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El Minotauro

Relatividad, M.C. Escher Relatividad, M.C. Escher

«Sólo una persona totalmente extraña puede formular la cuestión que usted plantea. ¿Que si hay oficinas de control? Hay solamente oficinas de control. Cierto que no están destinadas a descubrir errores en el sentido bruto de esa palabra, puesto que tales errores no se producen, y aun cuando alguna vez se produce un error, como en el caso suyo, ¿quién podría decir definitivamente que es un error?».

El Castillo, Franz Kafka.

La siguiente narración nos concierne a todos. Es un relato cuya paradójica particularidad reside en su universalidad; cualquier lector insertado en un estado desarrollado y tecnificado identificará esta experiencia como su propia experiencia. He evitado nombrar particulares que hagan de este narrar veraz una increpación ordinaria. Además, los nombres concretos —los individuos en su singularidad— carecen de valor ante un Monstruo diseñado para serializar a sus siervos. Estos son su prole, adormecida e incapacitada para humanizar aquellos que depositamos en sus manos la solución a nuestros dolores administrativos. El dominio del Monstruo fagocita la enunciación elemental de la dignidad humana y del reconocimiento del valor a la vida plena. El orbe creado por el Monstruo atenta directamente contra la solemne declaración de los derechos humanos y la conquista de los derechos civiles. Está diseñado a partir de los planos del laberinto cretense, creación que puede entenderse sobre presupuestos de sobretecnificación humana. La razón instrumental se descontrola hasta revolverse contra aquel mismo que la emplea. El hombre soberbio que sobretecnifica y somete al mundo a su servicio termina destruido por aquella misma invención que él ya originó con pretensión de sometimiento. El problema aparece cuando las instituciones a través de las cuales se manifiesta el Monstruo omnipotente, lejos de ratificar ciertos derechos y facilitar servicios, secciona libertades y genera angustias antes inexistentes. Estamos solos en los umbrosos pasadizos, sin el hilo de Ariadna que guíe nuestros pasos hacia la salida. Nos han arrojado al foso como sacrificio humano. El Monstruo está hambriento y se acerca para despedazarnos. Esta es una imagen del Minotauro de nuestro tiempo: el Monstruo Burocrático.

El pasado 1 de junio, el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte me notificó que el período de subsanación para las becas FPU de este año había comenzado. Me metí en la plataforma en línea. Esa página cuyo diseño y mapa de navegación han causado tantas náuseas y bajas por depresión a los futuros doctorandos del reino de España. Me faltaban dos documentos. Uno, fácil: corregir unos detalles formales. Me pedían editar el documento de 3.000 palabras donde se le exige al solicitante que defienda, con bibliografía incluida, en qué demonios consiste su tesis doctoral. En efecto, medio año antes de comenzar la propia investigación, el interesado ya debe conocer con amable exactitud la dirección, corriente de pensamiento, metodología, bases epistemológicas y organigrama de trabajo del futuro proyecto que le ocupará hasta cuatro años. Los detalles a editar los podía hacer en un momento. Abrir DEFENSA PROYECTO DOCTORAL FINAL DEFINITIVO OLRAIT CORREGIDO CRISTÍSIMO DIOS ASDASW (4).docx. Cambiar unas líneas. Subir a la plataforma. Soy un puto crack.

El otro documento era más tedioso. Tal es el estrés al que los futuros doctorandos son arrojados durante la segunda fase de la FPU, que olvidé subir a la plataforma la matrícula en un máster oficial curso 2016/2017. Mi encéfalo de primate a medio desarrollar se tomó la libertad de reflexionar en unas claves totalmente ajenas a la lógica del Monstruo. Me dije: bueno, si ya has subido un certificado de preadmisión a un programa de doctorado... es evidente que estoy terminando o he terminado un máster oficial. De lo contrario, no me habrían concedido la preadmisión. Pasito a pasito, pie izquierdo, luego el derecho: lo llaman andar. Gran invento de los homínidos desarrollados. Será suficiente, ¿no? Pues no. La Bestia Burocrática es analfabeta ante el lenguaje humano ante el cual, paradójicamente, está llamada a servir. La Bestia no comprende que a través del razonamiento racional básico y deductivo, se discriminan documentos innecesarios. El Monstruo no opera de este modo. Exige la infinita generación de resguardos, formularios, permisos, certificados, rúbricas, compulsados y matrículas. Su lógica es la de la cantidad, no la de la calidad. Requiere de una multiplicación infinitesimal de datos que, paradójicamente, superan su propia capacidad de producción, consumo y gestión. El Monstruo es una de las criaturas más abominables —y por tanto, más estimables y eficientes— del sistema capitalista en su fase tardomoderna. Es el organismo simbólico más perfecto en tanto que rezuma imperfección. Su propia concepción ya viene sembrada de inoperatividad, reduplicación y masificación de mercancías que entorpecen cualquier desarrollo pleno de la vida humana en una sociedad avanzada. Genera documentos llamados a caducar, sobreproduce un incontrolable chorro de ruido comunicativo. Estas mercancías legisladoras se materializan en documentos con poderes: lo que allí está escrito es una enunciación veraz con peso legislativo. Un terrible poder verificable que gobierna sobre la vida y que nos encarcela en una permanente partida de Monopoly amañada antes incluso de haber comenzado. Estamos ante un tablero donde todas las casillas están ya compradas, no tenemos crédito y atravesamos la calle de los hoteles de lujo.

Yo necesitaba ese maldito papel que demostrase por mí la matrícula de máster. Fácil, ¿no? Pide cita en la Escuela Internacional de Posgrado, rellena el formulario oficial de peticiones y entrégalo. No se preocupe, me dijeron. Le enviaremos un mensaje o un correo electrónico. En tres o cuatro días tendrá su certificado, no tiene nada que temer, me insistieron. Esas fueron las palabras que una funcionaria me dedicó, amablemente, el pasado viernes 2 de junio. A viernes 9 de junio no había recibido absolutamente nada. El proceso de subsanación de la FPU se cerraba el lunes 12. La plataforma en línea se cierra como una de esas compuertas de titanio de la ciencia ficción más lograda. Nada, nadie, puede abrirla otra vez. Todo está sellado y la separación de lo que hay más allá de la puerta es absoluta.

Al borde del barranco, el viernes 9 emprendí de nuevo mi marcha hacia la Escuela Internacional de Posgrado. Volvió a atenderme la misma funcionaria. Inexplicablemente, me reconocía. Me extrañó, pues la propia labor funcionarial requiere de un constante ejercicio amnésico. Numeraliza a los “solicitantes” en objetos que hay que “arreglar y despachar” como en una cosmología fordista. Tienen un número y una letra identificativa. A los “solicitantes” se les llama a la diminuta silla situada delante de un macizo escritorio. ¿Qué quiere usted? Son docenas, cientos de ellos a lo largo de la semana. Todos quieren algo, todos vienen aquí a quejarse. El propio Monstruo exige el olvido del ser, de los relatos afectivos, de nuestras historias y sentimientos, de nuestras vidas y pulsiones. Verá, tiene que ayudarme, necesito que me solucionen esto, me voy a quedar sin ayuda para continuar mi carrera y... Hemos pasado de ser procesos químico-biológicos a ser procesos administrativo-vivientes. ¡Lo sentimos! No podemos hacer nada más, ese no es nuestro problema. El cambio de sujeto a objeto se ha dado con blanda naturalidad. Transmutados en cosas a las que hay que corregir, arrastramos la carcasa hasta esos centros de muerte para nuestra puesta a punto. Deme la documentación adecuada, por Dios. Me mandan de no sé dónde, que dicen que estos papeles ya no valen. No puedo más, deme algo. Estas imágenes guardan cierto parentesco con un estado totalitario, donde la existencia estrictamente material de un ciudadano puede depender del tipo de pasaporte y permisos compulsados que pueda presentar ante las autoridades. Si no llevas los papeles correctos, te exterminaremos.

Finalmente, me senté ante la funcionaria. La conversación siguió del siguiente modo:

—Pues lo siento, pero la firma no está todavía —me dijo, encogiéndose de hombros e invitándome con la mirada a levantarme e irme sin más. La puerta del patio interior estaba abierta y el sofoco se colaba, empujado por la árida brisa de junio.

