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Entrevista a Carmen González Marín

Fuente: Propia.

Realizada por Carlos Martínez Toro y Marina Gomá García-Ganges, con la colaboración de Dámaris Núñez Hombre.

Carmen González Marín es doctora en Filosofía por la UAB y Licenciada en Filología Románica por la Universidad de Zaragoza. Ha impartido docencia en torno a Ética, Filosofía Contemporánea y Estudios de Género, en la Universidad Carlos III, desde 1998. Algunas de sus recientes publicaciones son: Ciudadano Ready Made. La educación humanística y la recuperación de la experiencia (Díaz & Pons, 2013) o “La inclusión como impotencia”, (en Branciforte, L. & Orsi, R. eds. La guillotina del poder, Madrid, Plaza y Valdés, 2015), (con J.L. Moreno Pestaña, F. Oncina eds.). Asimismo, ha realizado traducciones, y publicado libros de poemas.

Podríamos empezar la entrevista hablando del postfeminismo. Este término podría servirnos para explicar el fenómeno contemporáneo de “I’m not a feminist, but…”, o lo que vendría a ser la famosa frase hecha en castellano: “Yo no soy ni machista, ni feminista”, o, peor aún, “el feminismo es lo contrario al machismo.” En parte, sería muy simplificador pensar el postfeminismo como una negación del feminismo, y tampoco parece delinear de forma clara la superación del proyecto de igualdad de género. Como tú bien dices en tu artículo “Dos Dogmas del Feminismo” (2010), la realidad es que el postfeminismo es mucho más complejo que eso. Ahora bien, y dejando de lado que esto se pueda definir como postfeminismo, sí que es verdad que, en general, la palabra feminismo provoca una reacción emocional negativa, ya que se considera algo que tiene que ser rápidamente rechazado. ¿Cuánto grado de culpa le adjudicarías al desconocimiento, la ignorancia y la confusión sobre ciertos conceptos feministas (en parte extendida por los medios y la cultura popular), y cuánta al propio feminismo por su carácter académico y por sus divisiones internas?

Si tuviera que definir lo que significa postfeminismo creo que me sentiría bastante incómoda, porque no sé muy bien cómo se puede definir, si es que se puede definir de alguna manera. Es verdad que esta serie de tópicos que mencionas funcionan a la hora de intentar aproximarse a lo que podría ser postfeminismo. Pero también es cierto que esta es una de las posiciones más comunes con lo que nos encontramos en este momento. A mí me llama muchísimo la atención desde hace ya muchos años, de hecho, ya que esto es una cosa que arrastramos desde los años noventa. El término postfeminismo tiene ya una trayectoria bastante larga, aunque sea confuso. Lo que me llama la atención es que, desde hace ya muchos años, cuando alguien, dando cursos de género –que se supone que aglutina estudiantes a los que les interesa el tema– pregunta: “¿Hay alguna o algún feminista en esta clase?”, normalmente nadie dice que es feminista, lo cual es muy raro porque no hubiera ocurrido nada parecido hace treinta años, por ejemplo, a menos que estuviésemos en un lugar muy particular con un conjunto de perfiles muy conservadores.

Sin embargo, en este momento, sin tener esos perfiles conservadores, no es normal que alguien se postule como feminista. Lo más aproximado a eso que ocurre es que alguien diga “bueno, depende”, según cómo entendamos feminismo. En el momento en el que dices “según cómo entendamos feminismo”, ya quizás estás en un camino en el que se puede llegar a algún tipo de diálogo posible. Pero, evidentemente, creo que el hecho de que haya esa especie de resistencia a aceptar que uno/a es feminista o que podría llegar a serlo responde efectivamente a las dos cosas que tú mencionabas.

Por una parte, para mucha gente no está muy claro lo que significa ser feminista. Quizás no está muy claro porque hay muchas maneras de ser feminista. Parece que el feminismo es una especie de frente unificado y absolutamente homogéneo, de tal manera que una que dice que es feminista es exactamente igual ideológicamente, al menos, que otra persona que es feminista. Y no es el caso. Entre feministas hay infinitas diferencias, sobre todo en este momento de la llamada ‘brecha generacional’, que evidentemente hay que tomar en consideración cuando uno se interroga por qué hay muchas mujeres jóvenes, sobre todo, que dicen que no son feministas. Pues porque dicen que no quieren parecerse a las mujeres más mayores que ellas, que sí dicen que son feministas y que tienen una cierta tendencia a mostrar el feminismo como si fuera ese frente homogéneo que en realidad nunca ha sido. Eso siempre ha sido un problema. Y sobre todo tienen una cierta tendencia, en algunos casos, a ser extremadamente hostiles a otras formas de pensar que podrían perfectamente considerarse feministas, pero que no están capitalizadas bajos sus propios esquemas y en consecuencia parece que son patriarcales, antifeministas, extravagantes o cualquier otra cosa que, evidentemente, no aceptan.

