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Vivir en el pecado: lujuria, blasfemia y liberación sexual

Fuente: Elvira Urquijo (EFE) Fuente: Elvira Urquijo (EFE)

«Padre nuestro que estás en los cielos, quédate donde estás».

Jacques Prévert

A falta de soluciones empíricas, el ser humano desde su origen ha tratado de explicar el mundo que le rodea y su propia existencia mediante un conjunto de creencias a las que hemos dado el nombre de religión. Desde un punto de vista antropológico, las religiones no son más que un sistema cultural compuesto por una serie de prácticas, comportamientos y ritos que derivan en una organización social, una ética y un estilo de vida determinado. En este contexto, el modo en el que los seres humanos vivimos el amor y nuestra sexualidad está en parte regulado por un código de conducta dictado por la religión dominante del grupo humano al que pertenecemos.

De este modo, fue durante el Medievo cuando la moral sexual cristiana consiguió expandirse por toda Europa, y posteriormente, el dominio colonial europeo permitió un proceso de aculturación global que hizo llegar esta moralidad a todos los rincones del planeta. Como consecuencia de ello, el imperialismo cultural que ejerce Occidente en la actualidad sobre el resto del mundo nos ha hecho tener una visión homogeneizada de la ética y la cultura, provocando que el sujeto occidental a día de hoy tienda a relacionar sus hábitos sexuales con la propia naturaleza humana, ignorando el importante papel que cumple la cultura como reguladora de nuestros deseos, actitudes y prácticas sexuales.

Es por esta razón que la antropología suele recurrir tanto a culturas minoritarias (o minorizadas) como a otras extintas para hacer ver que otras formas de comportamiento humano son y fueron posibles. En lo que a diversidad sexual se refiere, es especialmente recurrente hacer mención a la cultura grecorromana, ya que existen multitud de referencias mitológicas y artísticas que nos demuestran que las prácticas homosexuales no solo eran frecuentes, sino que si se realizaban teniendo en cuenta ciertos condicionantes, estaban perfectamente aceptadas. El deseo y el placer sexual desligado de la procreación estaba también integrado con toda naturalidad en el día a día de griegos y romanos, hasta tal punto, que muchas representaciones de la vida cotidiana presentes en objetos cerámicos podrían parecernos hoy completamente obscenas e incluso pornográficas. Esta situación contrasta con la oscuridad sexual que se inicia a partir de la Edad Media y que se desarrolla y generaliza posteriormente.

El cristianismo instaura una moralidad completamente represiva con respecto al sexo, ya que entiende que la abstinencia de gozo carnal supone la forma superior de vida cristiana. El deseo sexual puede llevarnos a perder el dominio de nuestra voluntad, por lo que constituye una amenaza para nuestra estabilidad espiritual y para la comunión con Dios. La castidad por tanto, conlleva el dominio de los instintos sexuales y su orientación hacia el crecimiento espiritual por medio del autocontrol. Pero como todos sabemos, el cristianismo no rechaza las relaciones sexuales en todos sus aspectos; estas son aceptadas siempre y cuando se den dentro del matrimonio y exclusivamente con fines reproductivos. Si el placer sexual es buscado en sí mismo, sin tener como objeto la procreación, entonces pasaría a ser considerado un acto lujurioso, uno de los siete pecados capitales.

Y es precisamente por medio del pecado como el cristianismo ha construido uno de los mecanismos más eficaces de control sobre la conducta humana, al dejar supeditada la salvación del alma al cumplimiento de sus preceptos. Así, tras siglos de imposición de la moral cristiana, se consiguió que en la conciencia colectiva de Occidente, todavía hoy, todo cuanto se refiere a la sexualidad, la desnudez, los deseos, los placeres y las pasiones, sea considerado como algo negativo que es necesario reprimir.

Según Iñaki Bazán, la criminalización y persecución emprendida por la Iglesia hacia determinadas prácticas sexuales a partir de la Edad Media permitió la construcción y la perpetuación hasta nuestros días del discurso homofóbico en Occidente. Para el cristianismo, las prácticas homosexuales –que no la homosexualidad en sí– son consideradas un pecado abominable, al tener como único fin el placer venéreo desligado completamente del aspecto reproductivo y la unión matrimonial. En este sentido, la moral cristiana y la Iglesia Católica como máxima difusora de la misma, han actuado y continúan actuando como un dispositivo institucionalizado de violencia tanto física como psicológica contra los homosexuales. Violencia física por ser responsable de la propagación de ideas que generan todo tipo de agresiones, y por haber usado sus propias instituciones y las de los Estados para condenar a quienes han llevado a cabo estas prácticas. Y violencia psicológica en tanto en cuanto el rechazo social y la incompatibilidad con las creencias religiosas ha provocado la marginación, el odio, la represión, el tormento y el sentimiento de culpabilidad de millones de homosexuales a lo largo de la historia.

Ante esta situación debemos considerar necesaria la búsqueda de herramientas que nos permitan visibilizar esta problemática y actuar contra ella. En este sentido, la sátira usada a través de las artes gráficas y escénicas puede ser entendida como un modo eficaz de cuestionar y evidenciar la moralidad impuesta por los poderes hegemónicos que han actuado sobre nosotros durante siglos. El movimiento Drag Queen nace con esta intención, ya que su propósito principal es burlarse de forma trasgresora de las nociones tradicionales que tenemos sobre la sexualidad y los roles de género.

