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¿Qué fue de Holly Golightly? (O por qué ‘Desayuno con diamantes’ no es una película feminista)

BREAKFAST AT TIFFANY'S, George Peppard, Audrey Hepburn, 1961 BREAKFAST AT TIFFANY'S, George Peppard, Audrey Hepburn, 1961

En su primera edición celebrada en 2009, el recién nacido Festival Internacional de Cine Clásico de Granada Retroback incluía en su programa un ciclo dedicado a la figura de Audrey Hepburn que contaba, por supuesto, con la película más mediática de la estrella: Desayuno con diamantes, dirigida por Blake Edwards en 1961. Aunque es probable que la gran mayoría de asistentes a la proyección ya hubieran visto el filme con anterioridad, casi nadie se mantuvo indiferente ante la imagen final de la encantadora Holly bajo la lluvia, buscando a Gato en un gesto que simbolizaba el fin de su actitud indómita y la elección de permanecer junto a “Fred”, doblegando su extraordinario individualismo ante un final feliz del tipo más convencional del género, pues, Desayuno con diamantes es y quiso ser, ante todo, una comedia romántica. Que Desayuno con diamantes ha emocionado a varias generaciones es algo fuera de toda duda. Holly Golightly quedó asociada para siempre a Audrey Hepburn, y esta, a su vez, a Holly, dando lugar a una fusión revestida de glamour entre actriz y personaje que, en realidad, poco tienen que ver con la protagonista femenina de Desayuno en Tiffany’s, la novela corta de Truman Capote publicada en 1958.

No es casualidad que comience refiriéndome a la última escena de Desayuno con diamantes, pues es precisamente el final por donde quiero comenzar, ya que se trata del elemento que más altera la lógica del relato de Capote. El happy end elegido por el guionista George Axelrod, guiado por su propia intención de hacer una auténtica comedia romántica, no sólo difiere del final del relato, sino que también se separa de forma inevitable del comienzo del mismo, pues la narración de Capote se nos presenta en forma de flash-back, comenzando por una situación que es “más final”, cronológicamente hablando, que el final mismo. En las primeras páginas, un narrador en primera persona comienza recordando la época en la que vivió en las East 70s de Nueva York, mientras que acude a la llamada de Joe Bell, el camarero del bar al que el narrador y Holly solían acudir en el pasado «seis o siete veces al día, no para beber, sino para llamar por teléfono». El tema de conversación gira en torno a la figura de Holly, de quien Joe Bell estaba secretamente enamorado, no de forma sexual, como dice él mismo, sino de un modo platónico, admirado. Se entiende que han pasado muchos años sin que ambos personajes hayan recibido noticias de Holly, pero Joe Bell cuenta al narrador que hace poco ha recibido la visita del señor Yunioshi, fotógrafo japonés y antiguo vecino de Holly (personaje, por cierto, ridículamente caricaturizado en la película e interpretado por el actor cero nipón Mickey Rooney). En sus viajes por África, el señor Yunioshi ha encontrado, en una tribu de Tocotul, una figura de madera tallada con la cara de Holly. Los habitantes de la tribu le habían contado que una chica joven había hecho aparición acompañada por dos hombres enfermos. Mientras los acompañantes se recuperaban, la chica había pasado las noches junto al tallador de madera, y al cabo de un tiempo «se fue como había llegado, montada a lomos de un caballo». Desde el comienzo del relato, Holly se nos presenta no solo como un ser con características míticas sino también como un mujer dueña de su sexualidad, independiente y valiente, además de acompañada de un carácter marcadamente fugaz, dando la impresión de poder aparecer de improviso en cualquier parte del mundo. Esta capacidad que Holly tiene de transitar, de amoldarse a los espacios, quedará clara en su tarjeta de visita, en la que definirá su ocupación como, traveller, viajera.

Si algo queda claro desde el comienzo de Desayuno en Tiffany’s es que Holly Golightly no va a permanecer en otro lugar diferente a la memoria del lector. A diferencia de lo que ocurre en la película de Blake Edwards, Holly es inaprensible, y no miente cuando manifiesta su absoluto desapego por las cosas materiales y su rechazo a contraer compromisos con las personas que le rodean, a pesar de que las aprecie a su manera espontánea, ligera, libre. La Holly de Capote, que cuenta tan solo con diecinueve años, es una mujer dura, que se sobrepone ante sus difíciles circunstancias buscando un camino alternativo marcado por una fantasía liberadora que ella misma convierte en realidad. La Holly del relato no puede ni podrá jamás ser domesticada, pues ante todo elige ser libre, y por ello decide no presentarse al casting de un papel que ya era prácticamente suyo, o rechazar la ayuda que amigos como el productor O.J. Berman quieren brindarle, porque Holly no quiere ser protegida, sino valerse esencialmente por ella misma, aunque tenga que prostituirse para conseguirlo. No se trata de frivolidad o del capricho extravagante de renunciar al amor, como parece sugerir la película, sino del único modo de supervivencia que Holly ha construido desde niña.

Muchas veces manifestó Truman Capote su deseo de que fuera su amiga Marilyn Monroe y no Audrey Hepburn ―cuya actuación, a pesar de todo, alabó― la actriz que encarnara a Holly Golightly. Lo cierto es que, aunque la diferencia de edad se hubiera incrementado, la actitud más ingenua y la presencia menos contenida de Marylin quizá hubieran encajado mejor con la personalidad de la Holly imaginada por Capote.

La elección de realizar una comedia romántica basada en Desayuno en Tiffany’s no solo sugirió cambios en el guión, sino que conllevó toda una estética que dulcificaría la atmósfera del relato inicial. La gama de colores pastel, generalmente asociada a lo femenino y, por tanto, a lo sensible, lo sentimental y lo romántico, predomina en Desayuno con diamantes. El aspecto de los personajes y los espacios en que estos se mueven carecen de sordidez, aunque puedan llegar a resultar cómicos. Todo es mucho más amable en la pantalla, y así Desayuno con diamantes se convierte en un icono que alcanza su máxima expresión en la figura de Audrey sujetando despreocupadamente su larga y sofisticada boquilla, enfundada en el elegante y sencillo vestido negro de Hubert de Givenchy, una de las piezas de vestuario más memorables del cine. Esta imagen de elegancia y glamour se trata, en realidad, de un significante que ha visto mudado su significado, pues si la Holly inicial era más extravagante que elegante, y más subversiva que comedidamente excéntrica, el icono Audrey Hepburn se aleja no solo del personaje de la novela, sino que ha alcanzado incluso autonomía respecto a la película de Edwards, reproduciéndose en pósteres y postales, convirtiéndose de forma autónoma en una inspiración en el mundo de la moda y, probablemente, en un modelo de belleza femenina asociado a elegancia, clase y “buen gusto”, con la prudencia y sobriedad que estas categorías sugieren.

Como bien sabemos, el cine no solo actúa como receptor de fragmentos de la realidad, sino que también cumple un importante papel como productor de imágenes que, a menudo, se imponen sobre la realidad misma transformándola. Bien podemos suponer que la figura de Audrey ha colaborado en mantener ese vínculo entre delgadez y elegancia, hegemónico en los cánones de belleza actuales, ignorando el hecho de que muy probablemente la estilizada figura de la actriz esté influida por la severa desnutrición que sufrió durante la ocupación nazi en Holanda. El mundo del espectáculo media y proyecta una visión sesgada, invisibilizando en múltiples ocasiones una realidad sórdida en aras de una estética de sofisticación y exquisitez, que se muestra como natural, pero que precisamente por no serlo se mantiene alejada de las posibilidades reales de existencia de la inmensa mayoría. Al contrario de lo que ocurre, por ejemplo, con el neorrealismo italiano cuyas películas en un principio no contaban con estudios donde ser rodadas Hollywood romantiza lo que muestra: la guerra, la desnutrición, los accidentes de tráfico, la mafia, el boxeo. No se trata únicamente de mostrar una realidad parcial, sino que esas imágenes estetizadas, revestidas de nuevos significados, se erigen como nuevos iconos, nuevos ídolos, en definitiva, como las nuevas y modernas mitologías que analizaría Roland Barthes.

