquietante suceso. Este, ocupado con una llamada de teléfono, ignoró las inquisitivas preguntas. El hombre se encontraba absorbido por la voz al otro lado de la línea. De súbito, se le encendió el rostro con media docena de expresiones solapadas entre sí, dicha en su mirada de cachorro que ella no recordaba desde la efusiva noche de bodas. En cuanto colgó la llamada, aquella horrenda aparición quedó para siempre como un irrisorio sueño que se perdió entre la euforia, y que nunca jamás volvió a perturbarla, al menos hasta el ocaso de sus días.

   Al parecer, tal y como le pormenorizó su marido tartamudo de felicidad, unos vándalos se habían colado en el cementerio aquella madrugada, profanando varias tumbas y causando aparatosos y macabros accidentes. Entre ellos, la tumba de Casilda. Junto a lo que dentro de la misma descansaba. El operador, de infinita y cristiana empatía, no solo ofrecía sus más francas disculpas en tan delicado asunto, sino que además —y para evitar pleitos del todo insatisfactorios para ambas partes—, ofrecía una generosa remuneración. La suma, legitimada por el excelentísimo alcalde, vino adjuntada, por si fuera poco, con una carta de expiación redactada por su secretaria, ¡pero firmada por el Excelentísimo! La familia recibió con gran honra el presente, reconociendo que al fin eran bendecidos con algo de suerte, tras una vida de inmerecidas miserias. Con la llegada del dinero, no hubo más apariciones. Pero sí algunos préstamos con interés regalado, que permitieron otro coche nuevo, una nueva moto para la niña, la piscina nueva y una preciosa cocina de diseño. La enmarcada carta firmada por su Excelentísimo no solo se convirtió en texto de veneración, sino que pudo finalmente sustituir aquel feo retrato de Casilda que siempre escrutaba impávidamente el salón.

Acerca de Charles Nepomuk (1 Artículo)
El primer síntoma de un glaucoma frío empañando el mundo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: