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Notas de 2017

21 de marzo de 2017

   “Al parecer, no era necesario tener obra para entrar en la historia de la literatura” dijo Enrique Vila-Matas, fascinado, cuando conoció la obra (o más bien la no-obra) de Jacques Vaché (surrealista francés). Esta aseveración del escritor barcelonés es en realidad una verdad a medias. Cierto que hay artistas sin obra, y como conclusión y como consideración resulta bastante revelador tenerlo en cuenta, pues de alguna forma nos ayuda a conocer los márgenes del arte, de la historia del arte, saber que no solo ignoramos a ciertos autores, épocas, generaciones o fenómenos, sino que, en términos cuantitativos, nuestro conocimiento se reduce a un 5%, quizá un 15 o un 20 en el caso de aquellos sujetos dedicados por entero a la erudición. En cualquier caso, estos señores suelen ignorar el 100% de las obras y autores que pululan por los ya mentados márgenes. El caso es que ya nos habló Duchamp de la posibilidad y la voluntad de moverse –de movernos- en el puro margen de la escritura. No del canon, sino de la escritura; las líneas recónditas e imposibles del propio fenómeno o acto de escribir. Y esto es, también, del propio acto de pensar. Pero Duchamp –¡ay!- está muerto. Y cuando el creador de una línea de pensamiento ha muerto, eso quiere decir que ese pensamiento, ese “algo nuevo”, ese giro paradigmático, o bien ha sido superado o bien, directamente, olvidado. Por pura cuestión de consistencia histórica, el tiempo no tiene la propiedad de mantener, por sí solo, sin ayuda de alguna entidad, un saber, una forma de acceder a ese latifundio informe y viscoso que es la realidad. Una vez muertos sus difusores, muerta ésta. La historia funciona como pisapapeles o como apisonadora. Es una ciencia que, por más que a priori pueda parecer la encargada de apilar los hechos, los procesos y los documentos, es decir, un acto puramente memorístico, la historia está, por el contrario, hecha de olvidos. Remedada, quizá, por los recuerdos, pero tejida en su práctica totalidad por olvidos. Y el hálito que recorre todos los olvidos, las ausencias, las renuncias y las abstinencias es pura y eminentemente histórico. Con lo cual la frase de Vila-Matas queda invalidada ante la obviedad de que la historia de la literatura no existe y que -aún voy más lejos- los antólogos, los compiladores y, en general y por antonomasia, los historiadores, lo saben; saben que La Historia es mentira y que el carácter histórico del arte es precisamente lo que lo falsea y lo inutiliza. Y por eso, la inclusión de algún, por poner algunos ejemplos, Rigaut o Vaché o Larbaud de turno en, por seguir el ejemplo, una antología de la poesía francesa, es pura frivolité histórica, pura chulería de académico, es querer recordar a los lectores que ellos recuerdan a Rigaut o a Vaché o a Larbaud, pero al final solo es eso, una mera fanfarronería, una filigrana nimia y vanidosa por parte del historiador y no implica, en ningún caso, una muestra de la memoria colectiva ni una reseña de la importancia autoral de Rigaut, de Vaché o de Larbaud. Creo que queda bastante claro. Enrique Vila-Matas tenía apenas 22 años cuando leyó Cartas de guerra de Jacques Vaché en su edición española de la entonces neonata editorial Anagrama. Era 1970, yo aún no había nacido y Duchamp había muerto haría un par de años. Vaché llevaría unos cincuenta deep down the hole. Dicho sea todo sin dramatismos. Resulta ingenuo pensar que sin la muerte podríamos avanzar antropológicamente, como comunidad humana. El caso es que Vila-Matas aún no había publicado nada con 22 años, y es normal por tanto su reacción, su fascinación, y su consiguiente conclusión sobre la historia literaria. Y se lo perdono, sobre todo, a la luz de sus obras ulteriores.

27 de marzo de 2017

   Hoy he tenido que ayudar a mi amigo Juan Genaro, Juange, arqueólogo y geoda, amante vehemente de todo aquello que sea lo suficientemente antiguo como para que no figure en ningún archivo, pero sobre todo, amigo educado y solvente, a mudarse a un nuevo piso. Su precariedad, inherente a la geología y la arqueología (¡pobre! La precariedad es su baluarte) hace innecesario aclarar que es un piso pequeño y de alquiler, aunque ya puestos, ya embarrados en esta disertación inútil que cualquier lector creerá obvia, lo aclaro. Cuando ya todas las cajas estuvieron en el piso, yo me senté a fumar un cigarro al sofá (probablemente el más longevo de toda Granada) de Juange y me dediqué a observar cómo, de dentro de una caja que solo contenía mapas, él los sacaba todos uno a uno y meditaba cuáles enrollaría para guardar y cuáles colgaría, en señal de estima o mérito, en la pared. Me he quedado pensando en los mapas. En su apariencia, en su forma, en sus aspectos estrictamente materiales, en cuán evocadores resultan; parecen, como los libros, máquinas generadoras de misterio. Pese a que su objetivo es esclarecer y de hecho no se puede decir que no sean esclarecedores, cuantos más aspectos de la realidad (estoy hablando ahora, obviamente, de accidentes geográficos, fronteras políticas, latitudes, longitudes, todo eso) ponen sobre la mesa, tantos más son los interrogantes que dejan, algunos de ellos tan reales como los propios datos que figuran en los mapas; incógnitas tan verdaderas como Kinshasa, el Everest o Greenwich. Creo, aunque solo lo creo, que esa es la razón auténtica de que a Juange le apasionen. En mi contemplación de los mapas, me dio por pensar: quizá estemos volviendo a la fase primigenia de los mapas, quizá haya más gente que, como Juange y yo, se han dado cuenta. Hubo un tiempo en que los mapas no eran, como ahora, básicamente divulgativos. En el momento del desconocimiento los mapas no se hacían para ilustrar a la población, para decirles que Perú limita con Chile, Bolivia, Brasil, Colombia y Ecuador o que el río Mekong pasa por China, Myanmar, Laos, Tailandia, Camboya y Vietnam, sino para orientarse, para acotar los límites de aquello de lo que somos conscientes, aquello lo suficientemente reducible como para llamarlo realidad, en contraposición a lo desconocido, a un gran abismo, puerta abierta al misterio. Y quizá, ahora, en el 2017, los mapas hayan llegado otra vez a ese punto primero en el que delineamos lo que conocemos, no para nada, sino para distinguirlo de esa otra (que no nueva) realidad que espera amagada tras los bosques, los océanos y los grandes edificios como si fuera un animal gigante. El punto en que conjuramos la cara visible de la realidad para que nos muestre su cara oculta, su opaco juego de espejos. Porque, llegado a cierto punto, es imposible discernir si todo es cristalino como el agua o si, por el contrario, todo está desmoronándose. ¿Se habrá dado cuenta también Juange?

1 Comentario en Notas de 2017

  1. Tengo atracción por los mapas, Siempre me dieron seguridad. Con el tiempo aprendí que era posible hacer arte con los mapas. Pero mi gran obsesión fue siempre encontrar un mapa que me guiara por la literatura, que nombrara los autores imprescindibles. Las dos entrada de este dietario de Agus Carrasco me han ofrecido algunas pistas. Tal vez me ponga a ello y reflexione.

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