Eso es uno de los problemas. Falta de conocimiento por una parte y, desde luego, y aquí repito lo que acabo de decir, el feminismo es profundamente responsable de la falta de interés en muchos casos, de esa resistencia a identificarse como feminista. De estas tonterías tales como “el feminismo es lo contrario del machismo”, no sé si es responsable el feminismo, serán responsables las personas que lo divulgan de alguna manera o que lo divulgamos, pero realmente el feminismo es responsable en el sentido de que, muchas veces, aunque no siempre, puede dar la impresión de que hay un cierto modelo de feminismo dominante que ha dado a entender que ser feminista significaba pasar por cierto tipo de renuncias.

Cuando yo era jovencita, ser feminista implicaba no peinarse –esto yo lo he mantenido más o menos de manera homogénea durante toda mi vida, pero es un problema de vagancia–, pero realmente significaba muchas otras cosas. No se podía concebir una feminista que se maquillase, una feminista que vistiese de cierta manera, una feminista que hiciera cierto tipo de cosas, o tuviera ciertos tipos de relaciones con los chicos. No se podía concebir. Y ahora sí, hemos llegado a la conclusión de que no concebir todo eso significaba, efectivamente, renunciar a muchas cosas, incluso en casos a renunciar a tener hijos. Tener hijos no siempre ha sido algo que estuviera en la mente de las feministas como un propósito razonable. Algo que forma parte de la opresión reproductora tenía que evitarse. En la medida en la que el discurso de la opresión reproductora ha tenido éxito, y lo ha tenido durante muchos años y en muchos contextos diferentes, pues obviamente la familia, la maternidad, etc. representaban problemas para ser feministas, una cierta incompatibilidad.

Entonces esa especie de sensación de renuncia ha terminado por hastiar a la gente, cosa que se puede entender perfectamente, y ha pasado a otro extremo, extraño también, y ese es el de “lo puedo ser todo y ahora”: puedo ser feminista, puedo ser una diosa del sexo, al mismo tiempo puedo ser una mujer sexy, puedo ser una maestra de la cocina, y puedo ser cualquier otra cosa. Es decir, todo está a mi alcance y, por supuesto, puedo ser una madre como una leona. Todo absolutamente está a disposición de las mujeres y todo esto significa que en realidad la principal sospecha que despierta el postfeminismo, la razón por la cual tiene muy mala prensa a veces, y no sé si la debería tener siempre, es que da la impresión de que en ciertos sectores se ha asimilado todos los procesos que han llevado al progresivo empoderamiento de las mujeres, pero que no se ha asimilado es el sacrificio que ha conllevado ese empoderamiento. Es como si nuestras madres feministas, nuestras abuelas feministas, hubieran hecho un trabajo que hemos olvidado. “Ahora ya estamos empoderadas, y ahora ya podemos vivir estrictamente como nos parezca oportuno, porque nadie nos va a robar el empoderamiento, pero no tenemos que hacer ningún esfuerzo para obtenerlo, y nada de lo que hagamos va en contra de ese proceso que ya está terminado”. Obviamente, hay muchas más cosas aquí. Yo no tengo muy claro si el postfeminismo es el resultado de la fatiga o de esa sensación de que el feminismo es, en ciertos contextos una langue de bois, una lengua ya acartonada, académica, que en realidad ya no interesa a nadie excepto a la propia academia, y a quienes dentro de la academia se nutren de los propios estudios feministas para supuestamente progresar y que en realidad tienen un impacto prácticamente nulo socialmente, por lo que no tiene sentido seguir siéndolo, simplemente.

Tampoco sé si tiene sentido colocarse en otro colectivo, el colectivo de los post o las postfeministas, pero al menos es una forma de desmarcarse realmente de lo que parece que o bien ya terminó porque hizo lo que tenía que hacer, o ha fracasado, y en consecuencia no hay por qué seguir en las filas de algo que está llamado al fracaso. Ya llevamos, desde Mary Wolfstonecraft, unos doscientos años de feminismo y si todavía no consideramos que las cosas han llegado a fructificar, pues quizá hay que cambiar de perspectiva.