—¿Cómo que no está? ¿No me dijiste que estaría en tres o cuatro días? Han pasado siete.

—A ver, sí. Pero vamos a ver. Es que es una situación excepcional. Mira, es que la Escuela Internacional de Posgrado, justamente ahora, está cambiando de director. No hay todavía un nuevo candidato. Y mientras se elige nuevo director, hay otra persona que se encarga de las funciones del director, pero tiene mucho trabajo. Es decir, es algo temporal, pero de momento no podemos hacer nada. No depende de mí, lo siento. Yo no puedo decirte ni hacer nada más.

—Bueno, ¿pero en qué medida eso me afecta? Quiero decir, me parece estupenda tu explicación, pero debe haber alguna solución o alternativa, ¿no? ¿Quién dices que está en funciones para firmar ahora?

—La Vicerrectora de todo el complejo universitario —dijo con cierta pomposidad y algo de recelosa admiración—. Es que claro, verás —añadió, personalizando el tono y con infinita empatía hacia la nombrada, como si fuese ella la verdadera afectada de todo el asunto—, es una sola persona. Imagínate, ¡Vicerrectora de toda la universidad! No le da tiempo, no puede firmar todo lo que se nos está acumulando. Es que mira, ¡mira todo lo que hay por firmar! —crispada, señaló con un gesto una pila de documentos apilados en cebadas carpetas—. Nosotros no podemos hacer nada, no tenemos autoridad. Ella es la que firma.

—Pero sigo sin entender en qué me afecta esa explicación a mí. Vamos, que está muy bien que me lo cuentes, pero aquí el que pierde soy yo. Vamos a ver, ¿cuándo tenía que venir a firmar esta Vicerrectora? ¿Dónde está ahora, dónde trabaja? ¿Por qué no viene a firmar?

—A ver, ella estará en el vicerrectorado. Supongo. Y, bueno… Tenía, ella debe… —las palabras le fueron saliendo entrecortadas ante unas mejillas que se encendían como brasas. Empezó a respirar violentamente, estado que ya continuó por el resto de la conversación—. Tenía que haber venido este lunes. Pero no vino.

—¿Cómo que no vino?

—Sí, no sé, es que… No se pasó, no vino a firmar.

—¿Me estás diciendo que la Vicerrectora no viene a trabajar y la culpa es mía? Mira, no me voy a cabrear contigo. Entiendo que no tienes nada que ver con esto. No voy a liártela ni perder los papeles —la broma, luego, me pareció de lo más cachonda—. Pero escúchame. Tienes que darme una alternativa. Una opción. Una solución. Necesito ese papel o perderé una beca FPU. ¿Sabes lo que eso significa? Que pierdo cuatro años de contrato. No puedo levantarme sin más y aceptar pasivamente todo lo que me estás diciendo. Y menos si me dices que la persona que ahora es la encargada de firmar no cumple con sus obligaciones. Eso es denigrante.

A partir de este instante, la comunicación se atrofió. Consistió en una serie de luxaciones retóricas por parte de la funcionaria, donde intentaba convencerme por todos los medios que mi visión era más o menos loable, pero en cierto modo injusta. Estaba siendo muy severo y tajante con eso de «porque no viene a trabajar» y la conversación pareció girar en torno a mis increpaciones morales más que en la propia inmoralidad fáctica de la institución a la que servía. Hubo un instante donde parecía que estaba siendo aleccionado y escarmentado. ¡¿Cómo me atrevía a sugerir que la excelentísima Vicerrectora no estaba cumpliendo con sus obligaciones?!

Tras unos segundos de incongruente brega, la funcionaria ultimó:
—Es que vamos a ver, tampoco es como dices. No es que no venga a trabajar. Es que… A ver. ¡La Universidad es muy grande, es un aparato tremendo! Es que no tiene, no puede; ¡no hay tiempo para que firme todo esto! ¡Nadie podría! Y yo… yo… Yo es que no te puedo decir nada más, no puedo hacer nada. No tengo autoridad. Es que no, no se puede hacer nada más.

