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El hombre que hacía autodefinidos

PRIMERA PARTE

“Don´t explain

“Hush now, don´t explain

Just say you´ll remain

I´m glad your back, don´t explain”

   Una leve luz anaranjada atraviesa la habitación de Gael. Son tan solo las seis de la mañana. El humo de su cigarrillo se entremezcla con un hilo de luz que se desliza por la habitación. Hace mucho que no duerme bien, se despierta cada rato y fuma o toma alguna copa. Nada de somníferos. Tiene que estar siempre alerta. Es parte de su trabajo. El teléfono suena en la oscuridad. Gael no se sobresalta, estas llamadas son habituales.

   —En seguida estoy allí… De acuerdo —Gael cuelga el teléfono y suspira.

   Gael se levanta y coloca un CD en el viejo reproductor. Pasea desnudo por la casa mientras se acaba el cigarrillo. Abre la vieja cafetera de aluminio, las mejores según él. La huele. Parece que no le disgusta que lleve un día entero preparado. Calienta el café y se sirve una taza con mucha leche. Enciende otro cigarro y se acerca a la ventana. Toma el café mientras observa el compendio de ventanas que hay a su alrededor, algunas aún a oscuras, otras con luces y movimiento humano. Una joven se desnuda y se mete en la ducha. Tiene un hermoso cuerpo, su cabello rojizo cae levemente sobre sus pechos. Gael comienza a excitarse, deja el café sobre la mesa de la cocina y se dirige directamente al baño.

   Abre el agua caliente y gira un poco el grifo que deja salir el agua fría Gael no puede parar de pensar en la muchacha pelirroja y en sus bonitos y pálidos pechos. Comienza a masturbarse con violencia. Un suave blues recorre la casa hasta llegar al baño. Holiday entona Don´t explain y Gael con el puño golpea los azulejos blancos de la ducha y gime, gime, gime. Gael se enjabona el pelo y el cuerpo. Gira el grifo del agua fría y un vapor comienza a ascender, su cuerpo se enrojece, el agua le corre por el cuerpo eliminando todo resto de espuma y el semen se precipita hacia el desagüe.

   Gael prepara sandwiches de atún y queso, no es muy cuidadoso con su preparación. Una vez listos los corta en triángulos, los envuelve en papel transparente y los guarda en bolsas de cierre hermético. Abre el grifo del fregadero y limpia lo poco que hay en él: dos vasos, un plato y un par de cubiertos.

   Gael prepara su maletín, mira el reloj. Tiene tiempo. Coge un libro de crucigramas, se mira frente al espejo, las ojeras son incamuflables. Se mira las canas y sonríe. Cada día hay más, pero no le importa.

   El joven Gael conduce su viejo coche, la radio habla de nuevas restricciones. Desde la guerra ya nada fue igual, pero no ha vivido otra cosa. Él nació durante la guerra, ya se había acostumbrado al toque de queda. La carretera estaba vacía excepto por un control militar, le dan el alto. Gael rebusca en su chaqueta. Pese a los treinta años que lleva conviviendo con este estado militar, sigue sintiéndose nervioso ante la presencia armada. Muestra una identificación y el militar le deja continuar. No son agradables con él, pero el ya esta acostumbrado a esta actitud. En el momento que muestra su identificación, la cara se les vuelve sombría y de rechazo.

Wayfaring Stranger

“I am a poor, wayfaring stranger

Traveling through this world alone


And there´s no sickness, toil or danger

In that bright lando to which I go

And I´m going there to see my father

And I´m going there no more to roam

And I´m only going over Jordan

And I´m only going over home now”

   La casa está en un buen barrio, aunque como todos los barrios de ahora, es un poco lúgubre, gris, como el nuevo mundo. Duda en si golpear la puerta o hacer sonar el timbre, se decide por el timbre y en segundos la puerta se abre. Un hombre alto y delgado lo mira de arriba abajo. Ya sabe quién es Gael y como en otras ocasiones lo mira con desprecio. Esta vez, la intensidad es mayor.

   —Hola —saluda Gael en un tono muy bajo.

   El hombre alto y delgado ni siquiera le devuelve el saludo. Una niña corre por el pasillo, llamando a su padre. El hombre delgado la coge en sus brazos.

   —Tranquila mi niña, volvamos a la cama. Aún es muy temprano.

   El hombre se aleja con la niña y se cruza con una mujer, que le da un beso a ambos. Gael sonríe a la mujer.

   —¿Quieres café? —le ofrece la mujer devolviéndole la sonrisa.

   —No, gracias —Gael muestra su maletín—. Vengo servido.

   Gael cierra la puerta principal y se dirige a la mujer.

   —¿Dónde está?

   Ahora Gael está sentado en un sillón, toma café de su termo y hace un autodefinido. Frente a él, postrado en una cama, hay un hombre de unos setenta años de edad. Está conectado a una bombona de oxigeno. El viejo se quita la mascarilla y mira a Gael.

   —Vaya, veo que tengo visita. Es usted del gobierno ¿verdad?

   El viejo tose y vuelve a colocarse la mascarilla y se duerme plácidamente bajo la mirada del joven Gael.

   Gael da un sorbo a su café y vuelve a bajar la mirada hacia su autodefinido: INMUNIZAR, siete letras. TERMINAR, seis letras.

   Las horas pasan lentamente, Gael se sirve otro café. El viejo se despierta, vuelve a quitarse la mascarilla para poder hablar con claridad.

   —Eres hijo de la posguerra ¿verdad? Yo fui veterano de la última guerra. Cada uno la llama como quiere, yo la llamo guerra civil porque nunca sabías cuándo cambiarías de bando. No sabías cuando serías un desertor. Una tarde podías levantar la vista en la trinchera y tener que disparar a la cabeza de tu hermano; los soldados dormían abrazados al rifle, nunca se sabía quién podría desertar ese día. Dormías con el miedo de ser devorado por tus compañeros. Las trincheras eran tan seguras como el campo de batalla.

   Gael cierra el autodefinido mientras el viejo sigue hablando.

   —Oías a los soldados más jóvenes llorar por la noche. Sabías que alguno se pegaría un tiro esa noche, y entonces ya no dormías —el viejo se incorpora lentamente y observa a Gael—. Sabes a que me refiero, ¿verdad?

   Gael asiente y el viejo asiente también. Hay un silencio muy breve y el viejo continúa.

  —A veces te costaba reconocer una cara familiar tras la mirada perdida, ansiosa por matar. Perdían toda humanidad. Solo eran depredadores y nosotros simples cazadores. Fue una guerra sin honores, sin gloria, solo muerte y putrefacción. Los civiles nos miraban con desprecio. Estábamos matando a sus familiares, disparábamos a sus hijos, pero ellos no habían visto a un centenar de esos pobres impíos devorando todo lo que veían a su paso. Había jóvenes soldados, algunos llevaban ya unos años luchando, otros acababan de llegar.

   El viejo para, se mira las manos, vuelve a levantar la cabeza hacia Gael. El joven y sano Gael lo sabe: el viejo sufre alzheimer, en su ficha viene detallado. Veterano de la Gran Guerra, padre de dos hijos, viudo.

   —¿Qué estaba contándote, joven? —el viejo duda un segundo y vuelve a mirar sus manos—. Una noche me desperté oyendo unos gritos, venía de los barracones de recién llegados. Me vestí rápido y salí a los fríos barracones. Al llegar allí, vi a un cabo. Ummm el cabo… Umm…, no recuerdo, lo vi muerto, se había volado la cabeza, pude oler al enemigo, el olor putrefacto de la carne muerta. Seguí el olor hasta el barracón, asome la cabeza y aquello parecía una carnicería. Diecinueve cuerpos de jóvenes soldados parcialmente devorados y aquel desertor estaba al final del barracón. Apunté, dispare a su cabeza y luego disparé en la cabeza de aquellos diecinueve chicos.

   Los ojos del viejo se llenan de lágrimas, se coloca la mascarilla y abre el gotero de la morfina, se tumba y mira sus manos.

Piano Man

“He say, son can you play me a memory?

I´m not really sure how it goes

But it´s sad and it´s sweet and I knew it compelte

When i wore a younger man´s clothes”

   La mujer está sirviendo café a Gael. El viejo se despierta y ve allí a la mujer. Esta se gira hacia el moribundo.