La paradoja de Teseo nos lleva a pensar que, en un barco construido con tablones de origen capitalista y patriarcal, el feminismo sería una herramienta política que sirve para reemplazarlos en plena deriva. No obstante, en las últimas décadas de praxis feminista da la sensación de que estos nuevos tablones siguen estando hechos de la misma madera que el sistema sexo-género, que siguen reproduciendo un sistema binario. ¿Hemos llegado a un punto en el que el feminismo ha dejado de ser subversivo? ¿Se han agotado los recursos conceptuales del feminismo? Es decir, ¿Estamos planteando mal los problemas a los que a día de hoy (y de formas muy variadas) se siguen enfrentando las mujeres?

Creo que normalmente lo que tenemos acotado bajo el epígrafe “feminismo” no es muy subversivo. No parece presentar un frente muy subversivo, no porque no tenga potencial, sino porque lo que hemos asimilado, o lo que es más visible como feminismo, es un feminismo casi de segunda ola –si es que nos gustan las metáforas marinas–, o incluso previo a segunda ola en algunos casos. Eso tiene muy poco potencial subversivo al estar fundamentado en ideas que son muy interesantes por otra parte (defensa de derechos, exigencia de derechos civiles, etc.) pero claro, la mayor parte de esas cosas en occidente las hemos conseguido, al menos formalmente, por lo que no puede considerarse subversivo algo que simplemente repite lo que ha sido un proceso que ha llevado a la consecución de ciertos objetivos que, insisto, formalmente están logrados.

Hay otras formas de feminismo que, seguramente, podrían ser subversivas, pero es difícil precisamente por esa brecha generacional. O no solo generacional, puede ser una brecha ideológica con la que nos encontramos también a veces. Resulta francamente complicado el diálogo, la comprensión y el interés recíproco por otras fórmulas de ser feminista. Entonces da la impresión de que el feminismo es algo que está prácticamente caducado, y el carácter subversivo que podría tener el feminismo de los años ochenta, incluso de los noventa, pues tampoco parece que haya fructificado excesivamente.

Mi impresión personal es que se ha quedado un poco estancado, entrando casi en el terreno de lo arqueológico. El feminismo parece que es algo que hay que conocer si uno quiere conocer su historia cultural, aunque el impacto que puede tener en nuestras vidas es prácticamente nulo. Eso es muy peligroso porque si entendiésemos mejor, y ahí viene la segunda parte de tu pregunta, que hay que hacer mucho más trabajo conceptual en este contexto, probablemente el feminismo acabaría recuperando su lozanía, y acabaría siendo mucho más subversivo. En realidad el feminismo, potencialmente, siempre es subversivo, lo que pasa es que estamos manejando unos conceptos que son a veces del siglo XVIII, a veces del XIX, y hemos acuñado algunas cosas contemporáneamente, más próximas a nosotros, como por ejemplo la idea de queer, pero para feministas lo queer ni siquiera entra dentro de su espectro de interés. No es tan raro esto que estoy diciendo, yo creo que incluso en muchos cursos de género, y no solamente en España, prácticamente casi se termina y se empieza en el feminismo de la segunda ola.

Entonces tampoco es inmediatamente asimilable la idea de lo queer como una idea feminista, porque remite a colectivos y a tipos de representaciones de identidades sexuales muy particulares que no necesariamente cubren a lo que ha sido el espectro que ha cubierto normalmente el feminismo, lo cual ha sido otro problema importante.

El feminismo está fabricado, construido y pensado para mujeres muy particulares: de clase media, occidentales y blancas. En ese sentido, podríamos considerar que el feminismo está efectivamente caducado en el momento en el que levantan la voz las mujeres que no se ajustan a esos parámetros. Eso es algo que llevamos viendo muchos decenios, y ahí podríamos pensar que hay un potencial mucho más subversivo que en el feminismo estandarizado, eurocéntrico, lo que pasa es que ahí se genera de nuevo un problema no menor: el problema de la especialización identitaria. Todo esto que llamamos interseccionalidad es muy interesante y es fundamental, y hay que tenerlo en cuenta, pero si llegamos a la conclusión de que la única manera de tomar la palabra con autoridad para hacer una demanda es pertenecer a un cierto tipo de identidad muy especializada, por ejemplo, ser una mujer lesbiana, de raza negra, pobre etc., entonces resulta que una enorme cantidad de personas que están dentro de las filas del feminismo, no puede hablar. No tiene autoridad. Eso es un problema que no hemos resuelto bien.
Tendríamos que encontrar puntos de anclaje, o de intersección también, valga la redundancia, entre las políticas o las miradas interseccionales, y aquellos tipos de mujeres que no corresponden a esas identidades súper especializadas.