El polémico espectáculo de la Drag Sethlas, ganadora del concurso Drag del Carnaval de Las Palmas de este año, constituye un magnífico ejemplo de crítica social, al atreverse a aparecer en su número disfrazada de Virgen y de Cristo crucificado, al tiempo que entonaba proclamas de marcado contenido sexual. Las reacciones desencadenadas al día siguiente constituyen en mi opinión, un fiel reflejo de nuestra sociedad y son dignas de ser analizadas desde un punto de vista sociológico. No me interesa tanto el esperado rechazo manifestado por sectores internos de la Iglesia Católica (el obispo de Canarias llegó a decir que la «frivolidad blasfema» del espectáculo le entristeció más que el accidente de Spanair en el que murieron 154 personas), sino las reacciones de todos aquellos que sin considerarse católicos vieron en esta representación artística una falta de respeto y una ofensa hacia los sentimientos de los creyentes.

Son innumerables las veces que el Teatro Falla ha visto sobre sus tablas actuar a agrupaciones que han parodiado tanto a cargos eclesiásticos como a personajes bíblicos, pero en estos casos, la repercusión ha sido prácticamente nula. Y si lo pensamos, no debería extrañarnos, porque ¿a quién iba a ofender un grupo de simpáticos gaditanos disfrazados de Jesús de Nazaret? Sin embargo, la broma se vuelve de mal gusto si Jesús se descuelga de la cruz en tanga y maquillado, coreando letras que podrían pronunciarse en la intimidad de una cama, pero que nos enseñaron desde niños que debían ser tabú fuera de ella. Por tanto, la primera conclusión que deberíamos sacar es que el problema no gira en torno al uso burlesco de los símbolos religiosos en un carnaval, sino en torno a quién hace uso de ellos. El problema es el tanga, el maquillaje y las plataformas; el problema es que al gracioso gaditano os lo hemos cambiado por un degenerado mental, y por tanto su arte, aun siendo capaz de emocionar al espectador, es menos arte. De hecho, no es ni siquiera arte, es solo aberración, es solo ofensa.

Puede decirse por tanto que la provocación fue un éxito, al conseguir dejar en evidencia las fobias y miedos todavía presentes en nuestra sociedad. Fue todo un éxito porque nos reveló una vez más, que la genialidad del arte Drag es precisamente su capacidad para ofender únicamente a aquellos que les discriminan, es decir, a quienes consideran que un hombre vestido de mujer es algo aberrante y ofensivo.

Por todo lo anterior, considero que la apropiación por parte del movimiento LGTB de los símbolos de una religión que promueve la intolerancia y oprime la diversidad sexual y de género en todas sus formas, está completamente justificada y más que considerarlo como un ataque, deberíamos interpretarlo como un valiente gesto de liberación y de justicia social. Solo el día en que esta moralidad discriminatoria haya desaparecido, carecerá de sentido «ofender» a la divinidad usando su propia escala de valores.

Fuente: revistamongolia.com

Fuente: revistamongolia.com

Estudiando nuestra historia y analizando posteriormente situaciones de este tipo, caemos en la cuenta de cómo la religión ha configurado durante siglos nuestra mentalidad y nuestra idea del bien y del mal, hasta tal punto, que el hecho de considerar ofensiva esta performance nos revela que en el ideario colectivo de nuestro país, incluso de un modo inconsciente, todavía mucha gente piensa que algunos valores cristianos, aun siendo represores, hipócritas e irrespetuosos en sí mismos, merecen ser respetados.

Por tanto, la polémica suscitada por un espectáculo de estas características constituye solo un ejemplo más de criminalización de quien se revuelve y cuestiona el poder de aquellos que les pisotean y discriminan desde una posición privilegiada. De hecho, esta criminalización en un país como España llega hasta tal punto, que el delito de blasfemia continúa presente en nuestro Código Penal enmascarado bajo el nombre de «ofensa a los sentimientos de los miembros de una confesión religiosa», y es mediante este artículo como se consiguió sentar en un banquillo a Rita Maestre por sacarse las tetas en una capilla o a quienes sacaron un coño gigante en procesión por Sevilla para protestar por los derechos laborales de las mujeres.

Deberíamos preguntarnos entonces, ¿cómo vamos a respetar los sentimientos de quienes entienden nuestro cuerpo desnudo y nuestra sexualidad como una ofensa? Ante esto, no nos queda otra que articular nuestro empoderamiento a través del uso de nuestro cuerpo y nuestras prácticas sexuales como protesta dirigida hacia quienes las consideren impropias o inmorales. Solo haciendo visible esta situación y cuestionando a aquellos que la perpetúan, lograremos liberarnos de esos tabúes milenarios que han permanecido fosilizados en nuestra cultura y han anquilosado nuestro desarrollo personal, provocando la represión y el tormento de los individuos e imposibilitando su felicidad.

Por todo ello rebelaos, porque para rebelarse contra los guardianes de la moral sexual impuesta no hacen falta armas, simplemente amad; amaos a vosotros mismos, amad vuestro cuerpo y amaos los unos a los otros como Dios no nos ha amado.

Acerca de Santi Sabariego (1 Artículo)
Graduado en Historia por la Universidad de Granada

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