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“Refugees Welcome” (II): Del Kurdistán a Grecia

Fuente: Susan Meiselas. Fuente: Susan Meiselas.

Los discursos neofascistas que están surgiendo en EEUU y Europa están construidos sobre la xenofobia, el miedo a una supuesta invasión de lo extranjero, a aquellas personas lejanas y ajenas a los estándares de la civilización democrática occidental, que solo está disponible para los nacidos a este lado de la ficticia línea divisoria entre Oriente y Occidente. A este propósito contribuye la difusión de relatos e imágenes simplificadas de la realidades históricas, culturales y religiosas de los países de Oriente Medio. Esa supuesta lejanía establece a los habitantes de estos países en un mismo saco, sin matizar las diferencias entre las diversas identidades sobre las que se conforma su condición de estados o pueblos más o menos autónomos entre sí. Resulta evidente distinguir las diferencias entre un polaco, un francés y un italiano; pero no tanto las existentes entre un sirio, libanés o kurdo. Para esquivar esta tendencia es fundamental, en primer lugar, la ubicación geográfica del territorio; en segundo, conocer ―al menos a vista de pájaro― algunos de los rasgos históricos y culturales que los diferencian.

Uno de estos pueblos olvidados por la historiografía es el Kurdistán. Su investigación ha estado reservada al escaso número ―especialmente en comparación con otros campos del periodismo― de orientalistas y periodistas expertos en Oriente Medio, dos que destacan en España son el periodista Manuel Martorell o el reportero freelance Karlos Zurutuza. En este caso no se trata de ninguno de los dos perfiles, sino que se plantea un acercamiento, a modo de sinopsis, a esta sociedad y a cuáles son los procesos migratorios que la dirige hacia los países de Europa.

El kurdistán es el pueblo sin Estado más grande del mundo y está situado en el centro de Oriente Medio, entre los ríos Tigris y Éufrates. Está habitado aproximadamente por 36 millones de personas, distribuidos entre Turquía, Siria, Irán e Iraq, en una superficie cercana a la de la Península Ibérica. A pesar de ello constituye una de las principales poblaciones en minoría de la zona y precisamente a causa de su disgregación se incrementa su condición de minoría. Una de las disparidades con respecto a los países colindantes es la diversidad étnica y religiosa: la población musulmana, aunque claramente mayoritaria ―y más concretamente suní―, está compuesta también por diversas ramas minoritarias, como chiíes o alevis; por otro lado, hay una parte de la población que no profesa la religión musulmana, como los cristianos, yezidis, kakais o mazdeístas ―o zoroastrianos―. En definitiva, en un contexto en el que las fuerzas gobernantes están ligadas a una única y determinada tendencia religiosa, en las zonas kurdas la población tiene en su genética la pluralidad, tanto de inclinaciones religiosas como de lenguas ―el idioma kurdo, perteneciente al grupo indo-iranio, está dividido en varios dialectos―, tradiciones y costumbres instituidas a lo largo de sus 3000 años de historia, antes del surgimiento del cristianismo y del islam.

Debido a su posición y a su condición de minoría es una región en constante lucha contra los estados vecinos, que son más grandes y poderosos, y que persiguen el exterminio de este pueblo en busca de su zona, de un indudable valor geoestratégico. Uno de sus principales conflictos ―tanto en el pasado como en la actualidad― es con Turquía, que ha bombardeado y destruido núcleos enteros de población kurda con el fin de erradicar a la que considera su principal oposición, el Partido de los Trabajadores del Kurdistán ―o PKK―; partido que a través de la lucha armada persigue la independencia del Kurdistán turco.