La decisión de estilizar la película y de poner parte de la carga protagonista en el personaje del escritor, bautizado para el cine como Paul Varjak, obligaron también a ciertos cambios relativos a la escenografía, que además, reconfiguran la trama general. En Desayuno en Tifanny’s, el narrador que, como personaje activo tiene bastante poco peso en la historia nos presenta su apartamento como un sitio pobre y decadente, propio de un escritor que vive en Nueva York sin haber alcanzado el éxito, un apartamento que es, con mucho, inferior al de Holly Golightly. Por el contrario, la habitación de Paul Varjak es representada en el film como un espacio bien decorado, provisto de objetos antiguos pero en ningún caso decadente o cutre. Esta modificación en el guion obliga, además, a introducir un nuevo personaje interpretado por Patricia Neil: Edith Falenson, la mujer que mantiene al escritor, cuyos ingresos en realidad proceden de su actividad como gigolo y no por ser escritor. El guionista George Axelrod declaró que era necesario para la película hacer que el héroe fuera un «heterosexual con sangre en las venas» («a red-blooded heterosexual»). Como apunta Holly, la máquina de escribir de Paul carece de cinta, pero se da a entender que el escritor ha alcanzado cierto éxito a pesar de su estancamiento actual, pues sus libros están en la Biblioteca Pública de Nueva York. La visita de la pareja a la biblioteca es, francamente, una de las inclusiones más vergonzosas de la película, pues se representa a Holly de manera tan antagónica al espacio de la biblioteca que se comporta en ella como si estuviera de visita en un planeta desconocido. «¿Qué sitio es este?», pregunta Holly al llegar al edificio. Y Paul, por supuesto, pasa a explicarle cómo funciona una bibilioteca. Recordemos que en el relato él se la encuentra a ella en la biblioteca, donde lee sola libros sobre Brasil y parece haber entrado con éxito por su propio pie (¡sorpresa!). Volviendo a la cuestión de la financiación de Paul Varjak, este aumento del nivel de vida lo sitúa, por un lado, al mismo nivel moral que Holly, pues, al igual que ella, él también se prostituye; sin embargo, por otro lado, su mayor capacidad económica se traduce en un aumento del poder del personaje, lo que legitima como protector de Holly, a pesar de que él se ve mucho más atado en su relación con Edith que Holly con sus múltiples clientes. No olvidemos que en la película Holly acepta finalmente el amor de Varjak y su protección, actitud que en la novela resultaría directamente irrisoria, pues el narrador no tiene realmente nada que ofrecerle a Holly, salvo su cariño, compromiso y lealtad, valores a los que Holly había decidido renunciar mucho tiempo atrás.

Además del vestuario de Audrey, hay otro elemento en Desayuno con diamantes que se ha convertido en un verdadero mito cinematográfico. Me refiero a Moon River, el tema que Holly interpreta asomada sobre la ventana, apoyada en la escalera de incendios, con una toalla en la cabeza y desprovista de toda sofisticación artificial. La colaboración entre Henry Mancini, el compositor de la banda sonora de Desayuno con diamantes, y Blake Edwards, se suma a esa lista de matrimonios artísticos que cuenta con parejas como Federico Fellini y Nino Rota, Alfred Hitchcock y Bernard Herrmann, Sergio Leone y Ennio Morricone o Pedro Almodóvar y Alberto Iglesias. El primer trabajo en solitario de Henry Mancini había sido la banda sonora de Sed de mal (1858), la obra maestra dirigida por Orson Welles. Mancini comenzó a definir su estilo, de influencia del jazz y caracterizado por la inclusión posterior del coro mixto. Desayuno con diamantes se hizo con el Óscar a Mejor banda sonora y a Mejor canción con Moon River. Lo cierto es que la banda sonora de Mancini se adecua magistralmente, a golpe de jazz, al ritmo cosmopolita de Nueva York, además de completar el estilo alegre y desenfadado que se pretende dar a la película. Para finalizar, si algo me atrevo a recomendar a los admiradores de Holly Golightly es que, una vez vista Desayuno con diamantes, retomemos la música de Mancini y la pongamos de fondo mientras nos sumergirnos en las páginas del mucho más interesante y descarado relato de Truman Capote.

Nota. Es relevante tener en cuenta que cuando se estrenó Desayuno con diamantes en 1961, ya contábamos con referentes femeninos en Hollywood que habían intentado transgredir con mayor o menor éxito el comportamiento que se consideraba adecuado para las mujeres de la época. Me refiero, por ejemplo, a Marlene Dietrich en La venus rubia (1932), Bette Davis en Jezabel (1938) o Joan Crawford en Johnny Guitar (1954). Queda pendiente un análisis más exhaustivo de la transgresión en los personajes femeninos en la escena hollywoodiense, pues al margen de la cuestión de la adaptación cinematográfica, es obligado analizar la película en su contexto cinematográfico.

Acerca de Violeta Font (3 Artículos)
Matemática y estudiante de literatura comparada. En invierno cuelgo libros de geometría a la intemperie para que aprendan cuatro cosas de la vida real.

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