—Escúchame. ¿Dónde está la Vicerrectora? ¿Dónde trabaja? Tendrá un número de despacho o algún sitio donde localizarla, ¿no?

—Eso es imposible —su voz, solo en esta frase, fue inquisitiva y fulminante—. No tenemos autoridad ninguna para llamarla, no se puede hacer eso. Está fuera de todas nuestras competencias. Simplemente, no se puede.
¡Eso es imposible! De pronto me imaginé a la Vicerrectora sublimada como una figura espectral o como la representación del Espíritu Absoluto de Hegel. Levitaba por encima de los mortales en un plano de pura trascendencia. Es imposible comunicarse con ella. Tal vez necesitaba un médium o un catedrático especializado en metafísica. Como autoridad divina, la verdad es que el argumento tenía enjundia. Un Dios no firma documentos, no interviene en los pleitos de los mortales y de sus rizomáticas instituciones. Esto qué es, ¿la puñetera Ilíada? Esta nueva diosa escruta desde su firmamento. Es el motor primero: todo pasa por mí, yo soy Hacedora. Y como tal, no tiene por qué cegar a las instancias inferiores del Aparato Humano con su aura. Que se acumulen documentos y posibles becados. Que estallen las carpetas y archivadores. ¿Qué clase de divinidad renuncia a sus débitos celestiales para dedicar media jornada de un lunes a firmar con leves gestos de muñeca? No, no y no. La Vicerrectora es intangible.

Este pervertido entramado de un deshumanizador Aparato Burocrático parece extraído de El Castillo (Kafka, 1926). En ese extraño y último bastión del mundo feudal, resulta imposible resolver el propio problema administrativo que se le presenta al inocente protagonista. Al señor K. le han contratado como agrimensor a través de un contrato por escrito. Mas cuando llega a la aldea administrada por el Castillo, le informan que nadie ha contratado a ningún agrimensor, que se trata de un error y que se vaya por donde ha venido. Las relaciones de poder y vasallaje en El Castillo Eson potencialmente infinitas. El ambiente de la obra es asfixiante. Angustia el horror de sus aporías sobre el exceso burocrático. La razón tecnificante sobreviene irracionalidad destructora. Nos hablan de un alcalde gestor, varios subalcaides complementarios, una oficina central, un Conde inaccesible, humildes secretarios aldeanos, gestores de toda clase y condición, criados y recaderos de las estancias superiores, variopintos auxiliares, servidumbre adicional para ayudar en las tareas a los auxiliares… La lista es inconmensurable, pues enfatiza la sobrecontratación de cargos, unidos por relaciones de explotación, poder y vasallaje. El lector se pierde en ese laberinto monstruoso. Podríamos decir que la lógica feudal de El Castillo jaquea e invalida cualquier avance político y social conquistado en la Modernidad. Que todos los ciudadanos son iguales ante la ley y que disfrutan de los mismos derechos y tienen las mismas obligaciones es una soberana mamarrachada para el inmanente poder del Castillo. Ningún documento tiene validez en su propia biosfera: el Castillo genera sus propios documentos y por lo tanto afirma otra aporía: su propia validez es válida en tanto que inválida la misma declaración de derechos humanos o las constituciones soberanas. Nada extranjero a él puede entorpecer su gestión y su obsoleta turba de tecnócratas, oficinistas y lacayos. El abandono de un espíritu crítico y autoreflexivo edifica ese Castillo. La única ley universal es la ley burocrática, positiva, jerárquica y verificable. ¿El resto? Habladurías, opiniones anodinas y sentimentalidades.