El otro conflicto es el que inquieta hoy a todos los países, tanto de Oriente Próximo como de más acá: el autoproclamado Estado Islámico o Daesh. Al norte de Siria, a escasos kilómetros de la costa mediterránea, se sitúa una de las ciudades kurdas principales: Kobane. En esta ciudad se produjo uno de los asedios más atroces de Daesh, que fue aplacado por las milicias kurdas. Tras la victoria se instauró en la región el Sistema Democrático Federal de Siria Septentrional o Rojava. Esto ocurrió después de la Revolución de Rojava en 2012, cuando en los comienzos de la guerra civil siria se constituyó esta parte del país como región autónoma. Las YPG (Unidades de Protección Popular), junto con el PKK, consiguieron disuadir a los yihadistas de la ciudad gracias al apoyo de las YPJ (Unidades de Protección Femenina). Esta organización militar ha supuesto y supone un factor crucial en la lucha contra el Estado Islámico, ya que, por una parte, al estar formada por mujeres, los milicianos yihadistas se ven doblemente amenazados ―según ellos, si son asesinados por una mujer, irán al infierno―; por otra, contribuye a desmitificar la concepción occidental de las sociedades orientales como eminentemente machistas. En suma, este caso supone un halo de esperanza, un paso hacia delante en la conquista de nuevos valores democráticos, derechos y libertades para la mujer y la sociedad, en el Kurdistán y en el conjunto de Oriente Medio.

Lamentablemente no ha sucedido lo mismo en las otras áreas kurdas; por ejemplo, el Kurdistán iraquí, que apenas salía de un conflicto bélico, el de la Guerra del Golfo en 1991, está asistiendo ahora a la toma de Mosul, ciudad en que se instauró en 2014 la sede central del califato autoproclamado por el Estado Islámico. El momento en que se encuentra el Kurdistán turco tampoco es muy halagador, el conflicto con Turquía perdura desde hace décadas y ahora con el gobierno de Erdogán la represión está incrementando; paralelamente, a partir de las elecciones de junio de 2015, el Partido Democrático de los Pueblos (HDP) ―partido turco prokurdo―, consigue representación parlamentaria. En la parte restante, el Kurdistán iraní, la política se divide entre varios brazos políticos que no logran un acuerdo ni entre ellos ni con el régimen de Irán; además, la dificultad de periodistas internacionales para acceder a las zonas de conflicto dificulta aún más la labor de desentrañar los nudos entre los distintos grupos políticos.

Si bien es cierto que los casi 40 millones de kurdos de las cuatro secciones componen un cimiento primordial para una transformación de los países de Oriente Medio, por su posición, sus recursos, su creciente conciencia de pueblo-nación les ha llevado a crear una resistencia como la de Kobane; aún es más significativo si cabe tener en cuenta a la población civil, a los no dispuestos a enfrentarse más a la guerra, al terror, al fuego, a los escombros y las cenizas. Ellos son los protagonistas últimos porque ellos sufren en sus carnes las consecuencias directas de los conflictos causados por otros motivos que, en este caso, sí, son ajenos.

Huir, a pesar de ser difícil para muchos de ellos ―por el coste emocional y económico―, es la salida más fácil. A veces lo hacen dentro de su propio país, de una región a otra o a los países vecinos, pero en definitiva saben que en la mayoría de los casos este es un remedio pasajero, porque ya no se enfrentan a la inestabilidad y la precariedad, sino a que las tropas, el frente de guerra, puedan volver a llamar en cualquier momento a la puerta de sus nuevas casas. Así que huyen de todo, de sus casas, sus países y sus países vecinos y, con suerte, a través de Turquía llegan a Grecia, donde esperan llenos de incertidumbre a no se sabe exactamente qué cosa.

A 300 kilómetros dirección norte desde la capital griega hay un asentamiento de unas 200 personas kurdas que ha conseguido escapar de la barbarie. En el campo de refugiados de Tríkala sobreviven, en una planicie de asfalto, en lo que queda de una antigua gasolinera. Las temperaturas son extremas y no existe ninguna zona común donde puedan pasar las horas de los días indefinidos que en principio estarán allí, horas que podrían dedicar ―si tuvieran la oportunidad― al ocio o al aprendizaje, por ejemplo; o quizás simplemente a socializar bajo un techo que dé sombra en verano y resguardo de lluvia en invierno. En este campo, a diferencia de otros como Oinofytas, no hay ninguna ONG perenne y sin nadie allí llevar a cabo un proyecto de construcción y organización de infraestructuras resulta irrealizable. El pasado mes de diciembre el colectivo “Cambiemos el juego” (@cambiajuego) se desplazó allí unos días para repartir juguetes y polares de invierno a los más pequeños, como poco fueron unos días de recreo y risas, de ruptura con la espera excesivamente sometida a las normas de la monotonía y la cotidianidad.

Acerca de Javier Rodríguez (2 Artículos)
Musicólogo divergente.

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