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Escopaguas y Paragüeta

   Un paraguas y una escopeta fueron los últimos objetos intactos tras la desaparición del hombre de la faz de la Tierra. El impulso de la postrera explosión de la III y última Guerra Mundial de la humanidad les dejó a ambos colocados en posición similar. De pie, altivos, contemplando el mundo hecho chatarra al que habían sobrevivido de una pieza por azar. Ambos se miraron con el orgullo del superviviente y se examinaron con curiosidad. ¿Cómo era posible que dos objetos tan diferentes hubieran sobrevivido juntos? La escopeta se había jactado siempre de ser un instrumento al servicio de la muerte. Por el contrario, el paraguas salvaguardaba de la lluvia a todo aquel que se dejase proteger por su ancha cubierta. Matar, salvar, estaba claro que habían servido a la humanidad en cometidos muy distintos.

   Sin embargo, ahora que se miraban de cerca y no había ningún ser vivo al que asesinar o proteger de las inclemencias meteorológicas, se les antojaban inútiles sus funciones y ambos apreciaron las similitudes de sus estructuras con una mezcla de curiosidad y recelo. Se observaron de hito en hito. La escopeta pensó vanidosa que era unos diez centímetros más alta que su compañero superviviente. El paraguas, por su lado, concluyó que medían prácticamente lo mismo y, en el caso en que la escopeta fuese ligeramente más larga, él lo compensaba con creces con la amplitud de su cubierta si tensaba los alambres.

   — Si me vuelves a mirar de arriba a abajo, te reviento — advirtió la escopeta.

   — ¡Menuda agresividad! ¿Qué te hace pensar que puedas hacerlo tan fácilmente? Además, yo también sé disparar.

   Súbitamente, el paraguas activó su gatillo y se abrió a tal velocidad que, al golpear a la escopeta, ésta cayó produciendo un gran estrépito. La lona del paraguas se agitaba convulsivamente por las carcajadas que profería.

   — ¿Ves? — dijo con la voz entrecortada por los espasmos de la risa— . ¡Vaya cara se te ha quedado! ¡Tienes los ojos como platos!

   Boooom. La escopeta disparó la última bala que le quedaba en la recámara y traspasó la lona del paraguas. Éste no se movió, pero al sentir el agujero en su tela se le horadó también el orgullo y su risa cesó.

   — De acuerdo, no más disparos. Tengamos la fiesta en paz — dijo.

   Escopeta y paraguas se quedaron en silencio entonces y observaron el desastre a su alrededor. Cada uno contempló el cuerpo inerte de sus respectivos portadores que yacían junto a ellos, y ambos sintieron nostalgia por no poder protegerles nunca más de nada, cada uno a su manera. El paraguas recordó cada día lluvioso en que, soberbio y cóncavo, se curvaba para resguardar a su dueño. En sus tiempos de gloria sincronizaba su zarandeo con los pasos ligeros de su portador, librándole de resfriados simples y gripes más severas. Recordaba incluso cómo, cuando su poseedor se enamoraba, él tenía que extender al límite sus alambres para mantener secos a dos en vez de a uno. En esos paseos interminables y romanticones bajo la lluvia, siempre rezongaba sentirse una vulgar carabina, pero al saberse ahora abandonado le invadió una melancolía terrible. Nunca más repiquetearía rítmicamente contra el suelo como cuando era usado como bastón al cesar la lluvia, ni golpearía a atracadores callejeros cuando se sobrepasasen con su portador. Estaba claro que era el fin.

   La escopeta mientras tanto, recordaba los tiempos gloriosos en que cuidaba de la vida de quien la cargaba contra enemigos innumerables y cómo su dueño se apoyaba en ella tras una dura jornada de caza. Había disparado cientos de balas desde que fue montada por primera vez, pero sabía que no lo haría nunca más. Seguía de una pieza, pero ahora era un objeto inútil y se sintió tan infeliz que se recostó sobre el paraguas. Ambos suspiraron devastados bajo una tormenta provocada por las irregularidades atmosféricas que las radiaciones habían producido en los últimos meses. El paraguas tensó sus alambres por instinto cuando cayeron las primeras gotas.

   — Es el fin. Hemos protegido, agredido, servido como apoyo, hemos hecho el bien y el mal; y a veces más de uno lo hubiera dado todo por tenernos cerca según qué circunstancias. Pero sin dedos que se ciñan en torno a nosotros, no somos más que objetos de museo. Inservibles. Casi extintos — exclamó la escopeta.

   De pronto un rayo cayó sobre ambos y exterminó las últimas reliquias de la creación humana. Al fin y al cabo, los dos eran de metal, alargados y atraían la electricidad de la tormenta. Paraguas y escopeta quedaron reducidos a un amasijo metálico ennegrecido. Si antes se habían antojado similares o incluso parecidos en funciones, ahora eran la misma cosa: chatarra.

Acerca de Pannonique (2 Artículos)
Hola, qué tal. Me llamo Pannonique. También podría llamarme Petra, Alicia, Juan, Ramona, Rosendo o Pelayo. Me llamo como queráis. Total, os da lo mismo. Soy «cualquiera» que, como todo mortal, tiene cosas que decir. No quiero mordazas ni compromisos, sino libertad para expresarme como me dé la gana, contar lo que quiera y opinar sin constricción de ningún tipo. Por eso prefiero ser anónima. Por eso soy Pannonique.

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