Noticias

Feminismo, literatura y memoria: voces desde la alteridad.

Elsa Plaza, entrevista de El Periódico, 2014.

La escritora Virginia Woolf, en su ensayo Una Habitación Propia (1929), se preguntaba cuál había sido, hasta el momento, el papel que habrían jugado las mujeres en la literatura, por qué estas se habrían dedicado tan poco a escribir ficción a pesar de ser personajes centrales en toda la creación literaria, pero siempre a través de voces masculinas.

Y es que la literatura, al igual que cualquier expresión cultural, ha contribuido históricamente a reforzar y representar las tradiciones propias de cada sociedad; es sinónimo de identidad y refleja cómo entendemos nuestra propia existencia, lo que da lugar a que en la sociedad occidental, patriarcal, hetero-normativa, blanca y racista, tanto mujeres como otros colectivos bajo opresión, hayan estado excluidos de la producción cultural mainstream, y por ende, del canon literario. La escritura está dominada por la pluma masculina, la cual representa la sociedad bajo sus propios cánones, estancos y homogeneizados. Como subraya la filósofa Adriana Cavarero en su famoso Tu che mi guardi, Tu che mi racconti (Tú que me miras, Tú que me describes), las mujeres son creadas, no creadoras, no representan, sino que son representadas.

Todas estas cuestiones comenzarían a debatirse en los años 70 del pasado siglo, con la llegada de la Nueva Ola y el salto del Feminismo a la academia, surgiendo una crítica literaria feminista que analizaría el papel de las mujeres en la literatura, a la cual poco a poco se le añadiesen categorías de análisis diversas aparte del género, como la clase, la raza, la etnia o la religión, apelando a las barreras socio-culturales que se producen y reproducen a través de la literatura en todos los sentidos.

Las mujeres, por norma general se habrían representado, y aún se representan, como sujetos pasivos o abyectos, desde la mitología a la literatura actual mainstream. Las mujeres prácticamente no han escrito a lo largo de la historia, y si lo han hecho ha sido a través de lo que Elaine Showalter denominaría el marketplace, negociando aquello que podrían o no escribir, que en última instancia debería ajustarse a los roles femeninos reproducidos a través de la literatura, que sálvense las distancias, caminarían, por decirlo de un modo explícito, entre la figura de la santa y la puta.

Aún así, sabemos que a lo largo de la historia, muchas mujeres han escrito, y de una manera rompedora y subversiva. Y este es uno de los puntos centrales y casi el más importante de la crítica literaria feminista –y me atrevo a decir de casi cualquier revisionismo crítico de corte feminista–, la creación de genealogías; la elaboración de una genealogía femenina de escritoras, unidas por una especie de “consanguinidad literaria”, que constituya una plataforma de empoderamiento para otras escritoras femeninas del presente. Pues cuando construimos una identidad, un pasado común, nos sentimos parte de la realidad en la que vivimos, sentimos que hemos contribuido a su creación; encontrar modelos desde los cuales partir nos hace fuertes y nos invita a participar.

Y es en esto que juega un papel esencial la memoria, que gracias a la ficción literaria reconstruye y deconstruye el universo femenino, reescribe aquello que entendemos por feminidad y saca a la luz el pasado difuso de las mujeres.

En la actualidad, la producción literaria feminista ha creado un espacio ficticio de experimentación que permite repensar la propia noción del cuerpo y de una sexualidad que se constituye en base a las dicotomías heteropatriarcales; un espacio que invita a transgredir las barreras socioculturales de la identidad no solo femenina sino también masculina. Y este espacio puede construirse en clave para el pasado. En el caso concreto de la novela, muchas autoras(es) actuales hacen hincapié en la recuperación de una memoria histórica femenina, así como de otros colectivos marginales; a través de la creación de personajes y situaciones ficticias, dan voz a colectivos que han sido obstruidos por la historia mainstream, y que, como dijese Hannah Arendt, aún se encuentran insertos en la brecha entre el pasado y el futuro, que sigue estando salvada por el puente de la tradición.

Hablamos por tanto de la búsqueda de la contra-memoria, de ese pasado que está sin desenterrar al interno de la memoria colectiva, como una cuestión principal para la crítica feminista, pues las mujeres y otros sujetos subalternos y subexcéntricos, representados como abyectos en la cultura mainstream, han estado siempre dentro de ese espacio de invisibilidad.

Por ello, para abrir boca, e invitaros a leer literatura alternativa, femenina y feminista, os traigo el ejemplo de una autora española, con una de sus novelas que, a mi parecer, debería ser obra de referencia tanto en la esfera literaria como histórica. Pues no solo es una mujer que escribe y transgrede los cánones de la narrativa, sino que elabora todo un universo ficticio con diferentes escalas de opresión.

Me refiero a Elsa Plaza, y a su novela El Cielo Bajo los Pies (2009), en la cual rompe con la famosa leyenda de Enriqueta Martí, más conocida como la Vampira del Raval, que habría sido objeto de las más horribles historias en la Barcelona posterior a la Semana Trágica. A esta mujer, que habría ejercido como prostituta y alcahueta, se la acusa de tráfico de menores, infanticidio y del uso de sus propios cuerpos para la creación de ungüentos y pócimas. A pesar de que las investigaciones finalmente no dieron indicios reales a todas estas historias de matanzas y brujería, más que a la cruda infección y el cáncer de útero que acabó con la vida de Enriqueta, la cultura popular y oficial, se encargaría de crear todo un aura de oscuridad alrededor de su figura.