Tenemos el viejo problema entre una mirada universalista y una mirada que no lo es, que lo que nos pone de manifiesto es una tensión que no hemos sabido resolver o que quizás no se pueda resolver nunca, pero tenemos que contar con las dos miradas. Porque si no, las cosas salen mal, es decir, no se puede ser solo universalista porque nos olvidamos de una gran cantidad de cosas, pero si solo nos acordamos de aquello que es híper especializado, nos estamos olvidando de que hay puntos comunes entre una mujer que no es pobre o que no está oprimida por razones laborales, o que no es de raza negra, y una mujer que sí que tiene esas peculiaridades identitarias. Entonces yo creo que ahí tenemos un problema abierto, y para trabajar en ese problema hay que pensar, cosa que creo que no estamos haciendo. Mi impresión es que lo que falta es trabajo, trabajo y trabajo. Porque es la única manera de seguir adelante. Con lo que tenemos, con las maderas que tenemos, el barco de Teseo, no sé si se hundirá definitivamente, pero desde luego no va por muy buen camino, eso es verdad.

¿Consideras que la proliferación de los estudios de género y sus múltiples ramificaciones de trabajo teórico coexisten con el activismo y con la vida material de las mujeres, o que, por el contrario, se está produciendo un distanciamiento entre trabajo conceptual y praxis feminista?

Depende, pero es verdad que esto que se llama estudios de género nos ha llevado a quienes estamos dentro de la academia a unos lugares que efectivamente son bastante lejanos de los intereses de las mujeres reales. En el fondo, cierta forma de sofisticación intelectual, la cual tampoco obedece muchas veces a ningún tipo de innovación, a lo mejor ni siquiera es muy productiva intelectualmente, pero al complejizar enormemente el discurso, obviamente no puede ser algo de lo que uno espere gran impacto social. Por otra parte, hay activismos que son extremadamente avanzados, que a lo mejor no estamos sabiendo interpretar tampoco. O que quizás podríamos interpretar con ese discurso súper complejo que hemos generado académicamente, pero que tampoco sé si hay mucho interés en hacer ese trabajo de encaje. Pero me da la impresión de que el mundo va por un camino y la academia por otro. Aunque pasa en todos los casos, en este es realmente problemático, porque estamos trabajando una materia que obviamente es una materia viva, es decir, estamos trabajando con algo que tiene que ver con la vida de la gente, por lo que en este caso particular yo creo que es más sangrante. Mi impresión no es muy positiva.

Tampoco me quiero poner en ese lugar de Christina Hoff Sommers, cuando decía que “oiga mire, déjese de tonterías porque en realidad Judith Butler es una señora que escribe de una forma que es imposible de entender, nadie la puede seguir, a nadie le interesa lo que dice, porque esto de la performatividad pues está muy bien, queda muy elegante para contarlo en clase, pero a la hora de la verdad, los problemas que tiene la gente de la calle no se atacan de ninguna de las maneras posibles con este tipo de elaboración discursiva. Es más interesante pensar en cierto tipo de símbolos del pop, como Madonna, quien tiene mucho más impacto sobre la población ordinaria que leer a Judith Butler”. No me posiciono ahí exactamente, pero es verdad que hay que hacer una labor de intermediación, es decir, una labor de divulgación bien hecha. No estoy segura de que los libros que habitualmente leemos sobre género estén precisamente favoreciendo ese tipo de intermediación. En primer lugar, porque casi nadie lee ningún libro (pero esto es un problema que no tiene que ver con el género), y en segundo lugar porque probablemente no están pensados para que los lea la gente, sino para incrementar la masa de publicaciones de un currículum académico. Obviamente ese no es el camino.

Por otra parte, hay un activismo en la calle, que es seguramente mucho más interesante, pero que creo que a veces nos queda lejos, sencillamente porque no estamos ahí. Creo que la gente en la universidad está, no digo que en una torre de marfil, porque de marfil ciertamente no parece que sea la torre, pero sí un tanto alejada. Incluso cuando se hace política o una cierta forma de activismo, ya que lo que acabamos haciendo, porque no se nos ocurre nada más, es “pues vamos a un seminario, o a un encuentro, o una presentación de un libro”, y eso, de nuevo, no atrae a nadie, eso no sale de las fronteras estrechísimas de la vida académica. Por lo tanto, hay un problema que en principio me parece insalvable en este momento: hay que hacer mucha más divulgación y hay que hacerla bien.