   —¿Cómo estamos, viejo?

   —Muy bien, señorita.

   La mujer cambia su expresión y se le inunda la cara de tristeza. Mira a Gael tratando de sonreír.

   —El cerebro le juega malas pasadas, no sabe quién soy y eso que lo lavo todos los días sin faltar.

   Gael le sonríe.

   —En su estado es lo normal.

   —Si necesitas más café, llámame.

   —Así lo haré.

   La mujer sale de la habitación, mira hacia atrás y una lágrima recorre su mejilla. Cierra la puerta tras de sí. El viejo mira a Gael con extrañeza.

   —¿Quién era esa mujer? ¿La conoce?

   Gael sonríe, da un sorbo al café.

   —Era su hija, señor.

   —Mi hija.

   El viejo se pone la mascarilla, respira profundamente y vuelve a quitársela.

   —Tengo otro hijo, vendrá en algún momento —El viejo tose, hace una mueca de dolor—. Chico, creo que se acerca el momento. ¿Estás preparado? Porque yo sí lo estoy.

   Gael se levanta y se acerca al viejo. Abre su maletín y saca un cronómetro, un arma quirúrgica y una mordaza. El viejo le agarra la mano y Gael la aprieta con fuerza. El hombre lanza su última exhalación y afloja la mano. Gael le cierra los ojos, conecta el cronómetro, le pone la mordaza, amarra sus manos a la cama, se coloca justo tras su cabeza, coloca el arma quirúrgica en su cabeza y observa sus ojos, sus manos, sus piernas. El cronómetro comienza a sonar. La marcha atrás ha terminado.

Death to birth

“I´s a long lonely journey

From death to birth”

   El viejo abre los ojos, intenta mover las manos. Gael duda. Aprieta el gatillo. El arma proyecta una barra justo en el centro de la cabeza del viejo. Gael saca el arma, la limpia y vuelve a cerrar los ojos del viejo. Le tapa la cara con una sábana, guarda sus instrumentos y rellena unos papeles. Se dirige hacia la puerta y echa un último vistazo a la cama con el viejo encima. Gael coge su chaqueta, abre la puerta y la cierra tras de sí. Gael sale al hall, la mujer lo ve y comienza a llorar. El hombre alto y delgado torna su cara de tristeza a enfado.

   —Lárgate, aquí ya ha terminado tu trabajo.

   Gael se coloca la chaqueta, alcanza el maletín, abre la puerta principal y mira hacia atrás. Los familiares ya están entrado en la habitación entre sollozos. Gael sale a la calle. Está atardeciendo.

   Gael está en un parque. Suenan las bocinas del toque de queda. Él trabaja para el gobierno, así que no importa. Está sentado en un banco, tomando la última porción de sándwich de atún y queso. Bebe café y contempla la caída del sol. Los coches se precipitan hacia sus casas, los niños corren sonriendo, como si fuera un juego. Gael observa el mundo gris, pero no culpa a la guerra. Fuimos nosotros mismos quienes lo pintamos gris, se dice. El teléfono suena y Gael responde.

   —¿Sí? (…) ¿Pero cómo no me llamaron antes? (…) Estaré allí en unos minutos (…) Por favor, vacíe esa habitación (…) No, no, no, he dicho que la desaloje. Bien, gracias, estaré allí enseguida.

   Gael llega a la casa. Está en un barrio mucho mejor que la anterior. Sube rápido los escalones que dan a la puerta principal, golpea la puerta fuertemente con el puño y abren la puerta. Gael está enfadado. Un hombre estaba agonizando y lo han llamado con poco tiempo de antelación.

   —¿Dónde está?

   —Mire, lo siento, aún no puede entrar.

   —¿Sabe lo que se están jugando?

   —Yo solo soy el vecino. Los hijos están en la cocina, discuten sobre el testamento.

   —Esto es inaceptable.

   Gael observa a su alrededor: ve que de una habitación sale una iluminación de velas. Se zafa del vecino y se dirige a la habitación. Conforme se acerca oye gemidos y llantos. Al entrar, observa a un grupo de plañideras llorando el cadáver. Bajo las sábanas se oyen gruñidos y gemidos. Se perciben movimientos violentos. Las plañideras se levantan y le impiden el paso, Gael enfurecido, agarra a una del brazo.

