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“El amor lo inventaron los hombres como yo para vender medias”

Fuente: No Submarines. Fotogramas de los títulos de crédito de Mad Men. Fuente: No Submarines. Fotogramas de los títulos de crédito de Mad Men.

De derrumbes, rupturas y caídas ―o ascensos― trata la constante en cada episodio, en cada temporada de Mad Men. En el ritual de los inicios y la expectación ante el comienzo, los títulos de crédito revelan en apenas unos segundos lo visible tras lo que no se ve, la voz que subyace al silencio, la subida que acompaña a la bajada y la nula posibilidad de escapar.

Una silueta masculina, sugerente e incorpórea, camina al interior de una oficina de líneas, a priori, sólidas; traje y cabello impecables. Apenas el individuo apoya en el suelo su, seguro, caro maletín, las paredes se desmoronan. Como si de un sueño ―o una pesadilla― se tratara, las estáticas líneas se desvanecen, el mobiliario cae por la fuerza de la gravedad y de un fundido en negro se da paso a la experiencia más vertiginosa: la silueta comienza a caer, casi flotando, pero cayendo al fin y al cabo, al vacío. Los altos rascacielos de una gran ciudad observan desde su inmóvil presencia el descenso lento y continuado. A su alrededor, unas piernas curvilíneas y una cerveza bien fría son las imágenes que le acompañan en las fachadas de los edificios, seguidas de niños sonrientes, una copa con hielo, una sonrisa, dos manos con anillos de compromiso y mujeres, alcohol, coches, familias, más mujeres, más alcohol… la espiral eterna, el descenso sin fin. Es el vértigo y es la caída, pero no hay nada de frenético en ella. El final del camino no es el terror que el espectador se imagina. Un fundido en negro salva a la mirada atenta ―y a la silueta― del impacto. El individuo, de espaldas de nuevo, sentado esta vez en un sofá de su oficina, contempla no se sabe qué, mientras el humo de un cigarrillo va consumiéndolo, a él o al tiempo, a ambos o quizá a ninguno.

Hay algo hipnótico en la idea de caer, una atracción, una pulsión de muerte, que diría Freud: mientras que los conflictos de la psique humana pueden tener solución, la tendencia a los mismos es resultado de una pulsión, una fuerza innata que moviliza al ser humano a la autodestrucción. Los títulos de crédito de Mad Men, que homenajean a la célebre Vértigo de Alfred Hichcock (1958), donde el protagonista tiene pesadillas en las que cae, representan a un hombre cayendo al vacío desde la confortable solidez de su oficina hacia un destino que es posible imaginar pero que no llega nunca a representarse. Es, en palabras de José Luis Molinuevo en su Guía de complejos, lo sublime cotidiano: “el protagonista es una víctima de su entorno. Las imágenes sirven de testimonio de su caída, su posible fin, y dan vértigo”. La fascinación que, como espectador, se siente al observar esa incorpórea silueta que se desliza, más que precipita, parsimoniosa por el aire en continuo descenso, puede deberse al instinto psíquico que nos atrae hacia el peligro, hacia lo que nos aterra. Observar embelesado, sabedor de que se acerca el impacto en cualquier momento, pero no hay opción a dejar de mirar ―como en los films de terror en los que te tapas los ojos con las manos, dejando apenas un mínimo espacio entre los dedos para poder ver, aterrado y curioso a la vez, como es el rostro del asesino―.

El caer es relacional: si no hay nada hacia donde caer quizá ni seas consciente de estar cayendo. […] Sociedades enteras podrían estar cayendo también alrededor tuyo, de la misma manera que tú. Podrías sentir de hecho un éxtasis perfecto, como si la historia y el tiempo hubieran llegado a su fin y no pudieras siquiera recordar que alguna vez el tiempo hubiera avanzado.