Es verdad que en la prensa ordinaria hay mucha literatura en este momento sobre género, pero tampoco sé si es la mejor manera de hacer esa divulgación, porque son cosas bastante banales, normalmente, con muchísimos lugares comunes que nunca se analizan. Estamos permanentemente reproduciendo los mismos tópicos que puede que hayan tenido su valor, o lo tengan incluso, pero obviamente no es suficiente con reproducir consignas. No se puede decir solamente “el machismo mata” (o cualquier otra), hay que explicar un poco más. Hay un trabajo por hacer y seguramente es responsabilidad no solo de la universidad, sino que es responsabilidad de todo el mundo, y de las políticas públicas también. Probablemente tenga que haber un tipo de educación de género en niveles mucho más básicos. Y mientras no hagamos eso, pues el desfase entre la academia y el mundo va a seguir existiendo.

En el artículo Mary Richardson Contemplando a Lady Gaga: Notas para una Lectura Feminista del Cuerpo (2012), dices que el fundamento de la subordinación femenina ha sido siempre la biologización de las mujeres, es decir, que su inferioridad se justifica por sus diferencias físicas y/o biológicas, lo cual implica que la jerarquía hombre/mujer ha sido dada por naturaleza. La “belleza femenina” se considera una forma que tiene el sistema sexo-género de hacer explícitas dichas “propiedades biológicas”. Debido a esto, ciertos feminismos “tradicionales” de la segunda mitad del siglo XX (la segunda ola) han repudiado las prácticas de belleza femenina como parte de una institución patriarcal, o incluso como una especie de religión que ha seducido/convertido a las mujeres para que sean partícipes de su propia opresión. No obstante, estamos presenciando un discurso postfeminista que reivindica la belleza no como reflejo de la valía de la mujer-como-objeto, sino como una cualidad individual que denota que las mujeres ya no son objetos, sino sujetos que se han hecho cargo de su propio cuerpo, que se han apropiado de él. ¿Crees que esta concepción de belleza como muestra de agencia femenina es una forma que tiene la tercera ola de continuar el proyecto feminista sin renunciar a ciertos aspectos de la feminidad que durante siglos han moldeado la identidad de género de las mujeres? ¿Se está reivindicando un feminismo menos incómodo, que ofrece a las mujeres una identidad feminista más fácil de practicar y justificar en un contexto capitalista-tardío, postfeminista y neoliberal?

Empiezo por la segunda. Pudiera parecer que sí porque, como decía antes, en realidad da la impresión de que casi cualquier actitud que tome una mujer, en la medida en que esa mujer no se manifieste como una híper conservadora, es aceptable. En el momento en que una mujer se supone que se ha hecho cargo de su empoderamiento, y que en consecuencia tiene agencia, cualquier cosa que haga la hace desde su autonomía, y por tanto es aceptable. Es decir, no habría ninguna necesidad de plegarse a ningún tipo de normatividad estricta y puritana, como aquella que por ejemplo se encuentra en expresiones de Mary Wollstonecraft tan candorosas y tan simpáticas, pero que pueden ser muy dañinas si uno se las toma en serio. Me refiero a aquello de “tenemos que ser más masculinas y respetables”. Perdón, ¿cómo más masculinas y respetables? ¿Solamente es respetable uno cuando es masculino? Lo masculino es respetable y lo femenino, pues obviamente no, porque es lo que fundamenta de alguna manera una educación falsa. Esto es evidente puritanismo. No es que sea machismo. Es androcéntrico, pero fundamentalmente es puritano. Wollstonecraft es claramente una puritana recalcitrante, una señora victoriana, que lo que cree es que no hay que tener relaciones sexuales, prácticamente –aunque luego en su vida no practicó esa abstinencia–, pero en cualquier caso hay que ser casta, y hay que tener una relación fría con una pareja con la que es necesario procrear, supongo que para dar a la comunidad política los hijos que necesita.