El Castillo es un símbolo alimentado por la mentalidad oficinesca, sobretecnicista y antiséptica. Es un mito nacido de la fermentada semilla de la Ilustración. En el impudoroso dominio de la naturaleza estaba ya implícito el dominio de la humanidad. En este sentido, nuestro Monstruo es análogo. Es en sí mismo una fortificación delirante de infinitas estancias, departamentos, cargos y poderes que fluctúan en tantas dimensiones y lenguajes que todo inexperto en esa órbita satánica y oscura, como el agrimensor K., por inocente que sea, está condenado al fracaso y a la muerte. Y cuando hablo de muerte, no me refiero al cese de los procesos vitales y biológicos de nuestros cuerpos. Me refiero a una muerte profundamente filosófica. La incompetencia, atrofia y sobretecnificación administrativa incide directamente sobre nuestras vidas, diariamente. En base a sus consideraciones, se pueden amputar totalmente dimensiones de futuribles posibles, proyectos emancipadores, caminos para generar nuevas subjetividades, planes, objetivos y metas. El poder de una firma sobre papel —o precisamente la ausencia de la firma— adquiere el poder sagrado: la Palabra de Dios. El hombre profano nada puede hacer contra los poderes de lo sublime, lo divino y lo extraordinario. Su magia nos somete. La firma del Dios tecnificador nos aplasta. Esa es la muerte: la imposibilidad de un proyecto de vida autónomo. El Monstruo enfanga la potencia de la vida y nos atrapa en su barrizal.

En vista de mi creciente frustración, me estaba quedando sin ideas. Me había convertido en responsable directo de todas las insuficiencias del Monstruo. Y no solo eso, sino que estaba atestiguando cómo se quitaban el polvo de las solapas con un ligero y desnatado «yo no puedo hacer nada» que destruía 4 años becados para realizar mi tesis doctoral. Estaba alucinando, sin metáfora. Notaba náuseas, ahogo y una distorsión de toda la realidad perceptible. Tenía que ser eso: fiebres y vértigos. No podían estar tratándome así. Al cabo de unos segundos, pensé sobre lo ingenuo de mi pensamiento. Naturalmente que te están tratando así. Todos tragamos, no decimos nada, no protestamos. Nos volvemos a nuestras casas hociqueando como cerdos, buscando excusas que decirle a nuestras familias y amigos. Lo intenté, ¡te lo juro! Pero me han dicho que no pueden hacer nada, ¿qué más podía hacer yo ante semejante Bestia…? Mantenemos la calma porque la Máquina funcionarial que nos colocan delante no tiene la culpa. Esta es la maniobra más perversa y eficaz. Sabemos intuitivamente que ese funcionario que nos atiende, en efecto, no es responsable. No puede firmar lo que exigimos que sea firmado, no puede ayudarnos más allá de sus restringidas funciones.

Por otro lado, así es como se pierden todos los frentes de la historia habida y por hacer: renunciando. Huyendo despavorido por miedo a la equivocación, a ser inapropiado, despreciable incluso. Dice una preciosa canción popular: «y comprendió que la guerra era la paz del futuro». Aceptamos órdenes y automatizamos negaciones. Esto es así, ley de vida. No puedo hacer nada más... Nos revientan como gusanos porque nos sentimos, nos sabemos gusanos. Nos han instruido para ser individualistas pasivos de un complejo tejido social. No sabemos qué decir ni qué hacer, pero terminamos creyéndonos que el problema es nuestro. Nos autoinculpamos y autoexplotamos: somos unos fracasados. Otros han podido, ¿por qué yo no? No valgo nada, soy una larva. Arrastramos la tripa por el suelo, silenciosamente, para no despertar la ira de las criaturas más grandes. No poseemos el lenguaje y la fuerza para hacer frente a la satánica jerga del Monstruo. No comprendemos sobre formularios, peticiones y reclamaciones. Nos han ganado en lo real y en lo simbólico. Estamos indefensos y humillados. El Monstruo ríe a carcajadas porque su maquiavélica obra se ha visto completada. Sabe que colocando a otros subordinados humanos, nos confunde y desactiva. Ni muy humanos ni poco humanos, humanos sencillamente mediocres, aletargados y neutros, vasijas perfectas para que se cuele la culebra de la banalidad del mal sobre la que ya advirtió Hannah Arendt. Son los acólitos perfectos: sin autoridad legal para cambiar realmente nada y sin la autoridad moral suficiente para intentar cambiar algo.

Parece contraintuitivo, pero temo que la mayor forma de barbarie en nuestro tiempo es la cultura de la asepsia, el imbecilizante civismo en el que se nos estabula, el represivo lenguaje del conformismo y el policorrectismo venal. Contemplamos nuestra vida consumirse y para cuando queremos cambiar algo, ya es demasiado tarde para reaccionar, protestar o pugnar. Estamos afónicos y quemados. ¿Cómo enfrentarse al Monstruo? ¿Qué puedo hacer yo, larva singular, ante todo ese Aparato diabólico? Primo Levi ya lo advertía en Si esto es un hombre (1947): el horror de los campos de concentración nazis es la creación del Musulmán. El Musulmán lo es en tanto que obedece, sigue instrucciones, se ata a la lógica interna del campamento sin protestar y sin ofrecer resistencia. Es aquel sujetado por antonomasia a un paradigma tanatopolítico: el afán del hacer, producir muerte como principal vector político. El Musulmán es una categoría de sujeto completamente “asido” y en lugar de verse “preconfigurado”, ha sido “reconfigurado”. No tiene ya otra mirada, otro pensamiento, otra intuición más que servir al propio amo que ha producido su estado de animal-burocratizado: levantarse, hacer la cama, ponerse en fila, tragar un potaje insulso, trabajar, no levantar la mirada, defecar, orinar, dormir escasas horas, vuelta a empezar. La creación del Musulmán es aporía: el Lager produce una vida condenada a la muerte inmediata. Es una producción-improductiva. Una vez el preso se denigraba y destrozaba psicofísicamente hasta la condición de Musulmán, los expertos técnicos de las SS lo identificaban para mandarlo a las “duchas de desinfección”. El Zyklon B atacaba pulmones, corazón y cerebro. Luego, los cuerpos se incineraban en los hornos, tarea reservada para un funcionariado especial y monstruoso: los Sonderkommandos. La lógica industrial y fabril de la tanatopolítica nazi une la vida y la muerte en un abrazo fatal. Levi observa este fenómeno muy astutamente, pues «sucumbir es lo más sencillo: basta cumplir órdenes que se reciben, no comer más que la ración, atenerse a la disciplina del trabajo y del campo» (Levi, 2010: p.120)[1]. Poco a poco, el Monstruo hace que todos nos reduzcamos a Musulmán en un universo concentracionario y sin salidas a un afuera posible. Caminamos con ojos absortos hacia las duchas, automatizamos la degradación humana en nombre de una Máquina de muerte. Seguimos una estricta disciplina administrativa e incontestable hasta reventarnos y autodestruirnos.

Al Monstruo y a sus ministros solo se les puede vencer en aquella dimensión de lo puramente Otro. De lo que no pueden sujetar ni absorber dentro de sus propios procesos deshumanizadores. Aquí entra el poder de lo ordinario, en su magnitud edificante, humana y positiva. Hay que cabrearse más a menudo, dar golpes en esas mesas de poder, plantar cara a los clérigos del Monstruo con un lenguaje fulminante, extraño y cargado de pasiones humanas. Hay que darles una bofetada en el plano de lo simbólico que evite llevar el asunto a una fuerza bruta y simplemente física. Intimidarles un poco, hacer que suden, incomodarles. Recordarles que ellos también son humanos, que todos estamos en el mismo cauce, golpeados por las mismas injusticias.

¿No puedes hacer nada? ¿Seguro? ¿Le harías esto a tus hijos, traidor? ¿Le privarías de sustento a los tuyos? Toma, llama a mis padres. Adelante. Tienen 65 años y están reventados a trabajar porque todavía no pueden jubilarse. Venga, llámales y diles que no puedes hacer nada porque no tienes autoridad y que me voy a quedar sin beca porque no quieres llamar a nadie ni hacer nada. Hazles llorar por esos ojos secos y apaleados de una vida entera sacrificada al trabajo. Mírame. Escúchame. Eres igual de cómplice que los verdugos a los que defiendes con perezosa complaciencia. Aplaudes un sistema inmoral. Dímelo una vez más. No me quites la mirada. ¿Seguro que no puedes hacer nada? ¿O es que ya no quieres hacer nada?

