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Si la magdalena de Proust se llamase muffin y costase más de 5€ -Algunos apuntes sobre “Gentrificación”-

Fuente: Doug Chayka Don’t gentrify East New York en The Nation

Mandó mi madre por uno de esos bollos, cortos y abultados, que llaman magdalenas, que parece que tienen por molde una valva de concha de peregrino. Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios unas cucharadas de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las miga del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior…

(Por el camino del Swann – Marcel Proust)

Tal vez, si la magdalena de Proust fuese un muffin, la reflexión hubiera sido otra. En este pasaje de la obra, la magdalena se asocia con el recuerdo de la infancia. Ahora, el consumo de este dulce lo asociamos al consumo de una experiencia y la distinción que conlleva o si no, ¿por qué pagamos 4€ más si el producto es el mismo? ¿O no lo es?

“Gentrificación” parece la palabra de moda, pero si echamos la vista atrás, el proceso no es nuevo aunque sí ha devenido más complejo en los últimos tiempos, afectando de manera radical a la vida social en las ciudades.

Fue la socióloga Ruth Class quien le dio nombre a esta práctica a mediados de los sesenta para referirse al desplazamiento forzado de la clase obrera londinense por la llegada de los gentry, la población adinerada, que solía vivir en las afueras de las grandes ciudades y que, bajo las nuevas formas de vida de la sociedad posindustrial, “desean” habitar el centro. Estas zonas urbanas fueron marginadas y estigmatizadas sobre todo, a partir de la II Guerra Mundial, cuando la burguesía comenzaba a habitar las zonas metropolitanas. Con la llegada de estos nuevos habitantes cambia el nivel socioeconómico de la zona y por ende, el carácter social y cultural, produciéndose una revalorización económica y una resignificación simbólica del barrio. Esta “conquista” del centro lleva al desplazamiento de la población original que con su renta no puede hacer frente al nuevo estatus socioeconómico implantado. Este grupo, más vulnerable económicamente, no puede quedarse y tiene que trasladarse a la periferia de las ciudades, rompiéndose las redes de apoyo familiar, laboral y vecinal con la consecuente pérdida de tejido social.

El procedimiento afecta por igual a las ciudades y barrios de todo el mundo desde el Bronx a Malasaña. Se dice que cuando aparece la primera tienda de cupcakes o la primera barbería hipster ya podemos empezar a hablar de gentrificación pero, como veremos, el proceso es más complejo.

etapas de la gentrificacion centro

Fuente: Laboratorio de Cartografía Crítica.

La gentrificación conlleva un proceso que sigue, por lo general, cuatro pasos: estigmatización de la zona, regeneración, resignificación  y mercantilización.

Las zonas degradadas del centro histórico estaban habitadas tradicionalmente por las clases populares que, normalmente, trabajaban en pequeños comercios y talleres de la zona, estableciendo aquí sus lazos familiares, laborales y vecinales. Con la llegada de la crisis, la marginalización de estas zonas fue mayor: la falta de inversión privada y pública por parte de la administración derivó en la estigmatización y la exclusión social de estos barrios, acusados y señalados por la prostitución, la droga, o el paro. Esta situación produce, entre otras cosas, la devaluación del precio del suelo, los alquileres son baratos y por lo general, las viviendas se encuentran en malas condiciones.

Es ahora cuando comienza el proceso de regeneración: los grandes inversores e inmobiliarias dan cuenta del posible capital simbólico de esta zona al estar situada en el centro histórico de la ciudad; invierten en la misma comprando a precios muy bajos para poder vender a altos y obtener un gran beneficio. Se rehabilitan los pisos o se derrumban para construir nuevos encareciendo su precio. De esta manera, los inquilinos originarios no pueden pagar los nuevos precios y son desalojados o reubicados en otras zonas normalmente alejadas del centro. Además, la llegada de estos nuevos vecinos supone nuevas formas de consumo, por lo que los negocios locales, que en su mayoría eran gestionados por vecinos del barrio, tienen que cerrar. Las grandes inmobiliarias también se aseguran de que lleguen nuevas inversiones que establezcan comercios de acuerdo con la forma de vida y el estilo de los nuevos consumidores. Ya no se necesita cubrir sólo las necesidades de los vecinos sino que ahora los comercios venden, a precio de lujo, diversas experiencias: productos gourmet o delicatesen, boutiques chics de ropa vintage o espacios co-working y bares afterwork. Ha llegado el momento de la resignificación y la mercantilización del barrio.

El papel de la cultura en la gentrificación. Contradicciones en la lucha.

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Fuente: Grayson Perry en Playing to the Gallery

Casi sin querer, los artistas, abrieron el camino. En general, el proceso de gentrificación comienza con la llegada de la “clase creativa”, constituida en su mayoría por jóvenes que rondan los treinta , con una formación alta, universitaria, relacionada con las artes, la comunicación u otros campos culturales. Si bien su formación académica es superior a la de los vecinos originales, su nivel de ingresos no dista tanto;  la diferencia la encontramos en el capital cultural. Este nuevo grupo se establece en el barrio por diferentes motivos: precio de la vivienda asequible, zona multicultural, espacio céntrico e histórico, movimiento vecinal, etc.  Sin embargo, sus formas de consumo provenientes de una clase social media son distintas, por lo que sus demandas comerciales también lo son. En estas zonas comienzan a proliferar galerías de arte, tiendas ecofriendly o bio, tiendas de bicicletas, etc.  Produciéndose lo que el sociólogo francés Pierre Bourdieu denomina «distinción social del gusto», ahora el consumo artístico funciona y legitima  una distinción social o, mejor dicho, una diferencia social.  Al final, el sistema va marginando a aquellos que no pueden consumir porque no pueden integrarse en el mercado. Como afirma David Lyon: «El consumismo es global, no en el sentido de que todos consumen sino de que afecta a todos».

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Fuente: Doug Chayka Don’t gentrify East New York en The Nation.

En la obra First we take Manhattan. Se vende ciudad. La destrucción creativa de las ciudades, Daniel Sorano y Álvaro Ardura, lanzan algunos apuntes más que interesantes de cómo en los procesos de gentrificación el capital cultural se convierte en capital económico en manos de unos pocos. Uno de los paradigmas de la gentrificación, como señalan los autores, lo encontramos en el espacio del loft. En Manhattan, concretamente en el barrio del SoHo, estos espacios eran naves dedicadas a la industria textil, con la caída del sector, muchas tuvieron que cerrar. Estos edificios industriales fueron ocupados por artistas que los utilizaban como taller, zona de encuentro y vivienda, convirtiendo al SoHo en el barrio artístico de la ciudad de Nueva York. La resignificación de este espacio que pasaba de taller a punto de encuentro artístico, supuso la revalorización de la zona y la llegada de nuevos inversores con un capital económico superior. Las clases adineradas comenzaron a habitar estos espacios, atraídas por el estilo bohemio y artístico del barrio, lo que llevó a la resignificación del loft y su revalorización como una vivienda de lujo chic. Ahora, las cafeterías, las franquicias, las boutiques de lujo que se establecen en la zona distan mucho de la idea de reconversión del barrio que tenían los primeros artistas que llegaron. Como señalan Sorano y Ardura:

«Al final del proceso, los mismos artistas que desplazaron a los pequeños fabricantes, distribuidores y trabajadores industriales han terminado sufriendo los efectos del proceso de gentrificación que iniciaron. El encanto de la escena urbana que habían creado se empezó a comercializar por un precio que había quedado fuera de su alcance. El SoHo estaba listo para su venta. Varias décadas más tarde, en sus calles apenas se ven galerías de arte entre decenas de cafeterías, outlet, y franquicias».

Distanciándonos, vemos cómo estas prácticas, si se quiere llamar “contraculturales” han sido absorbidas por el sistema capitalista, y comercializadas como un producto más. Ahora, la cultura deja de ser un derecho para convertirse en el consumo de una experiencia. La lógica del capitalismo cultural funciona a través de la seducción, ya no hace falta un producto distinguido sino un producto o una experiencia con la que nos podamos sentir representados, el hedonismo capitalista en estado puro. Por dar solo un ejemplo, en el centro de Budapest, encontramos este local “DIY KITCHEN & BAR” en el que pagas por la experiencia de cocinar tú mismo tu propia comida guiado por las instrucciones de un Ipad.

Si prestamos atención, vemos como el perfil del gentrificador ha cambiado durante el proceso. Sería ingenuo culpar solo al “artista” de esta práctica, cuando el problema está en el desinterés de la administración pública por estas zonas antes de la llegada de inversión privada, el mercado libre de vivienda que termina convirtiendo el centro histórico de las ciudades en un parque temático de la cultura.