Esto es un poco hiperbólico, pero es verdad que puede ser bastante fatigoso el pensar en esos términos puritanos, y uno puede comprender que haya una especie de necesidad de ablandar los requisitos para ser feminista. Si uno tuviera que escribir cuáles son las condiciones que tiene que satisfacer una mujer para ser feminista, pues evidentemente tendría que comenzar a borrar algunas, como por ejemplo la de renunciar a ser agradable físicamente. Yo creo que eso entra dentro de lo razonable, y que también obedece al relativo éxito del feminismo, que nos ha llevado a un lugar en el que ya no tenemos que disfrazarnos, como Doña Concepción Arenal, de caballero para poder ir a la universidad. A veces una puede ir a la universidad incluso con rímel, y no le pasa nada.

El problema es que, a veces, da la impresión de que necesitamos poner límites en cualquier caso. Una cosa es ablandar la normativa, y otra es no tener normativa. Entonces, ¿cuál debería ser la normativa para ser feminista? Si una tuviera que dar realmente reglas, ¿cuáles serían las reglas? Habría reglas que son inmediatas y más o menos triviales. Si una es feminista debería, fundamentalmente, respetar a las mujeres, además de a sí misma. Una debería luchar, si hace falta, por los derechos de las mujeres que no los tienen, que evidentemente hace falta. En fin, una debería tener en la cabeza cierto tipo de normas que debería implementar, a ser posible, y que en su vida práctica tuvieran algún tipo de proyección. ¿Tendría que haber normas, también, un poco más cotidianas respecto al vestuario, por ejemplo, o a la manera en la que nos comportamos con las demás? Aquí es donde yo creo que chocan frontalmente los feminismos de tercera ola, si los queremos llamar así, o el postfeminismo, y las feministas estandarizadas que se mantienen todavía en esta especie de segunda ola puritana. ¿Quién tiene razón? Yo creo que las de tercera ola, sinceramente. Pienso que hay que empezar a ser un poco más lúdico, que es algo que el feminismo no ha sido, seguramente por necesidad. No estoy intentando criticar al feminismo de segunda ola como una política solamente puritana, y en consecuencia agria y cetrina, sino simplemente pienso que hay que ser un poco más lúdico.

Creo que una vez que se han conseguido ciertos tipos de logros, hay que seguir por otros caminos, es decir, si uno quiere realmente convencer a la gente de que hay que seguir insistiendo en la lucha feminista, no se puede convencer a la gente a latigazos. Hay que ser un poco más suave. Y en esa suavidad entraría, no solo por razones estratégicas, sino simplemente por sentido común, una especie de tolerancia que yo creo que algunas feministas todavía necesitan asimilar como una actitud ante la vida. Si decimos respetar la autonomía de las mujeres, cosa que se supone que respetamos si somos feministas, nos tenemos que atener a ello. En el momento en el que a una mujer se le adjudica la capacidad de tener agencia, cosa que tenemos que hacer obligatoriamente, hay que dejarla que viva.

Por ejemplo, esto es el típico debate que parece totalmente insoluble, y que se produce en unos términos profundamente hostiles entre las trabajadoras sexuales y las abolicionistas. No nos gusta la prostitución, vale, estoy de acuerdo. Yo no voy a ejercer la prostitución, ni le recomendaría a mi hija que la ejerciera. Pero si una mujer, autónomamente, decide hacer una cosa, ¿quién soy yo para decirle “oye no, es que te estás equivocando, para que tú tengas agencia y seas autónoma, lo que tienes que hacer es vestirte de negro y llevar un collarín, y por supuesto dedicarte solamente a cierto tipo de tareas”? Creo que tenemos muchos flancos abiertos, y uno de ellos es, efectivamente, ese. Volviendo a la belleza, este sería otro de esos flancos, y es interesante que lo sea porque claro, la belleza es como un elemento fundamental en nuestra vida, y pretender olvidarlo, me parece siniestro, con el debido respeto.

También hay que tener en cuenta una serie de implicaciones, especialmente en el contexto postfeminista que acabamos de mencionar. Al igual que con otros movimientos sociales, hay un riesgo de que conceptos feministas como el de agencia se acaben cooptando o asimilando por el capitalismo neoliberal. Si asumimos que las prácticas de belleza femenina no son un signo de alienación sexual, que son compatibles con el feminismo, y que incluso forman parte del yo como-proyecto-en-proceso individual, ¿nos estamos empoderando o nos estamos despolitizando?