Hay que reventar por algún sitio, nada de reprimir. La violencia simbólica se devuelve con otra buena ráfaga de violencia simbólica. Solo luxando a la indecencia sistémica del Monstruo puede uno combatirlo. Armar jaleo, carnaval y socarronería. Las normas del decoro se pueden ir por el alcantarillado. Suficiente dictadura nos han impuesto como para racionalizar y gobernar técnicamente nuestros afectos más profundamente humanos.

Curiosamente, la disputa terminó en que la funcionaria y yo llegamos a un acuerdo infructuoso. Y digo infructuoso porque no fue un acuerdo de consenso, sino una imposición por su parte. Me dijo que volviese el lunes 12, que me llamaría personalmente para notificarme que la firma ya estaba recogida. Lo dijo como si tuviese que sentirme profundamente dignificado.
—Pues si va a ser como este lunes, voy listo, ¿no? Me dices que vuelva el lunes para que reciba exactamente lo mismo que hoy. Si es tu mejor opción, adelante. Pero te aviso que el lunes llevaré esto a sus últimas consecuencias. No me iré sin esa maldita firma.

Mis palabras sonaron a Western rancio doblado, aunque como palabras eran inofensivas y ella lo sabía. Llegué a casa apurado, meditabundo, las tripas frustradas y con ganas de romper algo. Me metí en la plataforma del Ministerio, la segunda casa del apestado solicitante. Para mi sorpresa, me había equivocado con las fechas. La plataforma se cerraba el domingo 11. La firma nunca llegaría a tiempo. Una vez más, el propio Monstruo me había derrotado en un pulso que en realidad nunca tuvo lugar. Había perdido, miserablemente, incluso antes de empezar nada.

Para que los lectores no queden intrigados en cómo quedó el asunto, nada más supe que el domingo 11 era la fecha límite, volví corriendo a la Escuela Internacional de Posgrado. Cambié la estrategia. Busqué el departamento de Doctorados en el mismo edificio. Les conté la situación y me facilitaron un documento «menos oficial, menos serio» que el certificado de matrícula. Me fascinó que hubiese papeles más «oficiales y serios» que otros; ¿existían entonces los papeles inoficiales y cómicos que en base a su trastorno sobre la autoridad discursiva eran igualmente efectivos? El caso es que podían dármelo in situ, compulsado de buena gana, lo que me permitía ganar tiempo en la plataforma del Ministerio. Si el documento es inválido, puedo esperar hasta el siguiente proceso de subsanación. De haberlo. Para entonces, espero que la hegeliana Vicerrectora de la Universidad haya tenido a buen gusto bajar de sus celestiales praderas para bendecirnos a los parias con su firma.

Lo simbólico manipula, maneja, coquetea con los lazos firmes de lo real. Su poder de intervención e ideologización es apabullante. Pero nunca podemos permitir que nos arrebate impunemente lo real, lo vivencial, lo inmediatamente existir. Nuestra vida fluye en este acontecer de incertidumbres: es la suma de relatos que ya no pueden reescribirse, contenidos en nuestra acaudalada biografía de instantes embotellados. El azar, los dilemas, lo puramente accidental; toda la riqueza de variables que preñan la contingencia del ser humano, son factores que nos sacuden y que siempre nos han preocupado. Negarlo e intentar administrarlo es negarnos y automutilarnos a nosotros mismos. Aceptemos la apertura máxima del mundo en el que vivimos. El Monstruo, criado por seres humanos, cebado por su propia avidez de limitar el mundo, organizarlo y tecnificarlo hasta sus últimas consecuencias, debe ser devuelto a su humilde caseta. ¿Aniquilarlo? Tampoco hay que abandonar a la Criatura, solo meterla en cintura. Que se repliegue ante la mano de su amo, someta su rabiosa mirada y sirva a propósitos más sensatos, más humanos.

Acerca de Romualdo Abellán (3 Artículos)
Cualquier intento de coqueteo con el Absoluto conduce hacia la sepultura en vida. ¿El reto? Intentar llevar una vida un poco mejor en un transitar mundo que nos es tan azarosamente extraño.

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