La turistificación. Cuando la estética gana a la ética

Un paso más en el proceso de gentrificación es la turistificación. Si atendemos a los últimos estudios demográficos, nos damos cuenta de que los centros históricos se están vaciando de población local y, al final, los únicos que quedan son los turistas y los que pueden pagar el alto precio de un alquiler en el centro. El paradigma lo encontramos en la ciudad de Venecia, en esta ciudad el número de habitantes locales no llega a los 60.000 mientras que cada día llegan unos 15.000 turistas.

Por otro lado, las nuevas formas de turismo ya no buscan grandes hoteles al estilo «Marina d’Or » buscan la mezcla social, lo multicultural, lo exótico, atendiendo siempre al «Otro» (en este caso el local) desde la distancia estética que le permite su paso, siempre temporal, por la ciudad. Esta ficción de la identidad, creada por estos nuevos turistas, reclama otras formas en la representación del espacio; ya no quieren las grandes construcciones, buscan vivir donde vive el local, y de esto da cuenta la plataforma Airbnb. Para quien alquila, en ocasiones antiguos residentes que ya no se pueden permitirse el alquiler y tienen que alquilar temporalmente su vivienda, o para las grandes empresas que han comprado estos edificios y “se dan cuenta” de que es mucho más rentable alquilar una semana el piso a turistas por 400€, que alquilarlo un mes por ese precio a una familia.

Estas nuevas formas de turismo modifican la urbanización del espacio público, ya no hacen falta guarderías, colegios, bibliotecas, centros sociales o residencias porque no son rentables, y porque nadie las va a usar. La gentrificación conlleva, por lo tanto, el aumento de una “población flotante” que transforma el modelo público urbano y el comercial: se amplía el espacio de las terrazas, el tamaño de los locales comerciales, aparecen las grandes franquicias que van a satisfacer estas necesidades: Carrefour express 24h, cadenas de comida rápida para todos los gustos: fastfood o veegiefood, zonas de ocio diverso, etc. Con este «simulacro» de la vida cotidiana, el turista compra la experiencia del turismo sin sentirse como tal. De esta manera, se están creando lo que Edward Soja denomina «Simcities», tomando el nombre del videojuego Sim City, el autor nos habla de la creación de una hiperrealidad configurada para la ciudad.

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Fuente: Anne Li Karlsson para Woo Agentur

Como hemos visto, en las etapas de la gentrificación, se impone la «distinción social del gusto» de las clases dominantes. La estética gana a la ética, y bajo el lema de “reavivar” ciertos barrios se ha enmascarado un proceso de gentrificación por el que se ha sustituido a la población más frágil por la élite económica.

La lógica capitalista ha funcionado, la “pacificación” y la “limpieza” del barrio ha llegado a costa del desplazamiento de sus vecinos que ya no pueden participar ni celebrar las mejoras en su barrio.

La Resistencia: “Un barrio vivo es un barrio habitado”

En los últimos meses, hemos visto cómo los medios de comunicación se han hecho eco de las protestas vecinales, que no son nuevas, y de cómo estos vecinos luchan por “el derecho a la ciudad”. Las posibles soluciones y alternativas a los procesos de gentrificación y turistificación sólo son posibles si pasan por la intervención pública, a través de políticas que aseguren la protección del alquiler, zonas libres de desahucios , barrios incluyentes, etc. Además, es necesaria la rehabilitación de inmuebles, zonas verdes, residencias públicas de ancianos y de universitarios, colegios, guarderías, así como el apoyo a la activación del comercio local y una serie de medidas públicas que permitan luchar contra la mercantilización de los barrios populares. Como dice el colectivo Lavapiés ¿Dónde vas?:

«Somos las precarias, parados, desahuciadas, migrantes, currantes o hipotecados empobrecidos, inquilinas exprimidas, artistas camareros, tenderas en vías de extinción… Somos todo eso y no somos nadie. Somos las vecinas de Lavapiés que nos vamos pal otro barrio, expulsadas por el mercado y los dueños de todo esto, que prefieren a turistas con maletas de ruedines a vecinas como nosotras, un barrio para ser visto y no para ser vivido»

 

 

 

Acerca de María Beas Marín (2 Artículos)
«Las dudas de las tardes de domingo...»

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