No sé si se podrá responder muy rápidamente esa pregunta. Es verdad que decir que hay que ser un poco más lúdico, tiene muchísimos peligros, ya que hay un cierto tipo de industrias que se lucran enormemente a partir de estos afanes femeninos de estar más guapa, o más joven, eso no lo podemos pasar por alto. Esas industrias tendrían menos éxito si las mujeres decidieran que no les interesa ser más jóvenes ni tampoco, necesariamente, cambiar la forma de sus orejas, por ejemplo. Todo esto lo sabemos.

También es verdad ―y esto sería una parte no-positiva, aunque quizá habría gente que lo colocaría como contrapeso, dándole un valor positivo― que esto no afecta solamente a las mujeres. Los varones están bastante bien incorporados a este tipo de problemáticas. No es raro que los varones se sometan a operaciones de cirugía plástica, o que utilicen cremas. Creo que hay que intentar utilizar el sentido común. Lo que pasa es que el sentido común no se puede definir, es decir, no está muy claro dónde están los límites entre lo que es sensato y lo que deja de serlo, y en consecuencia se empieza a convertir en un problema.

¿Hasta qué punto es alienante el interés de alguien por ser físicamente agradable? ¿Hasta qué punto es alienante el desinterés de alguien por ser físicamente agradable? Siempre lo planteamos en los primeros términos. Claro, si alguien utiliza maquillaje, quizá está siendo víctima de procesos alienatorios de los que además se está lucrando la industria de la cosmética. Pero, ¿y si alguien reniega absolutamente de su potencial estético? ¿No está siendo víctima de algo también? Probablemente no, pero a la larga, yo creo que ahí lo único que se puede aplicar es un criterio muy difuso, el del sentido común. Es decir, ¿hasta qué punto, no solamente es alienante, sino que me perjudica en mi proceso de empoderamiento –o en el mantenimiento de este, si es que he llegado a empoderarme alguna vez– el someterme o no a cierto tipo de criterios de belleza?

Del empoderamiento colectivo, ¿no?

Sí, claro. ¿Hasta qué punto, entonces? Pues no lo sé. ¿Sufrimos las mujeres más porque Beyoncé sea una señora despampanante? Es decir, ¿estaríamos mejor las mujeres si, en lugar de ser una mujer despampanante, fuera una señora completamente invisible, aunque cantase igual? No lo sé, yo creo que no, y que es irrelevante. Lo que sería relevante es que, en el fondo, este tipo de prácticas, y este tipo de interés en tener cierta presencia, o una representación de una misma o de las mujeres colectivamente, deberían empezar a pasar desapercibidos en cierto modo. El maquillaje, o la belleza personal, deberían ser como la alimentación, es decir, ¿alguien piensa que las mujeres se empoderan menos porque una señora coma jamón de jabugo en lugar de mortadela siciliana? No. Lo único que puede pasar es que si una come jamón de jabugo probablemente tiene menos colesterol y se conserva más esbelta. Pero nada más. No hay ningún otro tipo de impacto.

Debemos entonces asimilar la representación, o la autorepresentación, siempre y cuando sea, y aquí vuelvo otra vez a lo mismo, sensata. Lo que no podemos asimilar es el enloquecimiento del que a veces somos testigos. La presentación de cada una es como la alimentación de cada una. No tiene ninguna relevancia, en la medida en que eso no acabe convirtiéndose en el único rasgo identitario de las mujeres, y ese es su problema, ya que en muchas ocasiones, su único rasgo identitario ha sido la belleza, o la falta de belleza, o el tipo de belleza. En la medida en que podemos superar eso, es irrelevante, pero cuando se convierte en su único rasgo identitario, entonces es muy importante y sí hay que seguir trabajando. Si identificamos a las mujeres solo por tener, o no tener, el cuerpo de Beyoncé, entonces obviamente estamos haciendo un muy mal servicio al colectivo de las mujeres, ya que todas serán vistas con los anteojos del cuerpo de Beyoncé, y eso no tiene ni pies ni cabeza.

A estas alturas, yo creo que deberíamos haber aprendido ya –y no digo que funcione socialmente así, ya que la sociedad a veces va muy rápida, y otra va muy despacio, dependiendo en qué cosas– a no ver a las mujeres solamente como objetos, como cuerpos. Es decir, haber aprendido a darle al cuerpo el valor que tiene, el mismo que tiene en otros individuos, simplemente, excepto en situaciones particulares, como por ejemplo en situaciones erótico-festivas el cuerpo tiene mucha relevancia, por supuesto, pero en la vida profesional no, y ahí es donde yo creo que hacer una labor más concienzuda, o estratégicamente más inteligente, para conseguir que eso sea así, y en la medida en que conseguimos eso, la presentación de cada cual ya empezaría a no tener importancia.