La artista visual Hito Steyerl, en Los condenados de la pantalla, habla de la caída en términos de dominante actual. Es la falta de “un fundamento estable para nuestra vida social o aspiración filosófica” ―en esta era de los relatos deconstruidos― cuya consecuencia resulta en “un estado de caída libre de los sujetos y los objetos. Pero no nos damos cuenta”. La silueta aquí se presenta, como en la estructura tradicional de los cuentos, con un principio, un nudo y un desenlace. ¿La moraleja? La postura final sugiere que en realidad no ha habido descenso alguno más que en la imaginación del individuo, un soñar despierto donde el verdadero temor se hace cuasi tangible, aunque no real ―la imagen, poderosa arma; aún más si resulta de los entresijos de la mente―. El espectador puede al final de los títulos de crédito respirar tranquilo, no hay caída, suicidio o accidental precipitación, solo ha sido una fantasía. O quizá, de acuerdo con Steyerl, la sociedad está cayendo, pero no es consciente, no puede o prefiere no serlo. Es “una caída sin reserva hacia los objetos, abrazando un mundo de fuerzas y materia, carente de toda estabilidad original, que desencadena el repentino shock de la apertura: una libertad espantosa, absolutamente desterritorializante y siempre desconocida”.

Fuente: Techrunch. McCann To Acquire Sterling Cooper And Partners.

Fuente: Techrunch. McCann To Acquire Sterling Cooper And Partners.

El fundido en negro oculta el destino final, la realidad de que tras la caída tan solo queda el suelo, frío y duro. La muerte. Lo real es demasiado brutal para hacerle frente, lo simbólico en cambio puede experimentarse en diversos sentidos, decadentes o liberalizadores. Por suerte para el individuo de blanco y negro, cuya corbata ondea tras de sí mientras desciende, no está solo. A su alrededor, los altos rascacielos le acompañan en el proceso, arropándole ―y asfixiándole― con imágenes de anuncios publicitarios. Imágenes. Que nos hablan y nos cuentan. Imágenes que significan, que construyen significados y que son a su vez construidas. Decía Bort Gual:

[…] esa caída libre del hombre rodeado de anuncios publicitarios de la época como reducto gráfico de la sociedad del consumo edificada a partir de imágenes de mujeres, familias, matrimonio, tabaco y alcohol…evidente que el opening susurra a voces que algo está cambiando.

Algo está cambiando, grita el opening de Mad Men. El qué es lo que calla. No cambia el hábito de beber en horario laboral para los hombres de negocios: “Enjoy the best of America has to offer”. No cambia la idealización de una familia, la necesidad de formar una propia como un paso más a cumplir en el escalafón de prioridades vitales. Ciertamente los hombres siguen mirando a las mujeres. Ciertamente el sexo sigue siendo uno de los motores de gran parte de las relaciones sociales. Lo que calla es la ruptura, es la conciencia de la fuerza de la gravedad atrayendo la silueta al suelo. Es el ascenso al infierno o la caída desde cielo, según desde donde escojas observar. Es la conciencia de que el American Way of Life, el sueño americano, no es más eso, sino una pesadilla de la que no se puede despertar.

El mundo de la publicidad ha creado imágenes que han cautivado el imaginario social durante generaciones. Han pasado de ser meros anuncios en revistas a ser parte de la cotidianeidad, de nuestra forma de comunicarnos, de las formas de relacionarse. Nuestro sujeto social, anclado al mundo en el que vive, rodeado de todas esas imágenes que componen para él su realidad, se encuentra atrapado en un mundo de cristal, potentemente iluminado. Pero, si se descuida, el castillo de naipes puede desmoronarse y arrastrarlo con él. Y entonces, no habrá nada a lo que aferrarse, puesto que ciertamente no hay nada que sea real. Todo es apariencia, todo es mutable. No hay más realidad que la creada. “El amor lo inventaron hombres como yo para vender medias”, dirá en cierto momento el protagonista de Mad Men, Don Draper. Y así es.

Acerca de Julia Zorrilla Ruiz (3 Artículos)
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