   —¿Cuánto hace que ha muerto?

   —Unos minutos señor. Pero no se preocupe, está amarrado.

   Gael abre su maletín y saca su artefacto —el administrador de descanso—, se dirige hacia el cadáver, quita la sábana dejando al descubierto la cabeza y pega el artefacto contra esta, aprieta el gatillo y un chorro de sangre se precipita por la sabana. El cadáver vuelve a caer contra la cama. Algunas plañideras salen vomitando de la habitación. Gael, enfurecido, limpia el arma quirúrgica. La guarda y sale de la habitación. Los hijos del difunto lo miran atónitos.

  —Rellenad estos papeles —les dice en un tono muy agresivo—. Y dad gracias que no os voy a denunciar.

   Los hijos del difunto miran a Gael asustados. Uno de ellos extiende la mano y recoge los papeles.

 Mientras Gael saca un cigarrillo, el hombre se gira sobre una mesa y rellena los documentos.

   —Tome —le dice el hombre, extendiéndole tembloroso los papeles.

   —Bien, gracias. Lamento su perdida. Buenas noches.

Travellin’ all alone

“Give me just another day

There’s one thing I want to say

Friends are well when all is gold

Leave you always when you’re old

Trav’lin’, trav’lin’ all alone”

   Son las siete de la mañana y Gael aún no ha dormido. Ha pasado la noche bebiendo, fumando, cantando, llorando. Gael está solo. Él lo sabe, sabe que nadie lo quiere, sabe que nadie lo acepta. Sabe que nadie lo quiere en su vida. Gael se levanta de la cama y va directamente a la ducha. Gael llora en la ducha. Abre el grifo y mientras llora, sus lágrimas corren con el agua fría por el desagüe.

   Gael se abrocha el traje; es negro, negro como un pozo vacío, está nuevo. Gael enciende un cigarrillo y pasea por la casa. Gael mira su reloj: aún es temprano. Se sienta y saca un autodefinido. DIFERENTE, cuatro letras.

   Colina arriba, el coche de Gael alcanza la zona de aparcamientos del cementerio. Con una mano en un bolsillo y en la otra un cigarro, encara la senda que le llevará a la capilla. Gael se mantiene apartado. Una joven a unos cinco metros de él se gira y lo ve. Se sonríen. Es la hija del viejo veterano de la Gran Guerra.

   —Hola, hermana —dice Gael con una sonrisa.

   —Hola, hermanito, me alegro de que hayas venido.

   La joven besa a Gael en una mejilla.

   —No quiere ni verme ¿no? —Gael señala al hombre alto y delgado.

   —¿Juan? Ya sabes que no te tiene mucho aprecio desde que le diste descansos a su madre y tan solo un mes después a su padre.

   —Es mi trabajo, hermana. Alguien tiene que hacerlo.

   —Lo sé. Yo no te guardo rencor, lo sabes.

   —Lo sé, lo sé.

   Gael apura el cigarro, lo tira y lo pisa.

   —Papá te llamaba “el descansador”, antes de que perdiera la cabeza totalmente. Él te quería. Respetaba lo que hacías.

   —Yo lo he matado. Y yo no creo en el paraíso.

   Gael nervioso mira para todos lados.

   En un segundo recae su mirada sobre la cara de su hermana: estaba muy mayor, aún solo siendo dos años mayor que él.

   —¿No quieres venir? — le dice su hermana señalando la zona donde está Juan.

   —No, de verdad. No quiero incomodar a nadie. Solo he venido a saludarte y a mostrarle mis respetos a padre. Además, tengo trabajo. Todos los días alguien muere y alguien vuelve a la vida.

   —Como quieras. Voy a volver con Juan y la niña. Algún día deberías conocerla.

   —Algún día.

   La joven se aleja, agarra a Juan por la cintura y echa un último vistazo a su hermano. Gael se aleja por el sendero que lleva al aparcamiento. Mientras, va pensando en la vida, pues en la muerte ya es un experto. Es la vida para él un camino al que se ha visto desterrado, un viaje en solitario. Sin honores, sin amigos, sin amor.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

Acerca de Rafa Armada (2 Artículos)
¡Puuuuf!

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