Hay un término que nos ha llamado la atención en uno de tus artículos, “Qué/(Cuándo) es feminismo” (2008), que es el de ‘feminismo reventón’. ¿Qué diferencia habría entre este término y el postfeminismo?

Con feminismo reventón me refería a una forma de expresión de feminismo jovial, alegre y bullicioso, es decir, al feminismo de tercera ola, probablemente. Si tuviera que diferenciar entre postfeminismo y feminismo de tercera ola, que a veces no se distinguen muy bien, otras veces sí, fundamentalmente porque uno se sigue llamando feminismo, y parece que todavía tiene unos objetivos bastante concretos que podemos localizar en el término libertad frente al término igualdad del feminismo de segunda ola; mientras, el postfeminismo no parece que tenga objetivos. Simplemente es una forma de estar, una vez que ya, aparentemente, se han superado cierto tipo de situaciones.

En cuanto al postfeminismo, aunque no lo he tomado antes en consideración, hay otros elementos que son importantes, y a veces estamos llamando postfeminismo a unas formas de entender el mundo, y entender sobre todo a las mujeres, que son en muchos casos muy peligrosas, y en otros casos muy estúpidas. Por ejemplo, es el caso de algunas mujeres, que no sé si habrán sido alguna vez feministas o no, pero que realmente se colocan en el bando del postfeminismo o que simplemente hablan contra el feminismo. Me refiero en particular a un libro de una profesora de la Universidad Rey Juan Carlos, que no voy a mencionar, y que lo que sostenía sencillamente era que las mujeres habíamos descubierto, en teoría, que las feministas, en lugar de favorecernos, hacernos más felices, y darnos una vida mejor, lo que habían hecho era complicarnos la vida enormemente y no aportar absolutamente nada. Es decir, decía que las mujeres habíamos descubierto que antes del feminismo teníamos unas competencias reducidas (ser madres, esposas, o lo que fuese) y después del feminismo nos habíamos incorporado a la vida activa, pública, al trabajo, etc, pero sin liberarnos de las cargas anteriores. No le falta razón a la descripción, en cierto sentido, pero evidentemente eso no puede tener como consecuencia natural que el feminismo ha sido un error: “olvidémonos de él, estábamos mucho mejor antes”. Es como si los esclavos se hubieran quejado de ser liberados porque claro, antes siendo esclavos no tenían que buscar alojamiento, porque ya el amo les proporcionaba el sitio donde vivir. Es una cosa totalmente absurda, no se sostiene de ninguna de las maneras, y eso también podría considerarse postfeminismo en cierto modo.

Otras formas de postfeminismo, que no sé si son peligrosas realmente, tienen sus elementos dudosos, como esa que representa la autora francesa Sylviane Agacinski, que habla de sí misma como postfeminista a finales de los años noventa, y que su posición se reduce realmente a hacer una crítica bastante simple a los modelos estándar del feminismo (igualitario o de la diferencia), y viene a decir que, como ambos modos tienen problemas, yo me coloco más allá de estos feminismos y me llamo a mí misma postfeminista. ¿Eso qué significa en su caso? Pues significa una especie de naturalismo de andar por casa: “es que claro, me he dado cuenta de que los dos feminismos, el de la diferencia y el de la igualdad, por diferentes razones, fracasan porque no se dan cuenta de cuál es la condición humana, es decir, de que tenemos padre y madre –esto es, lo que ella llama el doble origen– por lo que hay que partir de ahí para volver a rehacer unas políticas que sean favorables a las mujeres”. La única política que se le ocurre que sea favorable a las mujeres es la paridad, que me parece bien, pero ya está. Ella misma se reivindica casi casi como aristotélica, lo cual es bastante peculiar cuando no peligroso, porque Aristóteles no era precisamente el amigo de las mujeres, ni de otros muchos.

En todo caso, es complicado establecer una diferencia real entre un feminismo de tercera ola y un postfeminismo. Por lo que a mí respecta, el postfeminismo no es feminismo, mientras que el feminismo de tercera ola, aunque sea muy diferente de otras propuestas, algunas incluso inadmisibles por parte de feministas de segunda ola, si sigue siéndolo

Acerca de Proyecto Brandaris (5 Artículos)
Una impugnación local que no cede en la universalidad de su propósito: Una cultura más crítica y plural.

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