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La Leyenda del Guadalquivir

A la memoria de un hombre
que está vivito y coleando.
Y a todos aquellos
que le bailan
el agua.

Bien lo saben los aficionados a la pesca deportiva, que de vez en cuando bajan a visitar el reflejo de Sevilla en el agua oscura con una excusa. Las parejas de adolescentes que se esconden para despedirse de la noche del sábado, con el tiempo suficiente para que el sol pueda dar fe de sus ganas de besarse. Lo sabe el perro de la viuda que empieza el último día de la semana bien temprano y se fuma un primer cigarro paseando sobre la pared amarilla y blanca que pone fin a Triana. Allí dicen que el borboteo del fantasma del río siempre se ve —y se oyen también sus ahogadas melodías— entre el segundo y el tercer embarcadero, mirando hacia el puente a la derecha, todos los domingos por la mañana.

Francisco Torres abrió los ojos y vio directamente el cielo. Despertó aquél domingo encontrándose vestido y bocarriba, con las piernas rectas y juntas y con sus brazos también rectos, pegados a cada costado. Se escuchaban un gato maullar y motos y coches aplastando el suelo, un poco a lo lejos. Quieto, rígido, sintiendo su interior obstruido en algún punto que aplomaba entero su cuerpo, apenas encontraba la fuerza que necesitaba para girar la cabeza y observar. El gato seguía su bucle violento, dejando sólo mitades de segundo entre maullido y maullido y Francisco Torres quería sentirse irritado, pero se encontraba con las piernas rectas y juntas y con sus brazos también rectos pegados a los costados. Levemente giró su cabeza a la derecha y vio albero, después asfalto y más allá edificios, de donde venía el sonido de las motos y los coches. Miró a su izquierda, también, y vio más tierra descampada de la que tenía a su derecha. Después del verde saturado de una línea de arbustos, intuyó el río.

Sobre la línea verde quemada del sol saliente caía una guirnalda de postes eléctricos. Francisco Torres no reparó en el precioso detalle.

Se encontró a sí mismo desplomado sobre un colchón. Entre el colchón y su cuerpo, una colcha de hilo de alpaca peruana, cuyo sinfín de colores diferentes resultaban en un único rojo anaranjado, le quemaba la espalda. Tenía incluso una almohada grande y cuadrada bajo su cabeza, estampada de las manchas del uso: cercos sombreados en un tono encaminado al de la colcha. Abrió las palmas de sus manos sin cambiar la postura y palpó con caricias tímidas la superficie del tejido, cuando empezó a escuchar el agudo silbido del afilaó y, cada vez más cerca, el rugido del Vespino desde lo lejos de su coronilla. Con bastante trabajo se incorporó para retorcerse sobre sus caderas, como un trapo que se escurre, y el afilaó estaba justo detrás de él haciendo sonar la ocarina. Se quedó mirándolo mientras éste también le observaba a él, distraído y sin apartar el instrumento de su boca. Unos segundos como minutos después, paró:

—¿No quieres que te afile algo, shiquillo?

—Ojalá tuviera algo aquí que afilar —el ocarinero continuó con su llamada de atención y el gato maullador se sentó a su lado. Un frente al que se añadieron enseguida dos gatos más, con dignidad despaciosa.

—¿Y por aquí va a haber algún cliente? —gritó Francisco bajo la ocarina.

—Y yo qué sé, shiquillo… ¡Eso yo no lo sé nunca!

—Aquí no hay absolutamente nadie, por lo que se ve sólo estoy yo.

No contestó y Francisco se disponía a levantarse. Pero en cuanto puso los pies en el suelo y elevó el culo del colchón, estando ya casi en pie, volvió a caer sobre la áspera lana de alpaca.

—¡Shavá! —el ocarinero dejó de tocar—. ¿¡Dónde va sin pies!?

Francisco Torres miró hacia el extremo de su cuerpo dónde los pantalones terminaban. Jaló de uno de ellos para ver cómo, efectivamente, su pierna terminaba en el tobillo. Sintió otro golpe en la nuez cuando repitió la operación con la segunda pierna. Miró al señor de los gatos y después a sus nuevas extremidades, repitiendo este gesto hasta tres veces, hasta que el afilaó desesperado dejó la ocarina.

—Pero, vamo a ve, ¿tú vives aquí? Porque yo es la primera ve que te veo.

—¿Cómo que si vivo aquí? ¡Yo qué voy a vivir aquí!

—¿Qué pasa, qué pasa? —porque el shiquillo se daba de cabezazos contra el colchón—. A ve que te ayude. Eso es que los del mercaíllo te han visto durmiendo, ¿sabes?, y te han robao los pies estos de plástico que tu tendrías, porque si no, claro, piénsalo tú mismo, ¿cómo has llegao hasta aquí? —el de la ocarina, ahora sujeta entre su mano y su cintura, le miraba desde arriba frunciendo el morro y levantando las cejas tan fuerte como quien pregunta si tiene algo dentro del ojo—. ¡Esa gente son mu shunga!

—¿De plástico?

—¡Cómo que no! Po serían de otra cosa. Ojú, mi arma, tu así no puede ir a ningún lao…—el afilaó se apresuró a buscar en el macuto que colgaba de la silla del Vespino—. Yo tengo que tené algo por aquí pa que tú pueda, por lo meno, irte andando pa tu casa…

Tirado en aquel colchón con cara de nada, Francisco Torres dejaba vía libre al sol para que acabara con su vida y el afilaó sacaba una trompeta de su macuto. Y luego otra.

—¡Ea, ya está, esto mismo! Yo creo que esto te lo puede poné y vas a andá bien.

Así pues, Francisco Torres caminaba aquel domingo hacia su piso con unos pantalones sucios, que ahora eran pesqueros, por cuyos extremos inferiores asomaban dos trompetas de dorado envejecido. Iban, a cada paso, sonando los breves amagos de la melodía del viento, al cortarse éste en seco cuando las trompetas lo atrapaban contra el suelo con sus campanas. Caminaba a su lado el afilaó, que llevaba la moto sujeta por el manillar y un gatito sobre su espalda. Cruzando junto al puente del Cachorro la gente los miraba, alertada por el jazz que nacía del mestizaje entre un gato, una ocarina y dos trompetas caminando.

—Bueno, po yo me voy. Encantao de conoserte. Y búscate unos pié, ¡que así no puede i tol día!

Francisco continuó su camino sin querer apartar la vista del frente: abajo estaban esas trompetas y a los lados la calle con la gente mirándole, evidenciando más sí cabía su desgracia. Ya en Triana, bajó por la parte más solitaria y continuó su camino por el río.

—¡Illo, mira ese!

No fue una buena idea esconderse. La gente de arriba hubiera continuado comportándose, contentándose con mirar. Ahora, un grupo numeroso de jóvenes que, haciendo un correcto uso de sus instrumentos de viento, ensayaban incansables ritmos de Semana Santa, se acercaron a él decididos.

Francisco Torres dejó, definitivamente, de escuchar y dio gracias a su cuerpo. No podía oír lo que le decían ni tampoco sentir la paliza que le daban.  Y en seguida se vio sin trompetas y cayendo al río por un pequeño embarcadero de madera.

Esta vez, bajo el agua sucia, sus trompetas sonaban hermosas, ya eran pompas sobre la superficie. Y, a él, fue lo mejor que le pudo haber pasado.

Acerca de Luna Parodi (2 Artículos)
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