La protagonista de esta novela, Margarita, es una joven periodista –autodeterminada feminista– proveniente de una familia liberal de clase media, afincada en Horta, –a las afueras de Barcelona– y que marcha a la ciudad para huir de un matrimonio y una vida poco deseables para ella. En su trabajo en el periódico de corte obrero-socialista El Intransigente, comenzaría a seguir el caso de Enriqueta Martí, ocurrido en el año 1912, junto a su compañero Ramón.

Margarita comienza a obsesionarse con este caso, debido al trato que recibe la Vampira de Barcelona desde la prensa, lo cual le lleva a preguntarse por la propia vida de esta delincuente, proxeneta y traficante de niños; se hace cuestiones sobre cuáles serían las causas que la habrían llevado a ejercer esa vida, cuyo destino final había sido la cárcel. Así se interna en la niebla de la subalternidad barcelonesa, en la vida de las clases más bajas de la ciudad, en una alteridad que de un modo no del todo ético a los ojos de la protagonista, lucha por sobrevivir día tras día.

Sin desvelar la trama de la novela me gustaría apuntar cómo de un modo brillante, Elsa Plaza nos presenta a esta otredad. Nos muestra a través de toda una serie de personajes “miserables” como Enriqueta, el Chinchorro o la Tuca, la degeneración de los cuerpos, que no tienen valor ninguno, que trasvasan la frontera de lo humano para convertirse simplemente en carne, en mercancía al servicio de quienes están dispuestos a comprarla.

Se retrata a “La Martí” como parte del sistema de la prostitución y la explotación sexual, como un peón que forma parte del universo de placer de las altas esferas burguesas masculinas; ella es lo que en crítica literaria se conoce como el scapegoat o “cabeza de turco”, es quien tapa oídos y bocas, quien mantiene a salvo la caja de pandora de la injusticia social.

Por otro lado, la trama transcurre a través de la lucha obrera, junto con el Conflicto de Marruecos y el servicio militar obligatorio, el cual enviaba a la guerra a aquellos que no podían pagar la prestación. Estos habrían sido los desencadenantes de la Semana Trágica de Barcelona, ocurrida entre el 25 de julio y el 1 de agosto de 1909. El caso de Enriqueta Martí sería, como a mi me gusta decir, “el pan y el circo pero sin el pan”, el desvío de la mirada hacia otro lado, el repudio de la clase operaria entre ella misma. Todo bajo la crueldad femenina, bajo la figura de una bruja, una vampira, una embaucadora, un cuerpo no humano.

En la novela todo se trenza para retratar cómo una ciudad se configura a través de las injusticias del código binario, en el que unos viven y otros luchan por sobrevivir. La alteridad es la clave de bóveda que sostiene el nivel de vida de los privilegiados, y dentro de esa propia alteridad, las mujeres son doblemente oprimidas.

Pero aparte de todo este discurso, se traza otro al interno de la propia Margarita; a lo largo del relato se pregunta no solo por su lugar dentro de toda esta amalgama de injusticia y de su papel como mujer, sino que la autora nos invita a entrar en su mente, en sus pensamientos más profundos. Aparecen proyectadas las preocupaciones de la protagonista, el miedo a la soltería, el “deber” de formar una familia, las críticas de una sociedad que criminaliza la femineidad cuando ésta no entra dentro de los parámetros matrimonio, familia y cuidado. También es interesante ver la relación de complicidad-amistad que se crea entre ella y Ramón, que llevan a Margarita a poner en cuestión tanto su sexualidad como la de su amigo.

En resumen, un fascinante relato en el cual Elsa Plaza bucea a través de los callejones del barrio del Raval, destapando la memoria oculta de aquellos quienes no pudieron escribir su propia historia.

Por último, apelo a la importancia que ha tenido la teoría feminista en la creación tanto de una nueva crítica literaria que refresque la mirada –como decía Adrienne Rich– sobre la representación femenina, las oportunidades y los medios que hemos tenido para escribir, así como para crear una nueva literatura que explore los confines femeninos en su más amplio sentido. La nueva literatura femenina/feminista transgrede en todos los sentidos, transgrede a la palabra, hace un llamamiento a la propia voz de la alteridad. Como bien explica Rita Monticelli, a través de experiencias o voces individuales, es capaz de dar voz a colectivos enteros.

En este caso he resaltado la importancia del lazo entre literatura y memoria como plataforma de empoderamiento no solo femenino, sino de todas aquellas voces que han sido acalladas, pues si no tenemos un pasado, ¿cómo podemos llegar a ser críticas con nuestro presente? ¿Cómo sentirnos representadas en nuestra propia cultura? Y, en última instancia, ¿cómo romper el puente de la tradición?

Acabo parafraseando a Raffaella Baccolini quien, en uno de sus ensayos nos regala esta maravillosa cita de Marita Sturken:

“La memoria es un campo de negociación cultural donde diferentes historias hacen cola para tener un puesto en la Historia”.

Acerca de Rebeca García Haro (1 Artículo)
Feminista a tiempo completo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: