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Viajar con Houellebecq

Fuente: Iberia. Fundación César Manrique, Islas Canarias. Fuente: Iberia. Fundación César Manrique, Islas Canarias.

Pasajeras y pasajeros la puerta de embarque al vuelo con destino a nosequé nosecuantos está a punto de cerrar. Un destino maravilloso les espera tras unas horas de breves turbulencias, zumos de cartón y compañeros de butaca que dan cabezadas, roncan encolerizados o sostienen a un bebé llorón. No se preocupen, al final de la travesía podrán llevarse la mantita y los auriculares de usar y tirar como premio, o como consolación. Con comienzos así, ¿quién no adora en este mundo globalizado el viajar, el turismo, las fiestas?

Hoy en día planear unas vacaciones se convierte en un acto puramente religioso. En él hay que estudiar y poner en práctica hasta el último detalle de un largo ritual que culmina con un agudo dolor de barriga ―aunque probablemente éste se produzca antes, durante y después―. Sosteniendo la tarjeta de crédito, como si de un radiante cirio se tratara, esta nos iluminará gran parte del recorrido que va desde las agencias de viajes hasta la lectura de foros sectarios donde, con cierto deseo perverso, buscamos que nos cuenten lo peor de cada destino. Además, la vuelta a la rutina después de una de estas experiencias que acostumbra a parecernos reveladoras, incluso místicas, logra la lógica de una gran conmemoración nacional, un desfile militar o el mensaje del rey en nochebuena. Horrendas miniaturas que decoran alguna estantería con buena visibilidad en nuestras casas. Postales que se amontonan en un cajón de nuestra habitación o son regaladas en mano y sin dedicar a los más allegados. Infinitos reportajes de fotos cuidadosamente seleccionadas y filtradas para Facebook e Instragram. Y, siempre, la predicación final de la buena nueva a todos aquellos que se crucen en nuestro camino real o digital: he vivido unos días maravillosos ―mientras tú no― ¡vivan las vacaciones!

Fuente: Clarín, “Houellebecq, el viajero indomable”, 16/11/2016.

Fuente: Clarín, “Houellebecq, el viajero indomable”, 16/11/2016.

En la obra de Michel Houellebecq los viajes ocupan un lugar destacado. Ya sea en Tailandia, Lanzarote, Cuba, Turquía o en un apartado camping “liberal” francés, cada destino le sirve como un sendero desde el que es posible encontrarse con las miserias del ser humano y el mundo en el que vive. Todos son lugares donde pueden aflorar las experiencias que estructuran la realidad, que abofetean violentamente al individuo y que albergan el acontecimiento. Nada es igual después de unas simples vacaciones de placer o un viaje de negocios y, si todo continúa en su curso, ya nunca vuelve a ser lo mismo. El traslado a un nuevo espacio desnuda los deseos y los miedos del individuo frente al «otro»: ya puede ser este un compatriota bonachón, una servicial (y esto quiere decir sexual en sus novelas) extranjera o un radical extremista. En este traslado espacial, cada acción, contratiempo o hecho que merece ser narrado tiene un poderoso significado para todos los personajes que marchan por él. Desde un oficinista belga que acaba introduciéndose en una secta azraeliana a un funcionario francés que desolado espera su muerte en Naklua Road, Bangkok, todos encuentran el momento y el sitio desde donde pensar o actuar. La vida y su significado toma un cariz que nunca habían poseído hasta ese momento: estos se convierten en un interrogante o, lo que puede llegar a ser peor, en una afirmación fatalmente honesta, una respuesta carente de una alternativa.

Estos desplazamientos vivenciales y escenográficos transfiguran, al mismo tiempo, la naturaleza literaria de sus novelas. Abre las puertas del salón de masajes con final feliz o del toilette a la poesía, la cual, alguna vez ya antes había discurrido por ellos. Sin embargo, ¿dónde empieza en sus obras la literatura de viajes y termina la novela contemporánea? ¿Dónde está el límite entre acercarse a conocer lo que desconocemos o de adentrarnos hacia donde siempre habíamos creído estar observando? La narrativa de Houellebecq nos plantea a través de numerosos viajes de un lado a otro del globo la capacidad de pensar la realidad que nos rodea y, en cierta medida, de cómo la pensamos. Lo cual, simultáneamente, pero no forzosamente, nos lleva también a un desplazamiento formal en el modo de contarlo. Para ello, sin que queramos darnos cuenta, las fronteras entre los géneros literarios se difuminan durante ese movimiento. Un tránsito, puede que a ciegas o bien calculado, que nos permite advertir que las diferencias entre un tipo de literatura u otra erigen barreras que no son realmente necesarias y que nos impiden ver más allá. ¿Por qué si no tras prosistas como Conrad, Hemingway o Kapuścińsky un tal Houellebecq podía llegar a ser un escritor considerado por la crítica y el público?

De igual modo, estas reflexiones literarias ―y no tan literarias― nos llevan de la mano entre realidades que, con dificultades, podemos contemplar a diario. Hay una frase en Plataforma (2001) que desde que la leí no puedo quitarme de la cabeza: «tenía la intuición de que el mundo tendía a parecerse cada vez más a un aeropuerto». Tres años antes ya escribió en Interventions (1998) que el mundo era como un supermercado. Con todo, la metáfora del aeropuerto es tan certera para el caso: queremos salir de casa sin salir de casa, comprar como quieren que compres, recorrer el mundo sin mancharnos de polvo. ¿Tan excepcional es viajar a otro país o a otra ciudad durante unas vacaciones cuando estas se resumen en consumir, consumir y consumir? Son muchos los que viajan del pueblo a la capital para visitar el mercadillo chic de Primark y acabar cenando en un grasiento KFC. O los que pagan un costoso billete para aterrizar en la gran manzana y pasear por las tiendas de la Fifth Avenue. ¿Puede cambiarte la vida una nueva gorra, un bolso o un par de zapatos como quieren que sintamos las grandes marcas de ropa? ¿Tan acontecimental es visitar un país en el que estamos encerrados en todo momento bajo una burbuja de confort y excesos? Cruceros con buffet, cine y visitas turísticas sin bajar del autobús (hay que guardar todas las energías que se puedan para aguantar durante toda la noche). Pero, después de disfrutar de una estancia en un lujoso resort en Punta Cana la vida sigue igual: probablemente vuelves a comer, dormir y follar lo mismo. Pues, cuando viajas, siempre hay que comer y follar mucho. Aunque para lo segundo, tanto como lo primero, ya no se trate de una cuestión narrativa y reflexiva: cómo lo conseguí, cómo de bueno fue, qué pasó después y cuáles fueron sus porqués. Esta torna al contrario en meramente cuantitativa: cuántas veces, cuánto duré, cuantos necesité, cuánto costó. Si algo se normaliza verdaderamente en un viaje usual de vacaciones es que el exceso es satisfactorio, placentero, incluso liberador. Entonces, ante el desbordamiento de lo igual, frente al deslizamiento continuado sobre nosotros mismos, ¿qué cabida tiene aquí la diferencia que creemos adquirir cuando salimos afuera?

A lo largo de los años y conforme su obra iba conquistando escaparates de las librerías, se ha acusado a la obra de Houellebecq y a él mismo de racista, islamófobo o misógino. La pregunta que deberíamos hacernos realmente, ¿permite su literatura pensar un mundo distinto, es decir, un mundo menos xenófobo, extremista o sexista? ¿Es posible una universalidad que no consista en la inmanencia del conflicto y el enfrentamiento de los unos con los otros? ¿Un marco donde las personas y sus culturas puedan convivir armónicamente? Pese al pesimismo existente a lo largo de sus páginas, puede que en esta negatividad esté aquello que invite a escapar de la lógica que en ellas se esconde. Que el hipercriticismo que se desencadena en estas, aunque no lleguemos a ver nunca hacia dónde atinan realmente sus dardos, puede que nos indique, entre tantos tiros sin destinatario y tantas dianas sin tirador, que hay algo que los está provocando. Hay algo ahí que produce tanta angustia, pesadumbre y resignación. Aquello de lo que tenemos que escapar. No es casualidad que esta última palabra signifique según Google «salir de un lugar en que se está privado de libertad o en peligro». ¿No debería ser viajar, en última instancia, un modo de escapar de aquello que nos domina?

Solo queda, por tratar de volver al principio, cuestionarnos si tan importante es viajar o, siquiera, viajar de un modo distinto al que estamos acostumbrados, ¿cuál es la ética que nos lleva a buscar algo afuera? ¿Puede llegar a ser más ético por el contrario echarse a un lado para escudriñarnos a nosotros mismos? Quizá no sea tan descabellado pensar que en ocasiones es mejor comprarse otra de sus novelas antes que contratar una escapada de fin de semana, al menos sale más barato.

Acerca de Francisco Jiménez (1 Artículo)
«La historia es de los que saben que existe»

1 Comentario en Viajar con Houellebecq

  1. Alberto Mrteh // 1 agosto, 2017 en 1:33 pm // Responder

    Me ha parecido interesantísimo tu reflexión.
    Yo acabo de leer “Ampliación del campo de batalla”, que me ha dejado tocado.
    Alberto Mrteh (El zoco del escriba)

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