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El piropo callejero como dominación simbólica

Fuente: Dran. Fuente: Dran.

«El espacio es uno de los lugares donde se afirma y ejerce el poder, y sin duda en la forma más sutil, la de la violencia simbólica como violencia inadvertida» Pierre Bourdieu.
«Piropo: dicho breve con que se pondera alguna cualidad de alguien, especialmente la belleza de la mujer» RAE.

El ámbito privado, debido al fortalecimiento de unas estructuras de poder ejercidas por los hombres, fue el único espacio en el que la mujer podía desenvolverse con relativa libertad, estando así el espacio público reservado para ellos. El hogar era el terreno de las mujeres, mientras que los espacios laborales o los lúdicos pertenecían a los que ostentaban la dominación en la relación hombre-mujer. Este fenómeno fue cambiando sobre todo en el siglo XX –aunque todavía de forma muy precaria–, y las mujeres se lanzaron a las calles para conseguir lo que los hombres les habían negado durante tanto tiempo. El espacio público, por lo tanto, pretendía ser convertido en un territorio igualitario, en el que tanto hombres como mujeres pudieran circular en equidad de condiciones, en una relación horizontal, sin dominadas ni dominadores. Sin embargo, esto apenas se consiguió en la práctica, ya que, a día de hoy, sigue operando una relación desigual en el espacio público en favor, claramente, de los hombres. ¿Cómo se ha producido esta situación? ¿Por qué no hay una relación de igual a igual en el espacio público?

Para Judith Butler, es este terreno en el que se refuerza el género, debido a que es un terreno de luchas continuas, por un lado, por conservar el privilegio de género y, por otro, conseguir un equilibrio de fuerzas. Uno de los modos principales por el cual los hombres se reapropian el espacio público, las calles –si es que alguna vez no fueron suyas–, es el acoso callejero.

Al realizar este acto, refuerzan su dominio sobre dos campos: sobre este terreno público, haciendo que las mujeres se sientan inseguras; y sobre las propias mujeres, las cuales no se sienten en este espacio como una persona más, sino como extrañas en un lugar inhóspito y peligroso. Es un método, por ello, de alienación en el sentido de extrañamiento de unos lugares que deberían ser asexuales. Es un recordatorio continuo de la vulnerabilidad sexual a la que están sometidas las mujeres, sobre todo cuando este tipo de acoso entra en el terreno de lo físico. Así, según Jarrah O’Neill el acoso callejero


«Ejemplifica una barrera literal y metafórica para el logro de las mujeres, reforzando una sensación de impotencia y vulnerabilidad sexual mientras que prohíbe físicamente a las mujeres el coexistir en la vida pública».

Por lo tanto, este tipo de dominación masculina provoca una vuelta al confinamiento de las mujeres en el espacio privado, el cual, no obstante, se ha demostrado en la última década como un espacio amenazadoramente inseguro, debido a que desde 2003 ha habido unas 893 mujeres asesinadas por sus maridos o por sus parejas. ¿Cómo salir entonces de una situación en la que estás en constante peligro, tanto en tu propio hogar como fuera, solo por el hecho de haber nacido mujer? ¿Qué soluciones hay? ¿Qué dice eso de nuestra sociedad? ¿Es realmente democrática? ¿Cómo podemos decirnos que somos una sociedad avanzada, del primer mundo, civilizada, cuando siguen ocurriendo tales barbaridades, tales salvajismos? ¿Qué hacer cuando este tipo de violencia en el espacio público se ha naturalizado y trivializado, tratada como si no fuera algo peligroso, como si no estuviera enmarcada dentro de una cultura machista y patriarcal?

El piropo callejero no es otra cosa sino una herramienta de perpetuación de esta forma de dominación en el espacio público. Soy consciente de la importancia del contexto en el que el piropo es utilizado, por lo que lo entenderé como aquel comentario que emite una persona desconocida, casi siempre el hombre, hacia una mujer, haciendo referencia normalmente a partes de su cuerpo o al acto sexual. Es decir, tienen una connotación violenta, ya que constituyen una violación de la intimidad y la privacidad de las mujeres en el espacio público.

La raíz de esta dominación está, según Pierre Bourdieu, en el hecho de que la división por sexos está incorporada dentro de una narrativa de sentido común, es decir, se ha naturalizado la parcelación de los roles de género y ahora parecen estar “en el orden de las cosas”, de forma que una vez que este discurso es hegemónico es difícil salir de su lógica. Lo que se viene a decir es que esta visión androcéntrica se impone como sentido común, y no necesita de un discurso que lo justifique, sino que el propio orden social es el encargado, a través de una maquinaria simbólica, de ratificar esta dominación masculina. De esta forma, como bien formula el sociólogo francés, «se legitima una relación de dominación inscribiéndola en una naturaleza biológica que es en sí misma una construcción social naturalizada».

Existe, así, una labor de reproducción de las estructuras de dominación, en las que las sometidas siempre son las mujeres, y en las que intervienen tanto individuos singulares, cuyas armas son la violencia física y la violencia simbólica, como las instituciones, entre las que se incluyen la Familia, la Iglesia, el Estado y la Escuela, tal y como sostendría Louis Althusser.

Por tanto, entenderíamos que el piropo callejero se inserta en una lógica de violencia simbólica, la cual es una forma de poder que se ejerce directamente sobre los cuerpos al margen de cualquier coacción física. Al ser de cierta manera invisible, los dominados ayudan, unas veces de forma inconsciente, y otras a su pesar –o no–, a su propia dominación al aceptar de forma implícita los límites impuestos. Podríamos concluir así que, siguiendo con el pensador francés, «el poder simbólico no puede ejercerse sin la contribución de los que lo soportan porque lo construyen como tal ». Una de las formas de ejercer este poder es a través de la mirada. Los hombres establecen una relación de dominación sobre las mujeres en los espacios públicos a través de la mirada, con la que evalúan sus cuerpos y las juzgan sin el consentimiento de ellas, provocando así inseguridad y vergüenza. Al mirar, y no ser mirados, se acentúa la dominación de ellos sobre ellas. No es solo a través de la vista con la que esta relación de poder se da, también juegan un papel determinante las palabras, y es por esto por lo que los piropos pueden resultar tan potencialmente dañinos.

Por supuesto, hay distinta gradación en los piropos, pero aun así van a estar encuadrados dentro de una lógica de dominación simbólica. No es lo mismo que un desconocido le diga a una mujer “bonito corte de pelo” a que le alabe el culo que tiene. Es este segundo tipo el que normalmente predomina. Por otro lado, el humor utilizado en algunos tipos de piropos no hace otra cosa que mitigar el efecto del acoso sexual, haciendo que este parezca inofensivo.

Este tipo de violencia simbólica tiene unas consecuencias directas en la autoestima y confianza de las mujeres. Diversos estudios, como el de Fairchild y Laurie afirman que sus resultados inmediatos son un descenso del bienestar físico, así como un impacto psicológico claramente negativo. De esta forma, se puede llegar al extremo por el cual, las mujeres, al ser consideradas objetos disponibles por los hombres en las calles, se consideren a ellas mismas objetos, se auto-cosifiquen. Esto también es consecuencia de que los cuerpos de las mujeres estén, tal y como dicen estas autoras, constante y consistentemente consideradas como objetos sexuales a través de la pornografía, los medios de comunicación y la publicidad, de forma que una mayor exposición a la cosificación sexual incrementa la probabilidad de que las mujeres se cosifiquen a ellas mismas, monitorizando su apariencia física, lo cual puede resultar en una depresión o en desórdenes alimenticios.

Otra consecuencia directa de los piropos callejeros es la reducción de la libertad en espacios públicos que sufren las mujeres, ya que los hombres que acosan de esta forma consideran que el terreno público les pertenece, de manera que se erosiona la relación existente entre las mujeres y la calle, lo que confirma que aún existen barreras para un uso igualitario del espacio público. Esta lógica encierra un discurso por el cual la mujer está incompleta sin un hombre a su lado, como si le faltara algo, de manera que a través de los piropos, los hombres generosamente se ofrecen para llenar ese espacio disponible, vacío, que deja la mujer solitaria ya sea en un bar, en el transporte público o en la calle. Todo esto impide que las mujeres tengan una verdadera libertad de moverse por la calle, viéndose obligadas a restringir sus movimientos, a no ir por determinados sitios. Así, la mujer acosada sufre un daño tanto físico –a través de subida de tensión, nerviosismo, ansiedad– como daño emocional –enfado, humillación, vergüenza–.

Fuente: desconocida.

Fuente: desconocida.

Los medios e internet, así como las movilizaciones sociales, tienen que ser plataformas de lucha por una igualdad y una justicia real donde se traten temas tan resbaladizos como es el acoso callejero y la violencia simbólica que sufren continuamente las mujeres, mostrándolos no como comportamientos de unos cuantos individuos, sino como producto de un sistema sexo-género que oprime a las mujeres. Es clave por tanto que se haga constatar la importancia tanto del lenguaje como de los silencios en los mass media, de forma que se destruyan los imaginarios instalados dentro de la lógica dominante con el objetivo de crear unos nuevos, esta vez verídicos, y revertir el fracaso democrático en el que se han constituido los espacios públicos como lugares de igualdad y apertura. Sin embargo, esta situación está lejos de producirse debido a la hegemonía cultural implantada en la sociedad, en la que los medios –y la televisión en particular– son estructuras que reproducen la violencia simbólica patriarcal a través de la invisibilización de las mujeres y de la continua aparición de estereotipos.

Por supuesto, y para terminar, es también capital la actitud de aquellos hombres que están en contra de esos otros que ejercen este tipo de violencia simbólica, siendo importantes actos como, por ejemplo, dentro de un grupo de amigos recriminar a aquellos que piropean a mujeres por la calle. Por ello, el cambio está en las manos de una sociedad cognoscente de sus propios problemas de dominación, por lo que hay que establecer de una vez por todas una relación horizontal de “géneros” tanto en el espacio privado como, por fin, en el público, realizando una revolución simbólica, que diría Bourdieu, por la cual se trastoquen las estructuras mentales de la sociedad, para así cambiar las formas de ser y de pensar.

Acerca de Carlos Martínez Toro (2 Artículos)
Preguntadle sobre mí a McNulty.

2 Comentarios en El piropo callejero como dominación simbólica

  1. Es una pelotudez todo eso. Uno le dice un piropo a una mujer porque le gusta y quiere hacérselo notar. Te complicaste al pedo.

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    • Domingo Armando Ramírez Gallardo // 27 junio, 2017 en 2:06 pm // Responder

      No se si leíste lo que el autor escribió o te dedicaste todo este tiempo a escuchar solo las voces en tu mente… Ten un poco de empatía, el problema somos todos y me parece que lo único que no se resolvió en este momento es tu contradicción, te invito a reflexionar más a fondo…

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